sábado, 31 de agosto de 2013

LUIGI PIRANDELLO:"SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR". Obra.

  "SEIS PERSONAJES EN BUSCA DE AUTOR"

LOS PERSONAJES DE LA COMEDIA POR ESCENIFICAR

el padre

la madre

la hijastra

el hijo

el muchacho

la niña

(estos dos últimos no hablan)

madama paz (Luego, evocada)



LOS ACTORES DE LA COMPAÑÍA



el director

la primera actriz

el primer actor

la segunda actriz

la actriz joven

el actor joven

otros actores y actrices

el director de escena

el apuntador

el guardarropa

el tramoyista

el secretario del director

el conserje

montadores y ayudantes de escena


De día, sobre un escenario de teatro.



Nota bene: La comedia no tiene actos ni escenas. La representación será interrumpida por primera vez, sin bajar el telón, cuando el director y el primer personaje se retiren para acordar el escenario y los actores desaparezcan del escenario; la segunda vez, cuando el tramoyista haga caer el telón por error.



Al entrar en la sala del teatro, los espectadores encontrarán el telón levantado y el escenario tal como está de día, sin bastidores ni decorados, casi a oscuras, vacío, para que tengan desde el principio la impresión de un espectáculo no preparado de antemano.

Dos escalerillas, una a la derecha y otra a la izquierda, comunicarán el escenario con la sala. Sobre el escenario, la concha del apuntador estará junto al foso. Al otro lado, cerca del proscenio, una mesita y un sillón de espaldas al público, para el DIRECTOR.

Otras dos mesitas, una más grande, una más pequeña, con muchas sillas alrededor, colocadas para tenerlas a mano, si hubiera necesidad, en el ensayo. Otras sillas, aquí y allá, a derecha e izquierda, para los ACTORES, y un piano, en el fondo, a un costado, casi oculto.

Apagadas las luces de la sala, se verá entrar por la puerta del foro al TRAMOYISTA con un mono azulado y una bolsa atada a la cintura; cogerá de un rincón al fondo algunos listones, los colocará en el proscenio y se arrodillará para fijarlos. Al escucharse los martillazos, saldrá de la puerta de los camerinos el DIRECTOR DE ESCENA.



EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿Qué haces?

EL TRAMOYISTA. ¿Qué hago? Estoy clavando.

EL DIRECTOR DE ESCENA. ¿A estas horas? (Mirará el reloj.) Son las diez y media. En un momento llegará el Director para el ensayo.

EL TRAMOYISTA. Bueno, ¡yo también necesito mi tiempo para trabajar!

EL DIRECTOR DE ESCENA. Lo tendrás, pero no ahora.

EL TRAMOYISTA. ¿Cuándo, entonces?

EL DIRECTOR DE ESCENA. Cuando no sea la hora de ensayo. Apresúrate y llévatelo todo. Déjame disponer la escena para el segundo acto de El juego de los papeles.

EL TRAMOYISTA. Resoplando, refunfuñando, recogerá los listones y se irá. Entretanto, por la puerta del foro, empezarán a aparecer los ACTORES de la compañía, hombres y mujeres, primero uno y después otro, después dos al mismo tiempo, a su gusto: nueve o diez, los que se supone que deban formar parte en los ensayos de la comedia de Pirandello El juego de los papeles, prevista para ese día. Entrarán, saludarán al DIRECTOR DE ESCENA y se saludarán entre ellos, deseándose un buen día. Algunos irán a los camerinos; otros, entre los cuales estará el APUNTADOR, que tendrá el guión enrollado bajo el brazo, permanecerán en el escenario esperando al DIRECTOR para dar inicio al ensayo, mientras que, sentados en círculo o de pie, cruzarán palabras; alguno encenderá un cigarrillo, otro se quejará del papel asignado, aquel leerá en voz alta a sus compañeros la noticia de una revista teatral. Sería bueno que tanto las ACTRICES como los ACTORES vistieran ropas claras y alegres, y que esta primera escena improvisada tuviera mucha vivacidad. En un determinado momento, uno de los cómicos se podrá sentar al piano y tocar una música bailable; los más jóvenes entre los ACTORES y ACTRICES bailarán.

EL DIRECTOR DE ESCENA. (Batiendo palmas para llamarlos al orden.) Vamos, vamos, orden. ¡Ha llegado el Director!

La música y el baile cesarán al mismo tiempo. Los ACTORES se volverán para mirar hacia la sala del teatro, por cuya puerta se verá entrar al DIRECTOR, quien, con un sombrero de copa, el bastón bajo el brazo y un grueso puro en la boca, cruzará el pasillo de butacas y, saludado por los cómicos, subirá al escenario por una de las dos escalerillas. El SECRETARIO le entregará el correo: un periódico y un guión sellado.

EL DIRECTOR. ¿Cartas?

EL SECRETARIO. Ninguna. Esto es todo.

EL DIRECTOR. (Entregándole el guión sellado.) Llévelo al camerino. (Después, mirando alrededor y dirigiéndose al DIRECTOR DE ESCENA.) Pero aquí no se ve nada. Por favor, que nos den un poco más de luz.

EL DIRECTOR DE ESCENA. ¡De inmediato! Irá a dar la orden. Y poco después el escenario se iluminará con una intensa luz blanca en la parte de la derecha, donde estarán los ACTORES. En tanto, el APUNTADOR habrá tomado su lugar en el foso, habrá encendido la lamparita y extendido ante sí el guión.

EL DIRECTOR. (Dando palmadas.) Vamos, vamos, que tenemos que empezar. (Al DIRECTOR DE ESCENA) ¿Falta alguien?

EL DIRECTOR DE ESCENA. Falta la Primera Actriz.

EL DIRECTOR. ¡Como siempre! (Mirará el reloj.) Estamos atrasados diez minutos. Anótelo, hágame el favor. Así aprenderá a ser puntual en los ensayos.

No habrá terminado la amonestación, cuando del fondo de la sala se escuchará la voz de la PRIMERA ACTRIZ.

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡No, no, por favor! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! Está toda vestida de blanco, con un sombrero excéntrico y un gracioso perrito entre los brazos; correrá a través del corredor de la sala y subirá apresuradamente por una de las escalerillas.

EL DIRECTOR. Usted insiste en hacerse esperar.

LA PRIMERA ACTRIZ. Discúlpeme. ¡Busqué desesperadamente un automóvil para llegar a tiempo! Pero veo que todavía no han empezado. Y yo no aparezco al comienzo de la obra. (Luego, llamando por su nombre al DIRECTOR DE ESCENA, le encarga el perrito.) Por favor, déjelo en el camerino.

EL DIRECTOR. (Renegando.) ¡También el perrito! Como si fuéramos pocos los que parecemos mascotas aquí. (Dará palmadas otra vez y se dirigirá al APUNTADOR) Vamos, vamos, el segundo acto de El juego de los papeles. (Sentándose en la butaca.) Atención, señores. ¿A quién le toca la escena?

