sábado, 31 de agosto de 2013

                               
JUANA DE IBARBOUROU

"VIDA GARFIO" - TEXTO- 


   AMANTE: no me lleves, si muero al camposanto.
 A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
 alboroto divino de alguna pajarera
 o junto a la encantada charla de alguna fuente”


A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
 más breve. Yo presiento
 la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
 por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.


Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
yo subiré a mirarte en los lirios morados!
                                          


                                                              Título y tema

El título del poema hace referencia al tema del mismo. El yo lírico quiere aferrarse a la vida, engancharse a ella, no permitir jamás la situación de la muerte. El “garfio” es un instrumento de hierro, curvo y puntiagudo, que sirve para aferrar algún objeto, de esta manera el yo expresa desde su título el deseo de luchar por la vida, aún en circunstancias tan adversas como la muerte, “la ley severa” a decir de Quevedo, eso que a todo ser humano nos pasará, y de la cuál no hay lucha posible del hombre contra ella, siendo esta lucha un tópico de la literatura universal. La mayor rebeldía del hombre es contra la muerte, y ésta es la que plantea el yo lírico del poema. Este yo pretende continuar vivo, aún después de la muerte, y para eso supone la posibilidad de transformarse en parte de la naturaleza, sin perder jamás la conciencia que tuvo y tendrá, según su parecer eternamente, ni los sentimiento o los sentidos que aún tiene despiertos en esta vida. El cuerpo material se transformará, para el yo, de forma natural, en parte de la naturaleza, pero esta transformación no será total, dado que seguirá viendo, oyendo, sintiendo con su propia conciencia.
Estructura externa
El poema está estructurado en cinco estrofas de catorce sílabas cada verso, en su mayoría. Existe una excepción significativa de dos versos que miden siete sílabas, también llamado pie quebrado.Su rima es consonante en los versos dos y cuatro de cada estrofa, dejando el primero y el tercero libre.
Estructura interna
El poema podría dividirse, según su contenido,en cuatro partes:
La primera parte está formada por las dos primeras estrofas, y éstas  refieren a la vida y se hace hincapié en las imágenes sensoriales: vista, oído, tacto.
La segunda parte está formada por la tercera estrofa. En ella, si bien se sigue hablando de la vida, aparece la muerte y el pie quebrado “más breve. Yo presiento”. Este verso da paso a otra aparición muy importante que es el “yo”, que si bien ha estado implícito anteriormente, ahora se explicita.
La tercera parte es la estrofa de la muerte: la cuarta. Allí los colores refieren a la oscuridad, y la lucha es lo que importa.
La última parte sería el pedido, el resurgimiento de la vida.De alguna manera esta estructura interna reproduce el ciclo natural que el yo imagina: la vida, la muerte y la transformación.
Primera estrofa

                                     AMANTE: no me lleves, si muero al camposanto.
                                     A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente 
                                     alboroto divino de alguna pajarera 
                                     o junto a la encantada charla de alguna fuente.
Este poema tiene una forma epistolar, estructura de carta, cuyo destinatario es el amante. Es como un testamento. Tendrá también un pedido que se transforma en un motivo recurrente “leitmotiv”, “A flor de tierra”, y un pedido final “arrójame semillas”. Todo esto forma parte del propósito del yo, si esto no se cumple, nada podrá ser posible, ya que no habrá transformación que le permita volver a ser parte de la vida.

Ella se refiere a él como “amante” pero no necesariamente pensando en alguien prohibido socialmente, sino en aquel que ama, sin ataduras, sin más compromiso que el que la intimidad impone. Es a él a quien se refiere, porque sólo esa parte de su compañero puede comprender la importancia del pedido, su amor a la vida. El amante lo comprende, justamente por su condición de tal, él también ama, sabe lo que significa tal deseo, y tanto lo sabe que ella deposita en él la capacidad de evadir todas las normas sociales, todos los dogmas y las barreras que puede tener después de muerta, el ser enterrada en un lugar público, sin el consentimiento de las ataduras legales. Su deseo a seguir viva no es sólo una rebeldía hacia la muerte, sino una rebeldía hacia todo lo concebido y estipulado por las normas sociales y legales, es decir hacia lo humano y la humanidad.
Esta rebeldía aparece concentrada ya en el primer verso: “no me lleves si muero al camposanto”. En primer lugar aparece el condicional “si”, esto sugiere que para el yo lírico existe una posibilidad de que esto nunca suceda. La muerte es algo inevitable, por lo tanto aceptar esa posibilidad implicaría poner un “cuando”, sin embargo utiliza el “si” como una posibilidad de que tal hecho no se realice nunca. Allí aparece su primera rebeldía.
La segunda aparece planteada en la palabra “camposanto”, más conocido por cementerio. Sin embargo no usa la palabra, sino una que proviene del ámbito religioso, lo que nos lleva a pensar que su rebeldía no sólo es hacia los aspectos legales, dado que no se puede enterrar en otro lado a un cuerpo muerto, sino que también a los dogmas religiosos. Las creencias cristianas sostienen que una vez después de muerto, el alma va a una vida ultraterrena, que no es la actual llámese cielo o infierno. Sin embargo el yo lírico pretende quedarse en la vida misma de la que partió, aunque más no sea transformada en plantas. La transformación del cuerpo, para el cristianismo, no es más que en polvo, pero que no tiene conciencia aquí, ya que su alma está en otra parte. El no querer partir es una forma de herejía para tal creencia.

La muerte sólo se expresa en esta estrofa en dos palabras: “camposanto” y “fosa”. Sin embargo todo el resto de la estrofa parece explotar de vida. Esto demuestra el miedo que el yo tiene a tal circunstancia, tanto que casi no la nombra, no la acepta para sí, y se atreve hasta considerarla algo imposible para ella.
La metáfora “a flor de tierra” se transformará en ese motivo repetitivo durante todo el poema, y su imagen ya marca la vitalidad que ella quiere. Es necesario que el tú comprenda la importancia de enterrarla cerca de la superficie porque le permitirá al yo subir más rápido, “engancharse” con menos dificultad. Es por esto que el yo se lo repite insistentemente, porque su desesperación, su pasión, va creciendo a medida que describe el paisaje que piensa ver y sentir una vez que logre llegar arriba.
La “fosa”, lugar frío, húmedo, solitario, silencioso, oscuro, es una antítesis de todo lo que vendrá después: la risa alborotada de la pajarera o la charla de la fuente. Así el primer sentido que predomina en el poema es el auditivo. El ruido nos recuerda que existe vida en ese lugar, y eso tranquiliza al hombre. Así el yo lírico utiliza un encabalgamiento para que ese ruido predomine en la estrofa. En el segundo verso aparece la palabra “riente” , de risa, el tercer verso “alboroto” y el cuarto “charla”. Así todo explota en sonido que apabulla el silencio de la fosa. Ese ruido será ameno, acompañará al yo cuando muera, lo motivará a querer estar cerca de él.
La primera imagen “riente- alboroto divino de alguna pajarera” sugiere la libertad, el desorden propio de la vida; y la palabra “divino” nos acerca al nuevo “dios” que ella está pensando, entendiendo por esto una nueva concepción del mundo, uno que sea capaz de permitirle seguir viviendo, aunque más no sea transformada en planta. Este nuevo dios podría verse como la naturaleza misma, el ciclo vital, que aún se manifiesta después de la muerte. Si el día muere y vuelve a vivir, si existen tantos ejemplos de lo cíclico en la naturaleza, ¿por qué no pensar que el hombre también puede vivir eso después de muerto?

La segunda imagen también tiene algo de esa divinidad dado que utiliza la palabra “encantada” que sugiere el proceso mágico de esa fuente. Si así pensáramos que quien habla es la fuente por medio de este artilugio mágico, entonces estaríamos frente a una personificación. Y el sonido del agua le recordaría al yo lírico el tiempo que transcurre y está en permanente movimiento, así como vuelve a ser utilizado por la misma fuente. Una vez más la idea de lo cíclico. Si pensáramos que quien habla no es la fuente, sino los enamorados que se sientan a su vera a conversar, pero que el yo escucha como si fuera la fuente, estaríamos frente a una metonimia, transposición de sentido, cuyas palabras transpuestas tienen una relación de contigüidad, y ésta le recuerda algo también importante: el amor.

La palabra “charla” no sólo se contrapone al silencio de la fosa, sino también a la compañía, ya que ésta no implica una conversación seria o profunda, sino algo que se usa para amenizar, divertirse, no sentirse solo.