Los ACTORES y las ACTRICES despejarán el proscenio y se irán a sentar a un costado, salvo los tres que participarán en el ensayo y la PRIMERA ACTRIZ, que sin hacer caso de la pregunta del DIRECTOR se sentará delante de una de las mesitas.

EL DIRECTOR. (A la PRIMERA ACTRIZ) ¿Interviene usted en la escena?

LA PRIMERA ACTRIZ. Yo no.

EL DIRECTOR. (Molesto.) ¡Entonces muévase, por Dios!

La PRIMERA ACTRIZ se levantará y se irá a sentar junto a los otros ACTORES que ya estarán acomodados aparte.

EL DIRECTOR. (Al apuntador) Comience, comience.

EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «En casa de Leone Gala. Un extraño salón, comedor y despacho al mismo tiempo»

EL DIRECTOR. (Dirigiéndose al director de escena.) Pondremos la sala de color rojo.

EL DIRECTOR DE ESCENA. (Apuntándolo en un papel.) De color rojo, de acuerdo.

EL APUNTADOR. (Sigue leyendo el guión.) «Mesa puesta y escritorio con libros y papeles. Estanterías de libros y vitrinas con lujosas vajillas y utensilios de mesa. Puerta al fondo por la cual se llega a la habitación de Leone. Puerta lateral a la izquierda por la cual se va a la cocina. La puerta principal está a la derecha»

EL DIRECTOR. (Levantándose e indicando.) Por lo tanto, presten atención: allá, la puerta principal. Aquí, la cocina. (Dirigiéndose al ACTOR que hará el papel de Sócrates.) Usted entrará y saldrá por este lado. (Al DIRECTOR.) Colocará la mampara en el fondo y luego colgará las cortinas. (Se vuelve a sentar.)

EL DIRECTOR DE ESCENA. (Anotándolo.) De acuerdo.

EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «Primera escena. Leone Gala, Guido Venanzi, Filippo, llamado Sócrates» (Al DIRECTOR) ¿Debo leer también las acotaciones?

EL DIRECTOR. ¡Sí, sí! ¡Se lo he dicho mil veces!

EL APUNTADOR. (Leyendo el guión.) «Al levantarse el telón, Leone Gala, con gorrito de cocinero y delantal, trata de batir un huevo en un cuenco con un cucharón de madera. Filippo bate otro, también vestido de cocinero. Guido Venanzi escucha, sentado»

EL PRIMER ACTOR. (Al director.) Disculpe, pero ¿me tengo que poner el gorrito en la cabeza?

EL DIRECTOR. (Fastidiado por el comentario.) ¡Obviamente! ¡Está escrito allí! (Señalará el guión.)

EL PRIMER ACTOR. ¡Pero si es ridículo!, usted perdone.

EL DIRECTOR. (Poniéndose de pie, furioso.) «¡Ridículo, ridículo!» ¿Qué quiere que yo haga si de Francia no vienen más comedias buenas y nos tenemos que resignar a poner en escena comedias de Pirandello, que nadie comprende y parecen creadas a propósito para que ni los actores, ni los críticos, ni el público queden contentos? (Los actores reirán. Y entonces él, levantándose y acercándose hacia el PRIMER ACTOR, gritará.) ¡El gorrito de cocinero, sí señor! ¡Y batirá los huevos! ¿Usted cree que no tiene que hacer nada más que batir los huevos con sus manos? Pues no. ¡Tendrá que representar el papel de la cáscara de los huevos que está batiendo! (Los ACTORES reirán de nuevo y harán comentarios irónicos entre ellos.) ¡Silencio! ¡Y presten atención cuando estoy hablando! (Se dirige de nuevo al primer ACTOR.) Sí, señor, la cáscara. ¡Lo que quiere decir la forma vacía de la razón, sin la plenitud del instinto, que es ciego! Usted es la razón y su esposa el instinto, en un juego de papeles asignados, por lo que usted, al representar su papel, es voluntariamente el títere de sí mismo. ¿Comprendido?

EL PRIMER ACTOR. (Abriendo los brazos.) ¡Yo no!

EL DIRECTOR. (Volviendo a su sitio.) ¡Yo menos! Así que mejor seguimos. ¡Después me elogiará el resultado! (En tono confidencial.) Le aconsejo que se ponga siempre de medio perfil, porque si no, entre las complicaciones del diálogo y usted que no se dejará escuchar por el público, nadie entenderá nada. (Dando palmadas de nuevo.) ¡Atención, atención! Empezamos.

EL APUNTADOR. Disculpe, señor Director. ¿Me permitiría cubrirme con la concha? ¡Corre un aire!

EL DIRECTOR. ¡Cómo no, hágalo!

El CONSERJE del teatro habrá entrado mientras tanto en la sala, con su gorrita galoneada, en la cabeza, y atravesando el pasillo de butacas, se acercará al escenario para anunciar al DIRECTOR la llegada de los SEIS PERSONAJES, quienes también han entrado en la sala y lo han seguido a cierta distancia, un poco desorientados y perplejos, mirando a su alrededor.



Quien vaya a intentar una puesta en escena de esta comedia debe valerse de todos los medios disponibles para lograr un efecto gracias al cual estos SEIS PERSONAJES no se confundan nunca con los ACTORES de la compañía. La disposición de unos y otros, indicada en las anotaciones, cuando ya se encuentren en el escenario, será sin duda útil; tanto como una intensidad luminosa variada de reflectores especiales. Pero el medio más eficaz e idóneo que se sugiere será el uso de máscaras especiales para los PERSONAJES: máscaras especialmente elaboradas con una materia que el sudor no ablande, así que no serán ligeras para los actores que deberán llevarlas; se confeccionarán de tal modo que dejen libres los ojos, la nariz y la boca. Se interpreta de esta manera el sentido más profundo de la comedia. Los PERSONAJES no deberán, por lo tanto, aparecer como fantasmas, sino como realidades creadas, elaboraciones inalterables de la fantasía: y por lo tanto más reales y consistentes que la voluble naturalidad de los ACTORES. Las máscaras ayudarán a dar la impresión de la figura construida artísticamente y fijada de manera inalterable en la expresión del propio sentimiento fundamental, que es el remordimiento en el PADRE, la venganza en la HIJASTRA, el desdén en el HIJO, el dolor en la MADRE, con lágrimas de cera, fijas en lo más lívido de las ojeras y las mejillas, como se puede ver en las imágenes esculpidas y pintadas de las Mater dolorosa de las iglesias.

Y que incluso la vestimenta sea de paño y corte particular, sin extravagancia, con pliegues rígidos y de un volumen estatuario. En resumen, que no dé la idea de estar confeccionada con una tela, que se pueda comprar en cualquier tienda de la ciudad y en cualquier sastrería.

El PADRE rondará los cincuenta años: de frente amplia, pero no calvo, de cabello rojizo, con bigote espeso y crespo alrededor de una boca fresca, dispuesta a una sonrisa incierta y vana. Pálido, especialmente en la amplia frente; ojos azules y ovalados, centellantes y agudos; vestirá pantalones claros y chaqueta oscura: en ocasiones será melifluo, en otras tendrá gestos duros y ásperos.

La MADRE estará aterrada y sobrecogida por el intolerable peso de la vergüenza y de la humillación. Cubierta por un tupido velo de viuda, vestirá humildemente de negro, y cuando se levante el velo, mostrará un rostro nada atormentado, pero como si fuera de cera, y siempre estará con los ojos bajos.

La HIJASTRA, de dieciocho años, será desvergonzada, casi impúdica. Bellísima, ella también, vestirá de luto, pero con una elegancia vistosa. Mostrará desprecio por el aire tímido, afligido y casi desorientado del hermanito, un escuálido MUCHACHO de catorce años, también de negro; y en la. hermanita, en cambio, una NIÑA de aproximadamente cuatro años, habrá una ternura vivaz y estará vestida de blanco con una cinta de seda negra en la cintura.

El HIJO, de veintidós años, alto, casi inmovilizado en un contenido desdén por el PADRE y en una indiferencia ceñuda hacia la MADRE, llevará un sobretodo morado y una larga cinta verde alrededor del cuello.



EL CONSERJE. (Con el gorrito en la mano.) Disculpe, señor.

EL DlRECTOR. (Brusco, despectivo.) ¿Y ahora qué ocurre?

EL CONSERJE. (Tímidamente.) Han llegado unos señores que preguntan por usted.

El DIRECTOR y los ACTORES se dan la vuelta sorprendidos para mirar desde el escenario hacia abajo, en la sala.

EL DIRECTOR. (De nuevo enojado.) ¡Estamos ensayando! ¡Y usted sabe muy bien que no debe entrar nadie mientras estamos ensayando! (Dirigiéndose hacia el fondo.) ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?

EL PADRE. (Dando un paso adelante, seguido por los demás, hasta llegar a una de las escalerillas) Hemos venido en busca de un autor.

EL DIRECTOR. (Entre sorprendido e iracundo.) ¿De un autor? ¿Qué autor?

EL PADRE. Del que sea, señor.

EL DIRECTOR. Pero si aquí no hay ningún autor, porque no estamos ensayando ninguna comedia nueva.

LA HIJASTRA. (Con una alegre vivacidad, subiendo rápidamente la escalerilla.) ¡Mucho mejor, mucho mejor entonces, señor! Nosotros podríamos ser su nueva comedia.

ALGUNO DE LOS ACTORES. (En medio de los comentarios bulliciosos y las risas de los demás.) ¡Escúchenla, escúchenla!

EL PADRE. (Siguiendo sobre el escenario a la HIJASTRA.) Bueno, pero ¿si no hay autor? (Al DIRECTOR.) A menos que usted quiera serlo...

La MADRE, con la NIÑA de la mano, y el MUCHACHO subirán los primeros peldaños de la escalerilla y se quedarán a la espera. El HlJO se quedará abajo, enojado.

EL DIRECTOR. ¿Están bromeando?

EL PADRE. ¿Cómo se le ocurre, señor? Todo lo contrario, le traemos un drama doloroso.

LA HIJASTRA. ¡Y podríamos ser su fortuna!

EL DIRECTOR. ¡Háganme el favor de largarse, que no tenemos tiempo para perderlo con locos!

EL PADRE. (Herido y melifluo.) Pero señor, usted sabe muy bien que la vida está llena de infinitos absurdos, que, descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderos.

EL DIRECTOR. Pero, ¿qué diablos dice?

EL PADRE. Digo que puede considerarse una locura, sí señor, esforzarse en hacer lo contrario; es decir, crear lo verosímil para que parezca verdadero. Pero permítame hacerle la observación de que, si fuera locura, ésta es la única razón de su oficio. Los ACTORES se agitarán, molestos.

EL DIRECTOR. (Levantándose y retándolo.) ¿Ah, sí? ¿De manera que nuestro oficio le parece cuestión de locos?

EL PADRE. Bueno, dar la apariencia de verdadero a aquello que no lo es, sin necesidad de hacerlo, señor; como un juego... ¿O acaso no es el oficio de ustedes dar vida en la escena a personajes fantasiosos?

EL DIRECTOR. (Rápidamente, haciéndose portavoz de la irritación creciente de sus ACTORES.) ¡Yo le aseguro que la profesión del cómico, estimado señor, es una noble profesión! Si hoy por hoy los nuevos señores comediógrafos nos dan a representar comedias banales y a títeres en lugar de hombres, ¡sepa que es nuestro orgullo haber dado vida —aquí, sobre estas tablas— a obras inmortales! Los ACTORES, satisfechos, aprobarán y aplaudirán a su DIRECTOR.

EL PADRE. (Interrumpiendo con vehemencia.) ¡Eso es! ¡Muy bien! ¡A seres vivos, más vivos que aquellos que visten y calzan! Menos reales, quizá; ¡pero más verdaderos! ¡Somos de la misma opinión! Los ACTORES se miran entre sí, sin entender.

EL DIRECTOR. ¿No entiendo? Pero si antes dijo...

EL PADRE. No me interprete mal. Lo decía por usted, señor, que nos ha gritado no tener tiempo para perderlo con locos, cuando nadie mejor que usted sabe que la naturaleza se sirve de la fantasía humana como instrumento para continuar, a un mayor grado, su obra creada.

EL DIRECTOR. Está bien, está bien. ¿A qué quiere llegar con eso?

EL PADRE. A nada, señor. Sólo a demostrar que se nace a la vida de diferentes maneras, y en muchas formas: árbol o piedra, agua o mariposa... o mujer. ¡Y que también se nace como un personaje!

EL DIRECTOR. (Con un fingido e irónico estupor.) Y usted, junto a quienes lo acompañan, ¿han nacido como personajes?

EL PADRE. Exacto, señor. Y vivos, como puede comprobarlo.

El DIRECTOR y los ACTORES se ríen a carcajadas, como si se burlaran.

EL PADRE. (Herido.) Me apena que se burlen así, porque llevamos en nosotros, repito, un drama doloroso, como los señores pueden deducir al ver a esta mujer vestida de luto.

Diciendo esto le ofrecerá la mano a la MADRE para ayudarla a subir los últimos escalones y, guiándola todavía, la conducirá con una solemnidad trágica hacia el otro lado del escenario, que se iluminará de inmediato con una luz fantástica. La NlÑA y el MUCHACHO seguirán a la MADRE; después el HlJO, que se mantendrá aparte, al fondo; y también la HIJASTRA, que se colocará en el proscenio, apoyada sobre el borde del escenario. Los ACTORES, primero estupefactos, luego admirados por esta evolución de los hechos, reventarán en aplausos como si les fuera ofrecido un espectáculo.