Segunda estrofa
                                  A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
                                  donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
                                   alargados en tallos, suban a ver de nuevo
                                   la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

Una vez más repite “a flor de tierra” y menciona al tú lírico, parando el verso con una cesura de forma que su pasión se remarque. Es importante que no olvide ese detalle: cerca de la superficie necesita ser enterrada, aunque no se anime nunca a pronunciar esa palabra. Y lo repite “casi sobre la tierra” para que no queden dudas, para que comprenda su pasión por continuar viva, para que todo su ser pueda seguir sintiendo la vida en toda su plenitud. Ella imagina seguir oyendo, seguir sintiendo el sol, el aire, incluso seguir pudiendo ver el ocaso.
Esta imagen táctil “el sol me caliente los huesos” encierra en si mismo una antítesis. El sol, fuente de vida, dará su calor, su vida a los huesos, símbolo de muerte.
Sus ojos, ahora transformados en tallos, podrán ver el atardecer. La expresión “a ver de nuevo” la idea de lo cíclico. Ahora ella podrá hacerlo de nuevo, aunque no sea en la forma humana, pero tal espectáculo seguirá siendo parte del deleite de la vida.

Ella parece revivir en el momento en que el sol “muere”; y así se completa la idea del ciclo.

La metáfora “lámpara salvaje” sugiere esa lentitud cuando el sol cae, ya que está sugiriendo la lámpara de aceite, cuya llama se apaga lentamente. A su vez, el adjetivo “salvaje” nos hace pensar en lo inalterable para el hombre, aquello que él no puede modificar o domesticar. De la misma manera nadie podrá oponerse a su deseo de continuar viva, que será tan salvaje como ese sol con el que se identifica, porque ambos son naturales, y nadie podrá quebrantar sus voluntades.

Tercera estrofa
                                  A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
                                  más breve. Yo presiento
                                  la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
                                  por sentir en mis átomos la frescura del viento.
Una vez más repite la estructura planteada en la estrofa anterior, con su correspondiente cesura, pero ahora el encabalgamiento, la idea que se continúa en el verso siguiente y una nueva cesura en el segundo verso, rompe el ritmo del verso y lo acompasa al sentir del yo lírico y a su contenido. Así como ella quiere que su pasaje de la muerte a la vida sea breve, de la misma manera el verso se vuelve “más breve”.

Aparece el yo lírico por primera vez de forma clara. Esta es su primera aparición de otras que vendrán en las sucesivas estrofas. Si se observa el verbo que acompaña al yo, podremos ver cómo éste se va afirmando en su convicción de querer salir. Cada verbo implica una certeza nueva, una voluntad, hasta llegar a la acción misma. Pasa de un débil “presiento”, a un “sé” en la siguiente estrofa, dando la pauta de una afirmación de su voluntad; luego un “quiero”, expresión de deseo que sólo puede aparecer después de que este yo está decidido; y por último un “subiré”, la acción como triunfo, como seguridad absoluta e incuestionable.

En esta estrofa de transición aparece la muerte, en la idea del “tránsito más breve” y la imagen vital del viento. Aparece, también, el principio de la lucha. Nada la detendrá, ni la propia muerte. Su ánimo es no permitir que nada la venza. La lucha no será de sus sentidos, porque éstos nunca dejan la vida que quiere recuperar, sino de su “carne”, de su cuerpo, porque es a través de él que nuestros sentidos se despiertan. La mente procesa lo que el cuerpo siente, por lo tanto sin él es imposible continuar vivo, por más que nuestra conciencia esté despierta. Por ello es que el yo necesita esta transformación de su cuerpo.

Una vez más aparece la expresión “volver”, que sugiere el proceso cíclico. Y una vez más, este subir implica la búsqueda de la altitud, símbolo de lo divino, de lo ideal. Esta divinidad está en la vida, en la tierra y no en el cielo.

La imagen de la vida se manifiesta otra vez a través de la antítesis: “por sentir en mis átomos la frescura del viento”, siendo los átomos representación de su cuerpo muerto, y el viento fresco representación de la vida en movimiento. Los átomos son la parte más pequeña de la materia, y esto implica que hasta en ellos quiere ella sentir la vida en movimiento, ya no le alcanza que el sol caliente los huesos, espera que la vida llegue más profundo.

Cuarta estrofa
                             Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
                              podrán estarse quietas.
                              Que siempre como topos arañarán la tierra
                              en medio de las sombras estrujadas y prietas.
Esta es la única estrofa referida enteramente a la instancia de la muerte, sin embargo ni aún así ella la concibe totalmente, ya que no se quedará quieta jamás. Si la muerte implica quietud, ella se antepone a eso con el movimiento constante y desesperado de sus manos. La imagen resulta inquietante; si pensamos que ella parece estar enterrada viva, ya que su conciencia nunca morirá.

La desesperación del yo lírico se expresa también en la forma que está planteado el verso. Las palabras “acaso”, “nunca”, “allá”, “abajo” son adverbios. Los adverbios son palabras que no permiten variación de género ni de número, por lo tanto son palabras rígidas, como si fueran pequeñas palas removiendo el verso. A su vez estas palabras le dan al verso un ritmo constante y fuerte. Todo esto se relaciona perfectamente con el movimiento de sus manos, desesperadas, constantes y movidas por la voluntad tesonera de salir a la superficie, de no estar demasiado en ese estado bajo tierra. Es por eso también que el yo lírico corta el segundo verso. Poco estarán sus manos allí, su deseo es que no estén nada.

La estrofa termina con un símil, una comparación extensa con los topos. Así como los topos buscan la superficie porfiadamente entre las sombras de la tierra, de la misma manera sus manos se moverán sabiendo, instintivamente  dónde está esa superficie.

Una vez más el verbo “arañarán” muestran su desesperación. Nada la detendrá, ni siquiera las sombras “estrujadas y prietas”. Es interesante ver cómo esas sombras adquieren un cuerpo al llamarlas “estrujadas”, parecen apretarla, ahogarla más aún y por lo tanto desesperarla, así como motivarla a que salga rápidamente de este estado.

Quinta estrofa
                              Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
                              en la greda amarilla de mis huesos menguados.
                              ¡Por la parda escalera de las raíces vivas
                              yo subiré a mirarte en los lirios morados!
La última estrofa irrumpe en el poema con el pedido, “arrójame semillas”. El verbo en modo imperativo se transforma en una orden, un ruego desesperado, una ayuda más que el amante debe cumplir para ayudarla a resurgir de la muerte. Las semillas son una metáfora de esa vida en la que quiere transformarse, ya que no existe otra forma de ganarle a la muerte. Las semillas son vida en potencia, vida latente, son la posibilidad de hacer más fácil su continuidad en la vida. Estas semillas van a enraizarse en sus “huesos menguados”. Una vez más la vida tomará a la muerte para transformarla en vida. Una vez más la antítesis. Esos huesos que estarán débiles, casi desintegrados, se mezclarán en la tierra y servirán para que las semillas formen raíces. La “greda amarilla” no es otra cosa que la tierra fértil de la que ella quiere formar parte.

Una vez más, como en las otras estrofas, los colores, expresión de la vida, irrumpen en la estrofa: el verde de las plantas, la tierra amarilla, el blanco de los huesos, el pardo de las raíces y el morado de los lirios. Todo será uno solo de forma natural, como la pintura que la naturaleza despliega ante nuestros ojos.

Los últimos dos versos entre signos de exclamación muestran el sentir apasionado e íntimo del yo lírico. Las raíces serán escaleras para el yo, metáfora, lo que implica un esfuerzo de parte de ella, no sólo de remover la tierra para estar arriba, sino de subir a la superficie tan sólo para verlo a él. Esto aparece casi como en un susurro al final del poema “mirarte”. El amor hacia el amante como motivación no había aparecido tan claro hasta este momento. Tampoco será lo fundamental, pero sí una parte importante de su travesía. Es que el amor hacia él es parte de ese amor a la vida. Decirlo al final, casi como escondido en el poema, es una forma tierna de descubrir su sentir por él, y uno de los deseos más importantes para continuar en esta vida. Una forma de no abandonarlo nunca. La flor de los lirios, de por sí sugiere la forma del ojo pintado. Así ella nunca dejará de estar con él, ni en la vida misma.        -Literatura para secundaria.
                                                            
                                                @                  @                       @    

miércoles, 15 de mayo de 2013

                              Espínola: "María del Carmen"- Texto

No había subido el sol a la mitad del cielo, cuando a los ranchos del viejo Nicanor Fernández llegó un gurí cortando campo, corriendo, por entre masiegas.

_Ña Casilda, manda decir madrina que vaya enseguidita, que la finadita María del Carmen se ha matao...

_¿ Qué has dicho muchacho? Que María del Carmen...

_ Sí, se tiró al pozo. Padrino no estaba. La tuvimos que sacar entre nosotros, reciencito. Que vaya pronto, dice
Y se fue el chiquilín a todo lo que daba, mientras la vieja alborotaba a sus hijas, de amasijo en la mesa larga del comedor. Después, calzadas con apuro las alpargatas que llevaba en chancletas, salió disparando, seguida de las tres muchachas, que se demoraron por mirarse un instante al espejo.
Como a la media cuadra rodó la vieja y hubo que ayudarla a levantarse. Pero volvió a correr, mientras decía confundida por la noticia:
_¡Pobre comadre Remigia! ¡Qué espantoso! ¡Tan linda y tan buena, la pobrecita! Dios la haya perdonado y la tenga en su santa gloria... ¡Pucha que las tiró a las masiegas! ¡Casi me voy de lomo otra vez! ...¡Vean ustedes, aprendan! Loque pasa por no confesar todo a las madres. Ya me maliceo que algo de safaduría será. Aprendan, m' hijas!
  Al llegar las recibió el griterío. No había más que mujeres. El viejo Rudecindo estaba en la pulpería, y para allá iba que se las pelaba el gurí de los mandados.
  Entraron, y el clamor se hizo más fuerte. ¡Claro! Había cuatro más a llorar, a desesperarse conformándose.
_¡ Que me dice comadre! ¡M' hija! ¡Cuando la vea el padre! ¡La mimosa de él, la que le cebaba el mate, la que le hacía todo...
_¡Hay que tener resinación! ¡Dios lo ha dispuesto así, comadre querida!
  Las muchachas se habían agrupado llorando y sin decir palabra. Juana, la menor de las Fernández, fue la primera que miró a la difunta.
_ ¡Está igualita!-dijo.
  Y ella, que todavía no lloraba, largó el trapo por eso, porque la muerta estaba igualita y, sin embargo, ya no era más la María del Carmen de los nidos, de los macachines, de los huevos de terutero.
  La pobre se hallaba arriba de una cama, con las ropas empapadas que se le pegaban a las carnes firmes, más duras aún por la muerte, la que las aprieta primero y, después, las va aflojando, aflojando, hasta que las acaba dejando el hueserío, al que también le llega el turno. Mojada como estaba, las piernas se le pintaban clarito, y se veían los pezones levantar con sus chuzas la zaraza. Su cara, tan bonita-nunca habrá cara más bonita en todo el pago-estaba machucada, seguramente de la caída. Un ojito lindo y verde como la hoja, ahora vidriado, había quedado solo y, angustiado, vichaba. El otro se había reventado en alguna piedra del fondo, o en alguna raíz dura, o en quién sabe qué cosa.
  El pelo, rubio, se le pegaba al pescuezo en mechones que, más abajo, se mezclaban con las cobijas revueltas. La boca, entreabierta, parecía querer tragar todavía más agua o, a lo mejor, echarla toda afuera para no volver a probarla más nunca, arrepentida.
 _¡Bueno, bueno comadre! ¡Hay que tener fuerza de voluntá y no dejarse dominar! ¿Qué deja entonces para las muchachas? -intervino Casilda.
  Palabras bobas que resbalaron en el alma de la otra vieja. ¿Quién sino ella iba a llorar a su hija, a aquella de ojos verdes que parió en una noche de tormenta, mientras su marido peleaba con los suyos, quién sabe adónde? Sin ayuda d nadie la echó al mundo, pues sus hijas eran muy niñas y las mandó a la cocina para que no vieran. Recién al rato cayó hecha sopa Jesusa, que había tenido que ir a asistir a la de Ibarra.
  _La misma edá tiene Felicia que la mía-entremezclaba en su desesperación-. La misma...
  Juana, mandada por su madre, fue a aprontar un mate de cedrón con ruda. Sin llegar a la cocina, regresó, trémula:
  _¡Arriba de la cama de la finadita había esta carta!
  _¡Dámela! -saltó la madre de la difunta.
Y aunque no sabía leer, rompió el sobre y remiró la escritura.
 -Traiga, mama, tráigala para acá-dijo una de sus hijas-. ¡Y es para eljuez! ¡No hay que abrirla!-agregó curiosa e irresoluta.
   _¿Y porque sea p' al juez no se puede leer? Esas son bobadas. No hay que hacer caso-aconsejó Casilda.
   La muchacha, entonces, empezó a leer en voz alta:"Señor Juez muy señor mío paso a decirle que me he matado por mi voluntá pero por lo malo que ha sido Pedro Fernández el de doña Casilda que me engañó sabiendo lo buena que yo era y..."
  _¡Has leído mal! _gritó, horrorizada, Casilda.
  _¡Jesús santo! _sostuvo la lectora-, así dice, aquí mismito... La madre de la difunta, que se había puesto de pie, no se pudo contener más.
  _¡Y ustedes aquí, en la casa d' ella, frente d' ella, bandidas! ¡Salgan ligerito, arrastradas!
  _¡Pero nosotros qué culpa tenemos! sollozó Casilda hincándose de rodillas en el suelo.
  _¡La de parir tigres, arrastrada de los diablos! ¡Salí que no te quiero ver más nunca! ¡Fuera! ¡Perdición! ¡Malditas!
   Empujándose unas a otras salieron las cuatro desgraciadas. Y se apresuraron más cuando oyeron que, desde la puerta, con los ojos saltados, abriendo la boca sin dientes y ahogada por el hipo, gritaba la vieja:
  _¡Tuca! ¡Tuca! ¡León! ¡Cacique! Tucaaá. Pero los perros, lejos, en el campo, no pudieron oirla. Fue una suerte.
   Saltando masiegas de repente, en fila india, iban las Fernández agachadas de dolor.

                   II
    No bien llegaron vieron a Nicanor con su hijo, que se acercaban para comer y volver en seguida alcampo.
   _Mal hombre. ¡Hijo de qué entrañas, que no las mías! -gritó Casilda a Pedro, yéndosele encima.
   El mozo se puso pálido, como si supiese la verdad.
  -¿Qué pasa, mujer, qué pasa? -preguntó el marido, sorprendido pero calmoso como siempre.
   Y ella le contó lo ocurrido; le empezó a contar, porque Nicanor la interrumpió por un momento para ordenar a su hijo:
   -Camine a la cocina.
   -¡Si será mal alma! -fue todo el comentario del anciano cuando terminaron las pocas palabras de su mujer.
   Dirigióse entonces a su recado, sacó el lazo y enderezó a la cocina, donde se había apagado el fuego con las ollas arriba. Y le empezó a caer a su hijo por el lomo, ciego, temblándole la larga barba blanca al proferir:
   -¡Nada menos que a la hija 'e mi compadre! ¡Toma! ¡Toma este otro!
¡Donde no hay más que un viejo te fuiste a meter, cobarde!
   Pedro no se quejaba ni se defendía. Guapo era, no había nada que hacerle.
  La madre imploraba, ahora, abrazando de atrás al castigador:
  -¡Hacelo por mí, Nicanor! ¿No ves que m' están matando?
  -¡Quién iba a decir! ¡Lo contentos qu' estábamos cuando nació esta fiera!  -sollozó Nicanor- ¡Pobre viejo! ¡ira a tu madre! ¡Mírame a mí! ¡Matando a tus padres, canalla!
   Hizo entonces un esfuerzo, se estiró con la cabeza levantada y rugió, enfurecido por aquel momento de debilidad:
  -¡Que no te vea más nunca! ¡Ni muerto!
En eso, apareció otra vez el gurí con la lrngua afuera.
  -Dice padrino si puede ir, dice.
  - Vaya no más, qu' enseguida voy yo. Y ya sabes vos: acomodá tus cacharpas y andate. ¡Que Dios te castigue! Maldito por tu padre, no vas a dir muy lejos sin que la desgracia te empiece a acertar con las boleadoras. ¡Que Dios te castigue!
  Al tranco largo, por entre las masiegas amarillas y apretadas, el viejo Nicanor, tirándose tembleque la ancha barba, llegó a lo de la difunta.
  -¿Qué me cuenta, compadre? -Dijo Rudecindo-, ¡Lo que ha pasado!
  -¡Qué quiere que le diga! Casi lo hago pedazos. Lo he echao pa siempre de casa. Porque entregarlo preso...usté ve...es feo.
  -¡No, que no se vaya todavía! Yo lo calculé, compadre, porque sé que usté es derecho, es de ley. Y he pensao que antes de enterrar a la finadita, con un poco 'e buena voluntad, se pueden casar. Yo lo he oído. Se puede.
  -¡Pero amigo! ¡Me parece imposible! ¿Quién va a querer casar a una difunta? Al viviente no lo cuento porque, basta que usté lo quiera, hasta pa que lo mate se lo traigo 'e las crines. Pero casarla a ella...
  -¿Y no le van a hacer caso a un padre, el juez y el cura? ¡Avise! ¡No faltaba más! Ya mandé al gurí para que le diga a Serapio que vaya en el coche a buscar el cra al pueblo, sin decirle pa qué cosa. Y en cuanto vuelva le hago avisar al juez, lo mismo lo traigo a su hijo, aunque tenga que pelear con él y con usté.
  -Hizo bien en pensar eso de mí. Así somos los machos de verdá, los antiguos. Ya de las pariciones nuevas no sale más que morralla, pa disgustos. Me voy y, dentro de un rato, traigo a Pedro. Antes no, por no esperar tanto reunidos.
  -Agradezco-dijo Rudecindo. Cuando el otro se dió vuelta pensó:
  -¡Pucha que había sido macho, mi compadre! ¡Ansina da gusto tratar a los hombres!  ¡Y tiene razón! Las pariciones de hoy no dan más que basura, morralla...
   Y acordándose de la muerta sofocó un sollozo.