EL DIRECTOR. (Primero sorprendido, luego fastidiado.) ¡Déjenlo! ¡Cállense! (Luego, dirigiéndose a los PERSONAJES.) ¡Y ustedes váyanse de aquí! ¡Despejen el lugar! (Al DIRECTOR DE ESCENA.) ¡Por Dios, sáquelos de aquí!

EL DIRECTOR DE ESCENA. (Acercándose, pero luego deteniéndose como si lo retuviera una rara turbación.) ¡Fuera! ¡Fuera!

EL PADRE. (Al director) Mire, nosotros...

EL DIRECTOR. (Gritando.) ¡Basta, tenemos que trabajar!

EL PRIMER ACTOR. No es posible que alguien se burle así...

EL PADRE. (Resuelto, adelantándose.) ¡Me sorprendo de su incredulidad! ¿Acaso no están los señores acostumbrados a ver cómo aparecen casi vivos aquí, uno frente a otro, los personajes creados por un autor? ¿O a lo mejor no tienen (señalará la concha del APUNTADOR) un guión que nos contenga?

LA HIJASTRA. (Colocándose frente al DIRECTOR, risueña, zalamera.) Puede creer, señor, que somos de verdad seis personajes interesantísimos. Lamentablemente frustrados.

EL PADRE. (Apañándola.) ¡Sí, frustrados, eso es! (Al director, de inmediato.) En el sentido, claro está, de que el autor que nos dio vida, después no quiso o no pudo materialmente introducirnos en el mundo del arte. Y de verdad que fue un delito, señor, porque quien ha tenido la suerte de nacer como personaje vivo, puede reírse incluso de la muerte. ¡No morirá jamás! Y para vivir eternamente ni siquiera necesita de dotes extraordinarias o realizar prodigios. ¿Quién era Sancho Panza? ¿Quién era don Abundio? Y, sin embargo, son eternos, porque —semillas vivientes— ¡tuvieron la suerte de encontrar una matriz fecunda, una fantasía que supo nutrirlos y desarrollarlos, darles vida eterna!

EL DIRECTOR. ¡Todo lo que dice está bien! Pero ¿qué quieren aquí?

EL PADRE. ¡Queremos vivir, señor!

El DIRECTOR. (Irónico.) ¿Por toda la eternidad?

EL PADRE. No, señor. Por lo menos un momento, a través de ustedes.

UN ACTOR. ¡Qué ocurrencia!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Quieren vivir en nosotros!

EL ACTOR JOVEN. (Señalando a la HIJASTRA) Por mí no hay problema, si a mí me toca ella.

EL PADRE. Fíjense, fíjense: todavía hay que hacer la comedia; (al DIRECTOR) pero si usted quiere y sus actores están dispuestos, la organizamos rápidamente entre nosotros.

EL DIRECTOR. (Molesto.) ¿Pero qué quiere organizar? ¡Aquí no se hace nada de eso! ¡Aquí se interpretan dramas y comedias!

EL PADRE. ¡Por eso mismo! ¡Hemos venido con usted justamente por eso!

EL DIRECTOR. ¿Y dónde está el guión?

EL PADRE. Está en nosotros mismos, señor. (Los ACTORES reirán.) El drama está en nosotros, somos nosotros, y estamos impacientes por representarlo, así como dentro nos urge la pasión.

LA HIJASTRA. (Sarcástica, con la pérfida gracia de una oscura desvergüenza.) ¡Mi pasión, si la conociera, señor! Mi pasión... ¡Por él! (Señalará al PADRE e intentará abrazarlo, pero estallará en una carcajada estruendosa.)

EL PADRE. (Con un arranque de ira.) ¡Por ahora quédate en tu sitio! ¡Y no te rías de esa manera!

LA HIJASTRA. ¿No? Y ahora permítanme: si bien huérfana hace apenas dos meses, ¡miren los señores cómo canto y cómo bailo!



Sugerirá maliciosamente que está bailando con paso de baile la primera estrofa de «Prends garde a Tchou-Tchin-Tchou» de Dave Stamper en la adaptación a Fox-trot o One-Step lento de Francis Salabert.

Les chinois sont un peuple malin,
De Shangai à Pekin,
Ils ont mis des écriteaux partout:
Prenez garde à Tchou-Tchin-Tchou!



Los ACTORES, de manera particular los jóvenes, mientras ella canta y baila, como atraídos por una extraña fascinación, se desplazarán hacia ella y apenas levantarán las manos como si la quisieran atrapar. Ella se hará la escurridiza. Cuando los ACTORES estallen en aplausos, y después de que el DIRECTOR le llame la atención, se quedará como abstraída y lejana.

LOS ACTORES Y LAS ACTRICES. (Entre risas y aplausos.) ¡Muy bien! ¡Bravo! ¡Bravo!

EL DIRECTOR. (Iracundo.) ¡Silencio! ¿Creen que están en un cabaret? (Haciéndose a un lado con el PADRE, y con cierta consternación.) Pero, dígame. ¿Está loca?

EL PADRE. ¿Loca? No. ¡Algo peor!

LA HIJASTRA. (Corriendo rápidamente hacia el director.) ¡Peor! ¡Peor! ¡Mucho peor, señor! ¡Peor! Escuche, si es tan amable: haga representar en breve este drama, porque verá que en cierto momento, yo, cuando esta pequeña preciosa... (Tomará de la mano a la NIÑA, que habrá estado junto a la MADRE, y la llevará delante del DIRECTOR.) ¿Ve lo preciosa que es? (La levantará en brazos y la besará.) ¡Cariño mío, cariño mío! (La dejará de nuevo en el suelo y añadirá, casi involuntariamente, conmovida.) Y bien, cuando a esta preciosa se la quite Dios a su pobre Madre, y cuando este bobalicón (tirará hacia delante del MUCHACHO agarrándolo sin miramientos por la manga) haga la estupidez más grande, propia del estúpido que es (lo devolverá junto a la MADRE de un empujón), ¡entonces sí podrá verse cómo volaré! ¡Sí, señor! ¡Volaré! ¡Muy alto! ¡Y no veo el momento de hacerlo, créame, no lo veo! Porque después de lo que ocurrió íntimamente entre él y yo (señalará al PADRE con un guiño atroz) no puedo seguir junto a todos ellos, presenciando el tormento de aquella Madre por aquel granuja. (Señalará al Hijo.) ¡Mírelo! ¡Mírelo! ¡Indiferente y frío, porque él es el Hijo legítimo! Lleno de desprecio por mí, por aquel, (señalará al MUCHACHO) por aquella criaturita. ¿Y sabe por qué? Porque somos bastardos. ¿Queda claro? Bastardos. (Se acercará a la MADRE y la abrazará.) Y a esta pobre Madre, que es la Madre de todos nosotros, él no la quiere reconocer como Madre suya. Él la desprecia y la considera Madre únicamente de nosotros tres, los bastardos. ¡Es vil!

Dirá todo esto rápidamente, excitadísima, y al llegar al «vil» final, después de haber inflado la voz en «bastardos», lo pronunciará despacio, como si escupiera la palabra.

LA MADRE. (Se dirige al DIRECTOR con una angustia infinita.) Señor, le suplico en nombre de estas dos criaturitas... (Se sentirá desfallecer y vacilará.) Dios mío...

EL PADRE. (Se aproxima para sostenerla mientras casi todos los ACTORES están aturdidos y consternados.) Por favor, una silla, una silla para esta pobre viuda.

LOS ACTORES. (Acercándose.) Entonces, ¿es verdad? ¿Desfallece?

EL DIRECTOR. ¡Una silla, rápido!

Uno de los ACTORES ofrecerá una silla; los otros la rodearán presurosos. La MADRE, sentada, intentará impedir que el PADRE le retire el velo que esconde su rostro.

EL PADRE. Mírela, señor, mírela...

LA MADRE. No, no, déjame.

EL PADRE. ¡Déjate ver! Le quitará el velo.

LA MADRE. (Irguiéndose y cubriéndose desesperadamente el rostro con las manos.) Señor, le suplico que impida a este hombre utilizarme para sus propósitos. ¡Sería horrible para mí!

EL DIRECTOR. (Impresionado, aturdido.) ¿Qué está pasando? ¿De quién se trata? (Al PADRE) ¿Es su esposa o no?

EL PADRE. (De inmediato.) Sí, señor, mi mujer.

EL DIRECTOR. ¿Entonces por qué es viuda, si usted vive?

Los ACTORES desahogarán todo su aturdimiento en una estruendosa carcajada.

EL PADRE. (Herido, con un áspero resentimiento.) ¡No se burlen! ¡No se rían así, por amor a Dios! Éste es justamente su drama, señor. Ella tuvo otro hombre. ¡Otro hombre que debería estar aquí!

LA MADRE. (Dando un grito.) ¡No! ¡No!

LA HIJASTRA. Por suerte para él, está muerto: hace dos meses, se lo dije. Llevamos su luto, como puede ver.

EL PADRE. Pero fíjese que no está aquí porque haya muerto. No está aquí porque... Mírela, señor, por favor, y lo comprenderá de inmediato. Su drama no consiste en el amor a dos hombres, por quienes ella es incapaz de sentir nada, más allá que un poco de reconocimiento. —No para mí, sino para el otro.— Porque no es una mujer. ¡Es una Madre! Y su drama —terrible, señor, terrible— consiste, de hecho, en estos cuatro hijos de esos dos hombres que tuvo.

LA MADRE. ¿Que yo los tuve? ¿Tienes el valor de decir que fui yo quien los tuvo, como si los hubiera deseado? ¡Fue él, señor! ¡Me los dieron él y el otro, a la fuerza! ¡Me obligó, me obligó a largarme con aquél!

LA HIJASTRA. (Cortante, indignada.) ¡No es cierto!

LA MADRE. (Aturdida.) ¿Cómo que no es cierto?

LA HIJASTRA. ¡No es cierto! ¡No es cierto!

LA MADRE. ¿Y tú qué sabes?

LA HIJASTRA. ¡No es cierto! (Al DIRECTOR) ¡No se lo crea! ¿Sabe por qué lo dice? Por ése... (Señalará al HlJO) ¡Lo dice por él! Porque se mortifica y sufre por la indiferencia de ese hijo, a quien quiere explicarle que si lo abandonó a los dos años fue porque él (señalará al PADRE) la obligó.

LA MADRE. (Decidida.) ¡Me obligó, me obligó! ¡Pongo a Dios por testigo! (Al DIRECTOR.) ¡Pregúnteselo a él (señalará al marido) si no es verdad! ¡Que él se lo diga!... Ella (señalará a la HIJASTRA) no puede saber nada.

LA HIJASTRA. Sé que con mi Padre, mientras vivió, tú viviste en paz y contenta. ¡Niégalo, si puedes!

LA MADRE. No lo niego...

LA HIJASTRA. ¡Siempre amoroso y preocupado por ti! (Al MUCHACHO, con rabia.) ¿No es verdad? ¡Dilo! ¿Por qué no hablas, tonto?

LA MADRE. ¡No lo molestes! ¿Por qué quieres hacerme parecer una ingrata, hija mía? ¡Nunca quise ofender a tu Padre! ¡Sólo he dicho que no fue por mi culpa ni por mi propio deseo que abandonara su casa y a mi hijo!

EL PADRE. Es verdad, señor. Fui yo,

Pausa.

EL PRIMER ACTOR. (A sus compañeros.) ¡Pero mira tú que espectáculo!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Nos lo dan ellos, a nosotros!

EL ACTOR JOVEN. Por una vez.

EL DIRECTOR. (Que comenzará, a interesarse en el asunto.) ¡Presten atención! ¡Presten atención! Y diciendo esto bajará por una de las escalerillas a la sala y se quedará de pie delante del escenario, como si quisiera recoger las impresiones de la escena tal como lo haría un espectador.

EL HIJO. (Sin moverse de su lugar, frío, pausado, irónico.) ¡Escuchen ahora el discursito filosófico! Hablará el demonio de los experimentos.

EL PADRE. ¡Eres un cínico imbécil, te lo he dicho mil veces! (Al DIRECTOR, que ya está en la sala.) Se burla, señor, por las palabras que usé en defensa propia.

EL HIJO. (Despreciativo.) Palabras.

EL PADRE. ¡Palabras! ¡Palabras! ¡Como si no diera alivio a cualquiera frente a lo inexplicable, frente a un mal que nos consume, el dar con una palabra que nada dice pero que nos da calma!

LA HIJASTRA. ¡Calma sobre todo el remordimiento!

EL PADRE. ¿El remordimiento? Eso no es verdad. No lo he calmado en mí sólo con las palabras.

LA HIJASTRA. También con algo de dinero. ¡Sí, sí, también con un poco de dinero! ¡Con la miseria que iba a ofrecerme de paga, señores!

Reacción de indignación de los actores.

EL HIJO. (Con desprecio hacia su hermanastra.) ¡Eso es una canallada!

LA HIJASTRA. ¿Canallada? Si estaba allá, en un sobre azulado sobre la mesita de caoba, en la trastienda de Madama Paz. Usted sabe, una de esas señoras que con el pretexto de vender Robes et Manteaux atraen a sus atelliers a chicas pobres y de buena familia como una...

EL HIJO. Y se ha comprado el derecho a tiranizarnos a todos con ese dinero que él estaba a punto de pagar, y que por suerte —escúcheme bien— después ya no tuvo motivo para pagarlo.