                          III

   No bien volvió el gurí en su petizo bayo, después de haber avisado a Serapio para que trajera al Cura, Rudecindo lo hizo ir en busca del juez que, como a  cincuenta o setenta cuadras, vivía atrás de un montecito.
  -Decile qu' es de apuro, pero cuídate de hablarle de la finada, porque te deslomo. ¡Apúrese!
  Y se fue a los galpones a amarguear un rato, para no escuchar el llanto del mujererío. Allí, solo, en la intensa quietud, hizo esfuerzos para renacer la niñez de la ahogada. Pero no pudo conseguirlo. Obtuvo, sí, algunos recuerdos demasiados confusos porque no precisaba los detalles y los mezclaba sin orden. Cuando él, de vuelta de la guerra, la vió por primera vez dormidita en un "tercio" de yerba que enía por cuna; cuando casi la pica la crucera cuando rodó en el petizo bajo...en el petizo bayo no podía ser porque todavía  no se lo había regalado el padrino, su compadre Iglesias: en el overo, tenía que ser... Y, después, cuando aprendió a leer con la hija del juez anterior a don Jaime; cuando le leyó la carta que el mismísimo General le escribió para decirle: "Jefes como usté, coronel Rudecindo, van quedando pocos. Por eso mismo quiero que baje aquí p' arreglar el plan de la patriada de que ya le habrá hablado por mi orden el comandante Fernández, que ya conferenció  conmigo el mes pasado..."
  -¡Esa sí fue patriada! ¡Mis lanceros eran el orgullo del General y de todo el ejército! ¡Si no hubiera sido por los dolores que se metieron a hacer la paz! ¡Mire que yo le decía al General!: "Tenga ojo, compadre, que 'esta chamuchina 'e puebleros nos va a boliar de parao! Mire qu' estos, al fin de cuentas, van a salir ganando aunque la patria y el partido queden metidos hasta..."
   En cosas de guerra pensaba ya, no más, cuando escuchó el trote del caballo prendido al volantín del juez.
  -Bájese, don Jaime.
 Éste ató las riendas al pescante y se saludaron.
   -¿...?
  -No se apure, pase p' acá. Y lo llevó a la cocina.
  -¿Se trata de algún litigio vecinal o de alguna consulta jurídica?-preguntó, enfático, el juez, aceptando un asiento.
   -Se trata de que María del Carmen se me tiró al pozo esta mañana -tembló la voz del viejo.
  -¡Cómo! ¿Suicidio? ¿No pudieron sacarla con vida?
  -¡Muerta, muerta la sacaron entre el mujererío! Se tiró por el pillo 'e Fernández, que la engañó a la pobrecita...
  -¡Dios mío! Lo acompaño en sentimiento. Comparto su dolor -balbuceó incorporándose don Jaime, sinceramente conmovido-. Para los que somos padres, esto es terrible. ¡Pero no la debieron sacar sin avisarme! Levantaremos actas con la policíaa; son los requisitos ordinarios.
  -¡Mire, siéntese y déjese de requisitos! Yo le pido a usté, qu' es padre también, que mehaga un gusto.
  -¿Cuál?
 -Que me case a la muchacha con el novio. Mi compadre Nicanor está de acuerdo.
   Fue a dar un paso don Jaime, pero el gesto enérgico del anciano lo obligó a permanecer quieto. Así y todo, habló:
  -¿Se ha enloquecido, don Rudecindo? Comprendo que la desgracia es como ara hacer peder la razón a cualquiera; pero hay que dominarse.
  ¿Cómo vamos a hacer eso?
   -¡Yo quiero! ¡Yo quiero! -repetía el viejo en tono ahora suplicante.
  -Siento mucho, pero es imposible. Usted ve...
   -¡Pero cómo imposible! ¿No le puede hacer un gusto a este desgraciado viejo?
  -Le repito, imposible.
  -¿ah, sí? Bueno. Yo lo voy a hacer posible a rebencazoz. zy si hay necesidá, a puñaladas. Conque ya sabe- rugió el anciano, la mirada extraviada.
   Y saliendo de la cocina, se puso a pasear frente a la puerta como haciendo guardia.
  -Camina -gritó al gurí-, maniale el caballo a don Jaime. Con los ojos saltados por el susto, el juez se arrinconó mirando al viejo. Y le vió patente que era capaz de hacer lo que decía.
   En ese momento, aparecieron los seis Fernández. Nicanor adelante, con el hijo. Más atrás, en fila, las mujeres, endomingadas, temblando de miedo y desesperación.
  -Entren para aquí -dijo Rudecindo señalando la cocina a los dos hombres mientras acompañaba a las mujeres adonde las otras seguían llorando.
  Se abrazaron todas y, cuando él les dió la espalda, las muchachas lo miraron horrorizadas, al tiempo que las dos madres, sollozando, se cambiaban perdones, por los insultos una, por la infamia del hijo, la otra, y por las brutales cosas que hacían sus maridos.
  Al ver entrar a Rudecindo en la cocina con aquella barba blanca igual a la de su compadre Nicanor, Pedro bajó los ojos. Y así, mirando al suelo, se quedó. mientras los dos ancianos, sentados en bancos de ceibo, se pusieron a hablar del tiempo, del yuyo malo, de las heladas traicioneras.
  En el mismo rincón,como un trasto viejo del que nadie hace caso, permanecía el juez, maldiciendo el día en que le dieron el cargo.
  -¡Tarda el cura, caray! -exclamó, de pronto, Rudecindo.
  -Si no me equivoco, ahí llega -respondió el otro viejo.
  Era el cura, sí, a quien, en coche de dos caballos, traía Serapio del pueblo a la disparada.
  Los dos ancianos salieron a recibirlo. En pocas palabras, no más, le explicaron el asunto.Espantado, el cura quiso meterse otra vez en el coche sin hablar nada; pero Rudecindo lo agarró por la sotana y, puñal en mano, le dijo:
  -Cura, yo lo respeto y respeto la religión. Pero si usté no me atiende, lo abro con sotana y todo. No hay tu tía, lo abro.
  -¡Hijos queridos! Tienen a Satanás en el cuerpo -sollozaba el cura-
  ¡Escúchenme un momento! ¡Escúchenme gauchos queridos! ¡Me mandan de cabeza al infierno!
  -ntre y confórmese, que ya lo perdonará Dios si no tiene más culpa que ésta. ¡Y no llore, amigo!...¡Un hombre!
  A Serapio se le paraba el pelo. Pero no dijo nada y los siguió.
  -Cuide la puerta, compadre. Yo voy a acomodar a m' hija...
  Por fin los he podido reunir a todos! ¡Gracias, Dios bendito!