LA HIJASTRA. ¡Estuvimos a punto, a punto, para que lo sepas! (Estalla en risas.)

LA MADRE. (Indignada.) ¡Es una vergüenza, hija! ¡Una vergüenza!

LA HIJASTRA. (Cortante.) ¿Vergüenza? ¡Si es mi venganza! ¡Me muero de ganas, señor, de revivir esa escena! La habitación... por acá la vitrina de los mantos; allá, el sofá cama; el tocador; un biombo; y delante de la ventana esa mesita de caoba con el sobre azulado del dinero. ¡Puedo verlo! ¡Hasta podría tomarlo! ¡Pero los señores deberían dar media vuelta porque estoy casi desnuda! No me sonrojo más porque ¡es él quien debe sonrojarse! (Señalará al PADRE.) ¡Pero les aseguro que estaba muy, muy pálido en ese momento! (Al DIRECTOR.) ¡Créame, señor!

EL DIRECTOR. ¡Yo no me entrometo más!

EL PADRE. ¡Lo desafío a que lo haga! ¡No se deje engañar! ¡Imponga un poco de orden, señor, y déjeme hablar sin hacer caso a la afrenta que con tanta ferocidad ella quiere imputarme, sin las debidas aclaraciones del caso!

LA HIJASTRA. ¡Aquí nadie está inventando nada!

EL PADRE. ¡Yo tampoco, quiero decirte!

LA HIJASTRA. ¡Sí, cómo no! ¡Haz lo que te parezca!

El DIRECTOR, en este punto, volverá a subir al escenario para poner un poco de orden.

EL PADRE. ¡Aquí está todo el daño! ¡En las palabras! Llevamos todos por dentro un mundo de cosas, en cada uno el suyo propio. ¿Cómo es posible que nos entendamos, señor, si en las palabras que yo digo incluyo el sentido y el valor de las cosas tal como yo las considero, mientras quien lo escucha, las asume inevitablemente con el sentido y el valor que tienen para él, de acuerdo al mundo que lleva en su interior? Creemos que es posible entendernos, ¡pero no nos entendemos nunca! Mire: mi piedad, toda mi piedad por esta mujer (señalará a la MADRE), ella la asume como la peor de las crueldades.

LA MADRE. ¡Pero si me alejaste tú!

EL PADRE. ¿Se da cuenta? ¡Alejarla yo! ¡A usted le parece que yo la haya despreciado!

EL MADRE. Tú sabes hablar y yo no... Pero créame, señor, que después de haberse casado conmigo... quién sabe por qué..., yo era una pobre y humilde mujer...

EL PADRE. Exactamente por eso, por tu humildad me casé contigo, y eso es lo que amé en ti, creyendo... (Se detendrá por los desmentidos de ella, abrirá los brazos en alto, desesperado, ante la imposibilidad de que lo comprenda, y se dirigirá hacia el DlRECTOR ¿Se da cuenta? ¡Dice que no! Horrenda, señor, créame, (se golpeará la frente) es horrenda su turbación, su turbación mental. Tiene corazón, sí, ¡pero para sus hijos! ¡Y no atiende a razones, señor, es desesperante!

LA HIJASTRA. ¡Cómo no! Pero que le diga también la suerte que nos acarreó su inteligencia.

EL PADRE. ¡Si se pudiera anticipar todo el mal que puede nacer del bien que creemos estar haciendo!

Llegados a este punto, la PRIMERA ACTRIZ, que se habrá molestado viendo al PRIMER ACTOR coqueteando con la HIJASTRA, se adelantará y preguntará al DIRECTOR.

LA PRIMERA ACTRIZ. Disculpe, señor Director, ¿continuaremos el ensayo?

EL DIRECTOR. Sí, sí, cómo no. ¡Ahora déjeme escuchar!

EL ACTOR JOVEN. ¡Es un caso tan inédito!

LA ACTRIZ JOVEN. ¡Muy interesante!

LA PRIMERA actriz. ¡Al que le interese! (Y lanzará una mirada cargada, al PRIMER ACTOR)

EL DIRECTOR. (Al PADRE.) Es necesario que se explique usted con claridad. (Se sentará.)

EL PADRE. ¡Cómo no! Mire, señor, trabajaba conmigo un pobre hombre, subalterno mío, mi secretario, lleno de devoción, que se entendía muy bien con ella (señalará a la MADRE), sin ninguna mala intención —¡faltaba más!—, un tipo bueno, humilde como ella, incapaz tanto el uno como la otra no sólo de hacer el mal, sino incluso de pensarlo.

LA HIJASTRA. Pero en cambio sí lo pensó él contra ellos. ¡Y lo hizo!

EL PADRE. ¡No es verdad! Mi intención fue hacerles un bien, y también hacérmelo, lo confieso. Es que yo había llegado al punto, señor, en que no podía decirles ni una palabra a ninguno de los dos sin que ellos intercambiaran una mirada inteligente y cómplice, sin que ella no buscara rápidamente los ojos del otro para recibir consejo sobre el modo en que debía tomar mis palabras para no hacerme enojar. ¡Eso era suficiente, como comprenderá, para mantenerme enojado, en un estado de intolerable exasperación!

EL DIRECTOR. ¿Y entonces por qué no despedía a su secretario?

EL PADRE. ¡Lo hice! ¡Lo despedí! Pero luego me encontré con que esta pobre mujer se quedaba en casa como perdida, como uno de aquellos animales sin dueño a los que se acoge por compasión.

LA MADRE. ¡Y cómo no!

EL PADRE. (Volviéndose rápidamente hacia ella, adelantándose.) Nuestro hijo, ¿no?

LA MADRE. ¡Me arrancó primero el hijo de los brazos, señor!

EL PADRE. ¡Pero no por crueldad! Sino para hacerlo crecer sano y robusto, en contacto con la naturaleza.

LA HIJASTRA. (Señalándolo, irónica.) ¡Se ve!

EL PADRE. (De inmediato.) ¿También es culpa mía si después creció así? Lo dejé en manos de una nodriza, señor, en el campo, en manos de una campesina, al no parecerme ella lo bastante fuerte pese a su origen humilde. La misma razón por la que me casé con ella. Prejuicios, quizá, ¿pero qué puedo hacer? ¡Siempre he tenido estas malditas aspiraciones a una firme salud moral! (La HIJASTRA, en este punto, estallará de nuevo en risas escandalosamente.) ¡Hágala callar! ¡Es insoportable!

EL DIRECTOR. ¡Cállese! ¡Déjeme escuchar, por Dios!

De inmediato, a raíz de la llamada de atención del director, ella se quedará callada y absorta, cortando la risa. El DIRECTOR bajará del escenario para ver mejor la escena.

EL PADRE. Yo no podía seguir junto a esta mujer. (Señalará a la MADRE.) Pero no tanto por el fastidio que sentía, por la sofocación —verdadera sofocación—, sino por la pena, la pena angustiosa que sentía por ella.