                                                                IV

En la cama de matrimonio de sus padres estaba la difunta, rígida ya y con el ojo asustado... El viejo quiso sentarla y no pudo por la dureza de la muerte. Entonces la alzó, le apoyó la cabeza en el respaldo, bastante arriba y, sosteniéndole con un brazo la espalda, hizo fuerza hacia abajo con el otro.
  Sacó la mano como si la hubiera metido entre brasas. Había tocada una cosa dura en el vientre. ¡Era la infamia e Pedro, la causa de la desgracia!... Y siguió tratando de doblarla mientras dos grandes lágrimas, que temblaron un momento en las pestañas, caían sobre el cuerpo de la hija y desaparecían absorbidas por la zaraza.
  Cuando quedó sentada y firmemente recostada contra la cabecera, elanciano salió.
  El miedo cortó en seco el llanto de las mujeres.
  -¡Entren, entren todos!
 Entraron todos. Temblaba el juez. El cura lloraba a lágrima viva.
  -¡No será válido! -guapeó, a media voz, don Jaime.
  -¡Cimiencan no más! ¡Prontito! -rugió Rudecindo.
  Pedro, más pálido que la muerta, no se animó a mirar a su novia.
  Las ropas estaban casi secas ya, pero se pegaban al cuerpo de la joven, todavía. Las piernas se dibujaban nítidas. Los pezones levantaban con sus chuzas la zaraza. Su cara, tan bonita, ¡ah!, no abrá otra más bonita en todo el pago, tenía los moretones de la caída. Elojo, lindo y verde como la hoja, ahora vidrioso, vichaba angustiado, solo. El otro, reventado en alguna piedra del fondo o en alguna raíz dura o a quién sabe qué cosa, no estaba en el hueco lleno de sangre. Como todavía no le habían atado ningúnpañuelo, tenía la boca entreabierta cual si quisiera tragar más agua de la que había tragado o ¡a lo mejor! echarla toda afuera, arrepentida...
  -La mujer -decía el juez con voz que le daba más miedo, y sin sacar los ojos de la asombrada pupila verde-, la mujer... debe... El hombre, a su vez...
  Y volvía con creciente terror:
  -El hombre... la... mujer...
  No conseguía pasar de ahí. Una palabra se le hbía aparecido con fuerza tal, que alejaba las otras. Las sentía alrededor, pero no podía alcanzarlas. Sin saber por qué, aquella palabra absorbía toda su atención. , por verse libre, la largó.
  -Protección -dijo.
El jo verde o miraba siempre.
  -La protección...
Su cara e fue contrayendo como se diez dedos le empujaran los músculos hacia la boca. Y un chirrido rabioso resonó en el cuarto.
  -¡Mi madre, no puedo! -sollozó. Y hoyó hacia su charret, gritando:
  -¡Ya está todo! ¡Ya está todo! ¡Todo lo que quieren!
  El cura, entonces, no tuvo más remedio que intervenir también él.
Empezó lentamente, estremeciéndose, como quien se mete en el agua y siente el frío que le va subiendo.
  -Dénse la mano.
  -Agarrala, m'hijo -acudió Nicanor.
  Pedro agarró con espanto, con rabia y con desesperación la manita fría de María del Carmen.
  Al terminar un incomprensible barboteo, el cura dijo, ahogado por el miedo:
  -¡Que sean muy felices!
  Y dándose cuenta de sus palabras, soltó de nuevo el trapo.
  Largaba la mano helada Pedro Fernández, cuando lanzó un corto gemido, dio media vuelta y cayó haciendo cruz con la finada. Sin que nadie se hubiera dado cuenta, Rudecindo le había sumido la daga hasta el cabo, que se metió también un poco, de la fuerza.
  -¡Qué ha hecho, compadre! -gritó Nicanor manoteando el puñal!
  -Lo que tenía que hacer. ¡Ahora, usté, si quiere, máteme! Las manos atrás, el pecho afuera, se quedó mirándolo. Nicanor aflojó la mano que había oprimido el mango de plata y, moviendo la cabeza, balbuceó, tembloroso:
  -Ahora mada tenemos que hacer aquí. Mandaré por el cuerpo. ¡Vámonos!
  Por entre las masiegas, cortando campo, cinco Fernández volvieron a las casas. El viejo, adelante, las hijas arrastrando a doña Casilda, a quien le había dado el mal.
  El cielo se estaba cubriendo ya de negro.
  Como enlutándose.



                                                    *   *   *   *   *
                                      COMPRENSIÓN DEL CUENTO: "Mª DEL CARMEN"

El clima trágico está presente desde las primeras líneas del cuento, cuando a: "los ranchos del viejo NICANOR FERNÄNDEZ llegó un gurí cortando campo, corriendo y dice: -Ña CASILDA manda decir madrina...matado"
La suicida, hija del viejo   RUDECINDO,  ha tenido amores con PEDRO FERNÄNDEZ, quien la ha abandonado, dejándola embarazada. Después de esta escena, se desarrolla una acción casi increíble: el viejo RUDECINDO, con consentimiento del viejo NICANOR, obliga a PEDRO a casarse con el cadáver y luego, sorpresivamente, lo mata, clavándole la daga hasta el cabo. "Qué ha hecho compadre..." Y RUDECINDO responde: -"Lo que tenía que hacer..."
El autor crea una sucesión de situaciones en las cuales, a la vez que devuelve el núcleo argumental del cuento, dibuja la fisonomía interior de RUDECINDO y NICANOR, haciendo "ver" y "sentir" que ambos son capaces de realizar lo que tiene lugar en la escena final, tan atroz y,  aparentemente, inverosímil, aunque se recuerda que la acción del cuento responde a la campaña uruguaya del siglo XIX, donde no faltaron personajes en cuya alma se dieron,  conjuntamente, rasgos de grandeza y de barbarie.
Los compadres NICANOR y RUDECINDO, viejos de barba blanca... son gauchos de vieja estirpe, obedientes al terrible código de honor y de hombría. Son hombres trágicos, hombres que van hasta el fin, sea el que fuere.
Junto a estos personajes hay otros: los familiares de ambos, el juez y el cura que, por su modo de actuar, contribuyen a que sea creíble




sábado, 11 de mayo de 2013

miércoles, 17 de octubre de 2012

                                               


                                            GÉNERO NARRATIVO

   CUENTO: es un texto narrativo escrito en prosa y de breve extensión.

                           CARACTERÍSTICAS  DEL CUENTO:

* BREVEDAD: acá es donde se centra  la característica del subgénero. Las palabras deben ser las adecuadas, precisas. No se debe agregar nada que desarrolle o amplíe más de lo estrictamente necesario. El lenguaje es conciso.

* TEMA: un solo tema.

* POCOS PERSONAJES: por su brevedad aparecen los personajes indispensables.

* DIÁLOGOS CONCRETOS/DESCRIPCIONES INTENSAS: como elementos narrativos.

* UNIDAD DE IMPULSO: la que determina la tensión del cuento y obliga al lector a leerlo de principio a fin de una sola vez.

                      NIVEL ESTRUCTURAL DEL CUENTO:

 ELEMENTOS DE LA NARRACIÓN: el cuento está constituído por - EXPOSICIÓN                                                                                                                                         -  NUDO
                                                                                                                                    - CLIMAX                                                                                                                                                 - DESENLACE

* EXPOSICIÓN: trata el planteamiento del tema, los antecedentes que ponen al lector en relación con la obra.

* NUDO: se da el desarrollo del problema, del conflicto.

* CLIMAX: es la parte de más tensión, nos lleva al punto culminante del relato.

*DESENLACE: se muestra el término de la historia.

Todo esto se da en un ambiente, espacio y en un tiempo que es el que dura la historia.

                                            EL NARRADOR

EL NARRADOR: es el punto de vista de cómo está hecha la narración. Puede estar dentro de la historia o fuera de ella. Por eso encontramos los siguientes tipos de narradores:

* NARRADOR PERSONAJE: el personaje principal narra las acciones en las cuales participa. Se involucra en la historia ya sea como protagonista o como personaje secundario. Puede narrar de manera autobiográfica, profundiza en su interior.

* NARRADOR TESTIGO: es el que narra la situación de su entorno, sin involucrarse en los hechos. También escribe en primera persona. Manifiesta su opinión de manera directa o sutil. Solo es testigo y no sabe los antecedentes de los hechos.

* NARRADOR OMNISCIENTE: es el que sabe todo de los personajes, hasta describe sus sentimientos y pensamientos. Anticipa la conducta de sus personajes. Se manifiesta a través del relato en tercera persona. Su intención es ser objetivo, suprimiendo el“YO”

                                              TRAMA:

Es el desarrollo detallado de las acciones de la obra, explicando minuciosamente las causas, motivos y consecuencias de los hechos presentados. Puede ser abierta o cerrada.