LA MADRE. ¡Y por eso me echó de casa!

EL PADRE. La envié con aquel hombre, sin que le faltara de nada. Sí, señor. ¡Lo hice para librarla de mí!

LA MADRE. ¡Y para librarse él!

EL PADRE. Sí, señor. Yo también, lo admito. Y lo que vino fue un gran malestar. Pero lo hice con buena intención... y más por ella que por mí. ¡Lo juro! (Cruzará los brazos sobre el pecho; después, rápidamente, se dirigirá a la MADRE.) Dilo si dejé de tenerte presente. ¡Dilo! Di si te abandoné hasta que él no te llevó a otra ciudad, de un día para otro, sin yo saberlo, estúpidamente impresionado por mi interés puro, créame que puro, señor, sin ninguna otra intención. Me interesé con una ternura increíble por la nueva familia que iba surgiendo. ¡Ella misma se lo puede asegurar! (Señalará a la HIJASTRA)

LA HIJASTRA. ¡Y más que eso! Yo era muy pequeña, ¿sabe? Llevaba trencitas a la espalda e incluso con el vestidito corto —así era de pequeña— y me lo encontraba a él delante del portón de la escuela cada vez que salía. Venía a ver cómo crecía.

EL PADRE. ¡Eso es una calumnia! ¡Infame!

LA HIJASTRA. ¿Seguro? ¿Por qué?

EL PADRE. ¡Infame! ¡Infame! (De inmediato se dirigirá al DIRECTOR explicando con vehemencia.) Mi casa, señor, una vez que se fue ella (señalará a la MADRE), me pareció espantosamente vacía. Era una pesadilla. ¡Ella al menos la llenaba! Una vez que estuve solo, me encontré en casa desorientado. Ése (señalará al HlJO), criado lejos de mí, no sé, cuando volvió a casa ya no parecía mi hijo. Ausente entre él y yo la Madre, creció a solas, por su cuenta, sin ninguna relación afectiva ni espiritual conmigo. Y ahora —es extraño, señor, pero es así—, me dio curiosidad por esa familia que se formó por mi culpa. Pensar en esa familia llenó el vacío en el que vivía. Tenía necesidad, verdadera necesidad de saberla en paz, toda entregada a los detalles más sencillos de la vida, y afortunada al estar alejada de los complicados tormentos de mi espíritu. Y para constatarlo, iba a ver a esa niña a la salida de su escuela.

LA HIJASTRA. ¡Seguro! Me seguía por la calle, me sonreía y se despedía con un saludo de mano cuando llegaba a mi casa, así. No le quitaba los ojos de encima, enojada como estaba. ¡No sabía quién era! Se lo dije a mamá. Y ella supo de inmediato de quién se trataba. (La MADRE asentirá con un movimiento de cabeza.) Desde un principio no quiso mandarme más a la escuela, al menos varios días. Cuando volví, lo encontré de nuevo a la salida, ¡ridículo! con un paquete en las manos. Se me acercó, me acarició, y extrajo de aquel paquete un bello y enorme sombrero florentino, de paja, con una guirnalda de florecitas primaverales. ¡Era para mí!

EL DIRECTOR. ¡Pero todo esto no es más que un cuento, señores!

EL HlJO. (Despectivo.) Por supuesto, ¡literatura y más literatura!

EL PADRE. ¿Cómo que literatura? ¡Esto es pura vida, señor! ¡Pasiones!

EL DIRECTOR. No lo dudo. ¡Pero es irrepresentable!

EL PADRE. Desde luego, señor. Todo esto es una presuposición. No digo que necesariamente haya que escenificarlo. Como ve, de hecho, ella (señalará a la HIJASTRA) no es más esa niñita de las trencitas.

LA HIJASTRA. ¡Y con el vestidito corto!

EL PADRE. El drama viene ahora, señor. Nuevo y complicado.

LA HIJASTRA. (Sombría, feroz, dando un paso adelante.) Apenas muerto mi Padre.

EL PADRE. (Rápido, para no dejarla hablar.) ¡La miseria, señor! Volvieron a ella, sin yo saberlo. Por las tonterías de ella. (Señalará a la MADRE) Apenas sabe escribir, ¡pero podía escribirme a través de la hija o de ese muchacho que estaban pasando necesidades!

LA MADRE. Dígame usted, señor, si yo hubiera podido adivinar que él tenía esos sentimientos.

EL PADRE. Justamente ése es tu error. ¡No haber adivinado nunca ninguno de mis sentimientos!

LA MADRE. Después de tantos años de alejamiento y de todo lo que había ocurrido...

EL PADRE. ¿Es culpa mía, entonces, si aquel buen hombre se los llevó? (Dirigiéndose al DIRECTOR) Ya le digo, fue de un día al otro... porque había encontrado en otro sitio un trabajo. No me fue posible seguirles el rastro, y entonces, por fuerza, se apagó mi interés, durante tantos años. El drama quema, señor, imprevisto y violento, a su regreso; además, que yo, lamentablemente, arrastrado por las limitaciones de la carne que todavía vive... ¡Ah! Miseria, de verdad que es miseria la de un hombre solo que nunca quiso ataduras que lo envilezcan. ¡No tan viejo como para prescindir de una mujer, pero tampoco tan joven como para ir fácilmente y sin vergüenza a la busca! ¿Miseria? Pero ¡qué digo! Es un horror, un horror porque ninguna mujer le dará amor. Y cuando se comprende esto, uno debería desistir... Bueno, señor, cualquiera se viste de dignidad frente a los demás, en lo exterior, pero dentro de sí sabe todo lo que hay de inconfesable en su intimidad. Se cae, se cae en la tentación, para luego erguirse rápidamente, quizá con un poco de prisa, para restituir entera y sólida, como una lápida sobre la tumba, nuestra dignidad, para ocultar y sepultar a nuestros propios ojos cualquier rastro y el recuerdo mismo de la vergüenza. ¡Y así somos todos! ¡Únicamente falta el coraje para decir estas cosas!

LA HIJASTRA. ¡Porque eso, de hacerlo, a fin de cuentas, lo hacen!

EL PADRE. ¡Todos lo hacen! ¡Pero a escondidas! ¡Y por eso se necesita coraje para decirlo! Porque basta con que uno sólo lo diga, y ya está hecho. ¡Le dirán que es un cínico! Y no es verdad, señor. Es como todos los demás. Incluso mejor. Es mejor porque no tiene miedo a descubrir, con la luz de la inteligencia, el rubor de la vergüenza. Descubrirla allí, en su humana bestialidad, frente a la que cierra siempre los ojos para no verla. La mujer, ahí está, la mujer, de hecho, ¿cómo es? Nos mira, insinuante, coqueta. Atrápela y, apenas la estreche en sus brazos, cerrará los ojos rápidamente. Es la señal de su rendición voluntaria. La señal con la que dice al hombre: «¡Enceguece, que yo ya estoy ciega!»