* ABIERTA: cuando presenta un final incierto, que se deja a la libre imaginación del lector.

* CERRADA: cuando tiene una historia precisa, con principio, nudo y desenlace y este último tiene un cierre delimitado.

                                          PERSONAJES:
Son quienes desarrollan los hechos o acontecimientos del relato. Realizan las acciones,  por eso se llaman actantes.

                          CLASIFICACIÓN DE LOS PERSONAJES:

* PRINCIPALES: realizan las acciones más importantes y alrededor de ellos gira la historia, desencadenan las acciones de la obra; las provocan y sufren las consecuencias.

* SECUNDARIOS: complementan las acciones llevadas a cabo por el personaje principal. Intervienen en acciones de menor importancia.

* AMBIENTALES: forman parte del lugar, de la escenografía  o del ambiente. No desempeñan un papel importante.

* INCIDENTALES: aparecen en ciertas ocasiones. Se presentan una sola vez.

También encontramos personajes TIPO: su manera de ser la conservan de principio a fin del relato. Generalmente son un modelo de la sociedad, por ejemplo, la vecina entrometida, el traidor, el alcahuete, el borracho, etc.

Y los personajes COMPLEJOS: que tienen un comportamiento irregular, variable, impredecibles. Cambian a lo largo de la obra.


                                               * * * * * * * * * 


                                   Horacio Quiroga
                                                       (1879-1937)

                                       "A LA DERIVA" -  texto-
                    ("Cuentos de amor, de locura y de muerte" (1917)


      El hombre pisó algo blanduzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yararacusú que arrollada sobre sí misma esperaba otro ataque.
         El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.
         El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.
         El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que como relámpagos habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.
         Llegó por fin al rancho, y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.
         —¡Dorotea! —alcanzó a lanzar en un estertor—. ¡Dame caña!
         Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.
         —¡Te pedí caña, no agua! —rugió de nuevo. ¡Dame caña!
         —¡Pero es caña, Paulino! —protestó la mujer espantada.
         —¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!
         La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
         —Bueno; esto se pone feo —murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.
         Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos, y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
         Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentóse en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.
         El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito —de sangre esta vez—dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
         La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.
         La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
         —¡Alves! —gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
         —¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! —clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.
         El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.
         El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.
         El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
         El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
         ¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.
         Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
         De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho. ¿Qué sería? Y la respiración también...
         Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
         El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.
         —Un jueves...
         Y cesó de respirar.
                                              
                                                        fin   

                                               * * * * *                                                                                                                                                                                            
                          

            Análisis del cuento:"A la deriva" 

 TemaDificultad de vivir en un medio (la selva) hostil y complicado. El hombre busca vivir, lucha por la vida, ya que cada avance de muerte es seguido por un intento del hombre para no morir. Título: El título es emblemático, ya que la canoa queda a la deriva, y también simbólico,porque el hombre está a la deriva de su muerte (cuando lo muerde la víbora queda a la deriva de su muerte). Estructura: 
1. La mordedura y las primeras reacciones - Planteo.
2. El Rancho - Desarrollo
3. La canoa (Alves, Descripción del Panamá y Mejoría) - Desarrollo
4. Muerte - Desenlace 
 
No empieza con una ubicación (espacio, tiempo, personajes), es
 diferente a los tradicionales.
Es un comienzo abrupto, nosotros no sabemos quién es el personaje, 
¿dónde está?, ¿cuándo fue?. Sólo sabemos que lo mordió la víbora.Al empezar leyendo "El hombre pisó algo blanduzco"..., ya de por sí nos sorprende, porque lo que menos esperábamos es que el cuento empiece con el problema, es por eso que quedamos directamente enlugar de Paulino.Paulino ante esta situación, mató a la víbora (fue lo primero que hizo), y todo lo que "el hombre" hizo tuvo que ser muy rápido.El escritor de este cuento, usó el diminutivo de gotas: "gotitas", ya que reduce la relevancia importancia, pero éstas esconden la muertedel personaje. El autor usa el contraste entre la apariencia (que usa el diminutivo para que sea algo insignificante) y la realidad, que es la muerte, y que no es muy insignificante. Esto quiere decir que no parece nada peligroso pero estas "gotitas" lo llevarán a la muerte.Además, el autor usó todos los verbos (vió, pasó, sintió, saltó, sacó, se bajó) en pretérito perfecto, son verbos que pasaron una vez y fueron muy rápidos. Paulino hace una acción atrás de otra y son muy puntuales, sirven para dar rapidez y urgencia al personaje.Los tres primero párrafos empiezan con "EL HOMBRE".... Es decir que solo su esposa lo llama Paulino, el narrador lo llama "el hombre" y no Paulino, para que sepamos que a todos nos puede pasar, no solo a paulino; da sensación de que ese personaje somos todos, es igual al comienzo abrupto, el escritor quiere que nuevamente nos pongamos en lugar del personaje.
                                                            * * * * * 



                    H.  QUIROGA: "LOS DESTERRADOS" - texto-

Misiones, como toda región de frontera, es rica en tipos pintorescos. Suelen serlextraordinariamente aquellos que, a semejanza de las bolas de billar, han nacido con efecto. Tocan normalmente banda, y emprenden los rumbos más inesperados. Así Juan Brown, que habiendo ido por sólo unas horas a mirar las ruinas, se quedó 25 años allá; el doctor Else, a quien la destilación de naranjas llevó a confundir a su hija con una rata; el químico Rivet, que se extinguió como una lámpara, demasiado repleto de alcohol carburado; y tantos otros que, gracias al efecto, reaccionaron del modo más imprevisto.
En los tiempos heroicos del obraje y la yerbamate, el Alto Paraná sirvió de campo de acción a algunos tipos riquísimos de color, dos o tres de los cuales alcanzamos a conocer nosotros, treinta años después. Figura a la cabeza de aquéllos un bandolero de un desenfado tan grande en cuestión de vidas humanas, que probaba sus winchesters sobre el primer transeúnte. Era correntino, y las costumbres y habla de su patria formaban parte de su carne misma. Se llamaba Sidney Fitz-Patrick,y poseía una cultura superior a la de un egresado de Oxford. A la misma época pertenece el cacique Pedrito,cuyas indiadas mansas compraron en los obrajes los primeros pantalones.
 Nadie le había oído a este cacique de faz poco india una palabra en lengua cristiana, hasta el día en que al lado de un hombre que silbaba un aria de La Traviata, el cacique prestó un momento atención, diciendo luego en perfecto castellano:
La Traviata... Yo asistí a su estreno en Montevideo, el 59...
Naturalmente, ni aun en las regiones del oro o el caucho abundan tipos de este romántico color. Pero en las primeras avanzadas de la civilización al norte del Iguazú, actuaron algunas figuras nada despreciables, cuando los obrajes y campamentos de yerba del Guayra se abastecían por medio de grandes lanchones izados durante meses y meses a la sirga contra una corriente de Infierno, y hundidos hasta la borda bajo el peso de mercancías averiadas, charques, mulas y hombres, que a su vez tiraban como forzados, y que alguna vez regresaron sólo sobre diez tacuaras a la deriva, dejando a la embarcación en el más grande silencio.
De estos primeros mensús formó parte el negro Joâo Pedro, uno de los tipos de aquella época que alcanzaron hasta nosotros. Joâo Pedro había desembocado un mediodía del monte con el pantalón arremangado sobre la rodilla,y el grado de general, al frente de ocho o diez brasileños en el mismo estado que su jefe.
En aquel tiempo –como ahora– el Brasil desbordaba sobre Misiones, a cada revolución, hordas fugitivas cuyos machetes no siempre concluían de enjugarse en tierra extranjera. Joâo Pedro, mísero soldado, debía a su gran conocimiento del monte su ascenso a general. En tales condiciones, y después de semanas de bosque virgen que los fugitivos habían perforado como diminutos ratones, los brasileños guiñaron los ojos enceguecidos ante el Paraná, en cuyas aguas albeantes hasta hacer doler los ojos, el bosque se cortaba por fin.
Sin motivos de unión ya, los hombres se desbandaron. Joâo Pedro remontó el Paraná hasta los obrajes, donde actuó breve tiempo, sin mayores peripecias para sí mismo. Y advertimos esto último, porque cuando un tiempo después Joâo Pedro acompañó a un agrimensor hasta el interior de la selva, concluyó en esta forma y en esta lengua de frontera el relato del viaje:
–Después tivemos um disgusto... E dos dois, volvió um solo.
Durante algunos años, luego, cuidó del ganado de un extranjero, allá en los pastizales de la sierra, con el exclusivo objeto de obtener sal gratuita para cebar los barreros de caza, y atraer tigres. El propietario 
notó al fin que sus terneras morían como ex profeso enfermas en lugares estratégicos para cazar tigres, y tuvo palabras duras para su capataz. Éste no respondió en el momento; pero al día siguiente los pobladores hallaban en la picada al extranjero, terriblemente azotado a machetazos, como quien cancha yerba de plano.
También esta vez fue breve la confidencia de nuestro hombre:
–Olvidóse de que eu era home como ele... E canchei o francéis.
El propietario era italiano; pero lo mismo daba, pues la nacionalidad atribuida por Joâo Pedro era entonces genérica para todos los extranjeros. Años después, y sin
 motivo alguno que explique el cambio de país, hallamos al ex general dirigiéndose a una estancia del Ibera cuyo dueño gozaba fama de pagar de extraño modo a los peones que reclamaban su sueldo.
Joâo Pedro ofreció sus servicios, que el estanciero aceptó en estos términos:
–A vos, negro, por tus motas, te voy a pagar dos pesos y la rapadura.
 No te olvidés de venir acobrar a fin de mes.
Joâo Pedro salió mirándolo de reojo; y cuando a fin de mes fue a cobrar su sueldo, el dueño dela estancia le dijo:
–Tendé la mano, negro, y apretá fuerte.
Y abriendo el cajón de la mesa, le descargó encima el revólver .Joâo Pedro salió corriendo con su patrón detrás que lo tiroteaba, hasta lograr hundirse en una laguna de aguas podridas, donde arrastrándose bajo los camalotes y pajas, pudo alcanzar un tacurú que se alzaba en el centro como un cono. 
Guareciéndose tras él, el brasileño esperó, atisbando a su patrón con un ojo.
–No te movás, moreno –le gritó el otro, que había concluido sus municiones. Joâo Pedro no se movió, pues tras él el Ibera borbotaba hasta el Infinito. Y cuando asomó de nuevo la nariz, vio a su patrón que regresaba al galope con el winchester cogido por el medio. Comenzó entonces para el brasileño una prolija tarea, pues el otro corría a caballo buscando hacer blanco en el negro, y éste giraba a la par alrededor del tacurú, esquivando el tiro.
–Ahí va tu sueldo, macaco –gritaba el estanciero al galope; y la cúspide del tacurú volaba en pedazos.
Llegó un momento en que Joâo Pedro no pudo sostenerse más, y en un instante propicio se hundió de espaldas en el agua pestilente, con los labios estirados a flor de camalotes y mosquitos, para respirar. El otro, al paso ahora, giraba alrededor de la laguna buscando al negro. Al fin se retiró, silbando en voz baja y con las riendas sueltas sobre la cruz del caballo.
En la alta noche el brasileño abordó el ribazo de la laguna, hinchado y tiritando, y huyó de la estancia, poco satisfecho al parecer del pago de su patrón, pues se detuvo en el monte a conversar con otros peones prófugos, a quienes se debía también dos pesos y la rapadura.
 Dichos peones llevaban una vida casi independiente, de día en el monte, y de noche en los caminos. Pero como no podían olvidar a su ex patrón, resolvieron jugar entre ellos a la suerte el cobro de sus sueldos, recayendo dicha misión en el negro Joâo Pedro, quien se encaminó por segunda veza la estancia, montado en una mula.
Felizmente –pues ni uno ni otro desdeñaban la entrevista–, el peón y su patrón se encontraron; éste con su revólver al cinto, aquél con su pistola en la pretina.
 Ambos detuvieron sus cabalgaduras a veinte metros.
–Está bien, moreno –dijo el patrón–. ¿Venís a cobrar tu sueldo? Te voy a pagar en seguida.
–Eu vengo –respondió Joâo Pedro– a quitar a vocé de en medio.
 Atire vocé primeiro, e nao erre.
–Me gusta, macaco. Sujétate entonces bien las motas...
–Atire.
–¿Pois nao? –dijo aquél.
–Pois é –asintió el negro, sacando la pistola.
El estanciero apuntó, pero erró el tiro. Y también esta vez, de los dos hombres regresó uno solo.
El otro tipo pintoresco que alcanzó hasta nosotros era también brasileño, como lo fueron casi todos los primeros pobladores de Misiones. Se le conoció siempre por Tirafogo, sin que nadie haya sabido de él nombre otro alguno, ni aun la policía, cuyo dintel por otro lado nunca llegó a pisar. Merece este detalle mención, porque a pesar de haber sorbido nuestro hombre más alcohol del que pueden soportar tres jóvenes fuertes, logró siempre esquivar, fresco o borracho, el brazo de los agentes. Las chacotas que levanta la caña
 en las bailantas del Alto Paraná, no son cosa de broma. Un machete de monte, animado de un revés de muñeca de mensú, parte hasta el bulbo el cráneo de un jabalí; y una vez, tras un mostrador, hemos visto al mismo machete, y del mismo revés, quebrar como una caña el antebrazo de un hombre, después de haber cortado limpiamente en su vuelo el acero de una trampa de ratas, que pendía del techo.
Si en bromas de esta especie o en otras más ligeras, Tirafogo fue alguna vez actor, la policía lo ignora. Viejo ya, esta circunstancia le hacía reír, al recordarla por cualquier motivo:
–¡Eu nunca estive na policia!
Por sobre todas sus actividades, fue domador. En los primeros tiempos del obraje se llevaban allá mulas chúcaras, y Tirafogo iba con ellas. Para domar, no había entonces más espacio que los rozados de la playa, y presto las mulas de Tirafogo partían a estrellarse contra los árboles o caían en los barrancos, con el domador debajo. Sus costillas se habían roto y soldado infinidad de veces, sin que su propietario guardara por ello el menor rencor a las muías.
–¡Eu gosto mesmo –decía– de lidiar con elas!
El optimismo era su cualidad específica. Hallaba siempre ocasión de manifestar su satisfacción de haber vivido tanto tiempo. Una de sus vanidades era el pertenecer a los antiguos pobladores de la región, que solíamos recordar con agrado.
–¡Eu só antiguo! –exclamaba, riendo y estirando desmesuradamente el cuello adelante–.¡Antiguo!
En el período de las plantaciones se le reconocía desde lejos por sus hábitos para carpir mandioca. Este trabajo, a pleno Sol de verano, y en hondonadas a veces donde no llega un soplo de aire, se lleva a cabo en las primeras horas de la mañana y en las últimas de la tarde. Desde las once a las dos, el paisaje se calcina solitario en un vaho de fuego. Éstas eran las horas que elegía Tirafogo para carpir descalzo la mandioca. Se quitaba la camisa, se arremangaba el calzoncillo por encima de la rodilla, y sin más protección que la de su sombrero orlado entre paño y cinta de puchos de chala, se doblaba a carpir concienzudamente su mandioca, con la espalda deslumbrante de sudor y reflejos. Cuando los peones volvían de nuevo al trabajo a favor del ambiente ya respirable, Tirafogo había concluido el suyo. Recogía la azada, quitaba un pucho de su 
sombrero, y se retiraba fumando y satisfecho.
–¡Eu gosto –decía– de poner os yuyos pés arriba ao Sol!
En la época en que yo llegué allá, solíamos hallar al paso a un negro muy viejo y flaquísimo que caminaba con dificultad y saludaba siempre con un
 trémulo “Bon día, patrón” quitándose humildemente el sombrero ante cualquiera.
Era Joâo Pedro. Vivía en un rancho, lo más pequeño y lamentable que puede verse en el género, aun en un país de obrajes, al borde de un terrenito anegadizo de propiedad ajena. Todas las primaveras sembraba un poco de arroz –que todos los veranos perdía– y las cuatro mandiocas indispensables para 
subsistir, y cuyo cuidado le llevaba todo el año, arrastrando las piernas. Sus fuerzas no daban para más. En el mismo tiempo, Tirafogo no carpía más para los vecinos. Aceptaba todavía algún trabajo de lonja que demoraba meses en entregar, y no se vanagloriaba ya de ser antiguo en un país totalmente transformado.
Las costumbres, en efecto, la población y el aspecto mismo del país, distaban, como la realidad de un sueño, de los primeros tiempos vírgenes, cuando no había
 límite para la extensión de los rozados, y éstos se efectuaban entre todos y para todos, por el sistema cooperativo. No se conocía entonces la moneda, ni el Código Rural, ni las tranqueras con candado, ni los breeches.
Desde el Pequirí al Paraná, todo era Brasil y lengua materna, hasta con los francéis de Posadas. Ahora el país era distinto, nuevo, extraño y difícil. Y ellos, Tirafogo y 
Joâo Pedro, estaban ya muy viejos para reconocerse en él. El primero había alcanzado los ochenta años, y Joâo Pedro sobrepasaba esa edad. El enfriamiento del uno, a quien el primer día nublado relegaba a 
quemarse las rodillas y las manos junto al fuego, y las articulaciones endurecidas del otro, les hicieron acordarse por fin, en aquel medio hostil, del dulce calor de la madre patria.
–E' –decía Joâo Pedro a su compatriota, mientras se resguardaban ambos del humo con la mano–. Estemos lejos de nossa terra, seu Tira... E un día temos de morrer.
–E' –asentía Tirafogo, moviendo a su vez la cabeza–. Temos de morrer, seu Joâo... E lonje da terra...
Se visitaban ahora con frecuencia, y tomaban mate en silencio, enmudecidos por aquella tardía sed de la patria. Algún recuerdo, nimio por lo común, subía a veces a los labios de alguno de ellos, suscitado por el calor del hogar.
–Havíamos na casa dois vacas... –decía el uno muy lentamente–. E eu brinqué mesmo con os cachorros de papae...
–Pois nâo, seu Joâo... –apoyaba el otro, manteniendo fijos en el fuego sus ojos en que sonreía una ternura casi infantil.
–E eu me lembro de todo... E de mamae... A mamae moça...
Las tardes pasaban de este modo, perdidos ambos de extrañeza en la flamante Misiones.
Para mayor extravío, se iniciaba en aquellos días el movimiento obrero, en una región que no conserva del pasado jesuítico sino dos dogmas: la esclavitud del trabajo, para el nativo, y la inviolabilidad del patrón. Se vieron huelgas de peones que esperaban a Boycott como a un personaje de Posadas, y manifestaciones encabezadas por un bolichero a caballo que llevaba la bandera roja, mientras los peones analfabetos cantaban apretándose alrededor de uno de ellos, para poder leer la Internacional que aquél mantenía en alto.
Se vieron detenciones sin que la caña fuera su motivo, y hasta se vio la muerte de un sahib.
Joâo Pedro, vecino del pueblo, comprendió de todo esto menos aún que el bolichero de trapo rojo, y aterido por el otoño ya avanzado, se encaminó a la costa del Paraná.
También Tirafogo había sacudido la cabeza ante los nuevos acontecimientos. Y bajo su influjo, y el del viento frío que rechazaba el humo, los dos proscriptos sintieron por fin concretarse los recuerdos natales que acudían a sus
 mentes con la facilidad y transparencia de los de una criatura. Sí; la patria lejana, olvidada durante ochenta años. Y que nunca, nunca...
–¡Seu Tira! –dijo de pronto Joâo Pedro, con lágrimas fluidísimas a lo largo de sus viejos carrillos–. ¡Eu nao quero morrer sin ver a minha terra!... 
E muito lonje o que eu tengo vivido…
A lo que Tirafogo respondió: –Agora mesmo eu tenía pensado proponer a vocé... Agora mesmo, seu Joâo Pedro... eu vía na ceniza a casinha... O pinto
 bataraz de que eu só cuidei...
Y con un puchero, tan fluido como las lágrimas de su compatriota, balbuceó:
–¡Eu quero ir lá!... ¡A nossa terra é lá, seu Joâo Pedro!... A mamae do velho Tirafogo...
El viaje, de este modo, quedó resuelto. Y no hubo en cruzado alguno mayor fe y entusiasmo que los de aquellos dos desterrados casi caducos, en viaje
 hacia su tierra natal. Los preparativos fueron breves, pues breve era lo que dejaban y lo que podían llevar consigo. Plan, en verdad, no poseían ninguno, si 
no es el marchar perseverante, ciego y luminoso a la vez, como de sonámbulos, y que los acercaba día a día a la ansiada patria.
Los recuerdos de la edad infantil subían a sus mentes con exclusión de la gravedad del momento. Y caminando, y sobretodo cuando acampaban de
 noche, uno y otro partían en detalles de la memoria que parecían dulces novedades, a juzgar por el temblor de la voz.
–Eu nunca dije para vôcé, seu Tira... ¡O meu irmao mau piqueno esteve uma vez muito doente!
O, si no, junto al fuego, con una sonrisa que había acudido ya a los labios desde largo rato:
–O mate de papae cayóse umaz vez de mim... ¡E batióme, seu Joâo! Iban así, riquísimos de ternura y cansancio, pues la sierra central de Misiones no es propicia al paso de los viejos desterrados. Su instinto y conocimiento del bosque les proporcionaban el sustento y el rumbo por los senderos menos escarpados.
Pronto, sin embargo, debieron internarse en el monte cerrado, pues había comenzado uno de esos períodos de grandes lluvias que inundan la
 selva de vapores entre uno y otro chaparrón, y transforman las picadas en sonantes torrenteras de agua roja.
Aunque bajo el bosque virgen, y por violentos que sean los diluvios, el agua no corre jamás sobre la capa de humus, la miseria y la humedad ambiente no favorecen tampoco el bienestar delos que avanzan por él.
Llegó pues una mañana en que los dos viejos proscriptos, abatidos por la consunción y la fiebre, no pudieron ponerse de pie.
Desde la cumbre en que se hallaban, y al primer rayo de Sol que rompía tardísimo la niebla, Tirafogo, con un resto más de vida que su compañero,
 alzó los ojos, reconociendo los pinares nativos. Allá lejos vio en el valle, por entre los altos pinos, un viejo rozado cuyo dulce verde se llenaba de luz entre las
 sombrías araucarias.
–¡Seu Joâo! –murmuró, sosteniéndose apenas sobre los puños– ¡E'a terra o que vôce pode ver lá! ¡Temo chegado, seu Joâo Pedro!
Al oír esto, Joâo Pedro abrió los ojos, fijándolos inmóviles en el vacío, por largo rato.
–Eu cheguei ya, meu compatricio... –dijo.
Tirafogo no apartaba la vista del rozado.
–Eu vi a terra... E' lá... –murmuraba.
–Eu cheguei –respondió todavía el moribundo–. Vôcé viu a terra. E eu estó lá.
–O que é... seu Joâo Pedro –dijo Tirafogo–, o que é, é que vócé está decía morrer... ¡Vôcé nâo chegou!
Joâo Pedro no respondió esta vez. Ya había llegado. Durante largo tiempo Tirafogo quedó tendido de cara contra el suelo mojado, removiendo de tarde en tarde los labios. Al fin abrió los ojos, y sus facciones se agrandaron de pronto en una expresión de infantil alborozo:
–¡Ya cheguei, mamae!... O Joâo Pedro tinha razâu... ¡Vou com ele!...

                                        * * * * * * 

               ESTRUCTURA del cuento:"Los desterrados"
1- Introducción     A- General. Mención a personajes e historias comprimidas: Juan Brown,          doctor Else y el químico Rivet.     B- Situar el tiempo: 30 años antes del momento en que el autor las          recopiló.2- Microhistoria de Sidney Fitz-Patrick.3- Microhistoria del cacique Pedrito.4- Perfil de Joao Pedro. 5- Historia de Joao Pedro:    A- llegada de Joao Pedro a Misiones    B- episodio del agrimensor    C- episodio del ganado del extranjero    D- primera parte de la historia de Joao Pedro y el estanciero del Iberá.          La paga    E- segunda parte de la historia de Joao Pedro y el estanciero.         Episodio de la venganza. 6-  Perfil de Tirafogo. 7-  Episodio de la doma de mulas. 8-  Optimismo y orgullo de Tirafogo por pertenecer a los pobladores más       antiguos. 9-  Episodio del carpido de mandioca.10- Presentación de Joao Pedro y  Tirafogo en el presente del narrador.11- Presentación del ambiente en el presente del narrador. Antes-ahora.12- Estilo directo. Recuerdos de la infancia de los personajes.        Sugiere idea del destierro en el tiempo.13- Referencia a acontecimientos políticos y sociales del presente.14- Preparativos del viaje y nuevas alusiones a recuerdos infantiles.15- Travesía.Nudo.16- "Llegada". Carácter simbólico.
                                   * * * * *