LA HIJASTRA. ¿Y cuando no los quiere cerrar más? ¿Cuándo no siente ya la necesidad de esconderse a sí misma, cerrando los ojos, el rubor de su vergüenza, y en cambio mira con los ojos áridos e impasibles el rubor del hombre que, incluso sin amor, ha enceguecido? ¡Qué asco me dan todas estas complicaciones intelectuales, esta filosofía que descubre la bestia y luego la salva y la justifica... ¡No puedo escucharlo más, señor! Porque cuando se reduce la vida a una «simplificación» así, bestial, dejando a un lado el compromiso «humano» de cada aspiración pura, de cada sentimiento puro, de ideales y deberes, del pudor y la vergüenza, nada es más repugnante y despreciable que ciertos remordimientos. ¡Lágrimas de cocodrilo!

EL DIRECTOR. ¡Vayamos al hecho! ¡Vayamos al hecho, señores! ¡Esto no son más que rodeos!

EL PADRE. ¡De acuerdo, señor! Pero recuerdo que un hecho es como un saco: si está vacío no se sostiene. Para que se mantenga en pie, primero es necesario que entren las razones y los sentimientos que lo han determinado. Yo no podía saber que, muerto allá aquel hombre y ellos de regreso en la miseria, para alimentar a sus hijitos, ella (señalará a la MADRE) haya ido a trabajar de modista, y que precisamente fuera de esa... ¡de esa Madama Paz!

LA HIJASTRA. ¡Modista fina, si los señores necesitan saberlo! Servía aparentemente a las mejores señoras, pero estaba todo dispuesto para que luego estas señoras la sirvieran a ella... sin prejuicio de las otras, no tan dignas.

LA MADRE. Debe creerme, señor, si le digo que no me pasó ni remotamente por la cabeza que esa víbora me daba trabajo porque tenía puesto el ojo en mi hija...

LA HIJASTRA. ¡Pobre mamá! ¿Sabe, señor, qué cosa hacía esa mujer cuando le llevaba los trabajos de mamá? Decía que mi madre desperdiciaba la tela que le daba para coser, e iba restando y restando. Así que, como comprenderá, terminaba pagando yo, mientras que la pobre de mamá creía sacrificarse por mí, y por esos dos, cosiendo hasta la noche los encargos de Madama Paz. (Movimientos y exclamaciones de indignación de los ACTORES)

EL DIRECTOR. (Rápido.) Y allá encontró usted a...

LA HIJASTRA. (Señalando al PADRE.) ¡A él, a él, sí señor! ¡Un viejo cliente! ¡Mire qué escena para representar! ¡Magnífica!

EL PADRE. Con la aparición de ella, de la Madre.

LA HIJASTRA. (Rápido, con maldad.) ¡Casi a tiempo!

EL PADRE. (Gritando.) ¡No! ¡Fue justo a tiempo! ¡Porque por suerte la reconocí a tiempo! ¡Y me los llevé a todos a casa, señor! Usted se imagina ahora mi situación y la de ella, uno frente al otro. Ella, así como la ve, y yo que no puedo mirarla a los ojos.

LA HIJASTRA. ¡Ridículo! ¿Es posible, señor, pretender que yo, después de «eso», me comporte como una señorita modesta, bien criada y virtuosa, de acuerdo con sus malditas aspiraciones a una «sólida salud moral»?

EL PADRE. Aquí radica todo mi drama, señor: en la conciencia que tengo. Cualquiera de nosotros, como verá, se cree «único», pero eso no es cierto. Somos «muchos», señor. «Muchos» según las posibilidades de ser que tenemos en nosotros: «uno» con éste, «uno» con aquél. ¡Muy diversos! Y con la ilusión, mientras tanto, de ser siempre «el mismo para todos», y siempre el mismo para cada uno en todos nuestros actos. ¡Y eso no es verdad! ¡No es verdad! Sabemos muy bien que en cualquiera de nuestros actos, por alguna circunstancia desafortunada, nos quedamos sorprendidos y como en suspenso. ¡Y es que nos percatamos de no estar completos en ese acto, y que por lo tanto es una injusticia que se nos juzgue sólo por ese acto, que nuestra vida quede reducida a ese acto, como si nada más se debiera a él! ¿Comprende ahora la malicia de esta chica? Me ha sorprendido en un lugar, en un acto, en el cual y por el cual no debía conocerme, como yo no debía presentarme a ella, y por eso me quiere atribuir una realidad que nunca hubiera querido representar para ella. ¡Todo por culpa de un momento fugaz y vergonzoso de mi vida! Esto, señor, esto es lo que más lamento. Y por esto mismo se puede dar cuenta de que el drama adquiere un gran valor. ¡Pero luego también está la situación de los demás! La suya... (Señalará al HlJO.)

EL HlJO. (Alzando los hombros desdeñosamente.) ¡A mí déjame en paz! ¡Yo no tengo nada que ver!

EL PADRE. ¿Cómo que no?

EL HlJO. ¡No tengo nada que ver ni quiero tenerlo! ¡Sabes muy bien que no he sido creado para figurar en medio de ustedes!

LA HIJASTRA. ¡Nosotros, vulgares! ¡El, muy fino! Pero dése cuenta, señor. Cada vez que lo miro para mostrarle mi desprecio, él baja los ojos, y eso es porque sabe el mal que me ha hecho.

EL HIJO. (Casi sin mirarla.) ¡Yo!

LA HIJASTRA. ¡Sí, tú! ¡Tú! ¡Por ti me quedé en la calle! ¡Por ti! (Reacción de espanto entre los ACTORES) ¿Dime si con tu desdén no hiciste imposible, no digo ya la intimidad de la casa, sino la discreción que hace sentir menos incómodos a los que son recogidos? ¡Fuimos los intrusos que venían a invadir el reino de tu «legitimidad»! Si usted hubiera visto, señor, ciertas escenitas entre nosotros dos. Dice que yo los he tiranizado a todos. ¿Se da cuenta? Ha sido precisamente por su desdén por el que me tuve que valer de esa razón que él llama «vil»; la misma razón por la cual entré en su casa como lo había hecho mi madre —que también es su madre—, como si yo fuera la dueña.

EL HIJO. (Avanzando lentamente.) Todos hacen un buen juego, señor, el fácil papel de estar contra mí. Pero usted se imagina a un hijo que, tranquilo en casa, le toca ver llegar a una señorita altiva, con la mirada petulante, que pregunta por su padre y a quien tiene que decirle no sé que cosa, para luego verla regresar acompañada de esa pequeñita de allá, y finalmente verla pedir dinero al padre —quién sabe porqué— de un modo ambiguo y «apremiante», con un tono que sobreentiende que debe dárselo, porque tiene toda la obligación de hacerlo.

EL PADRE. ¡Pero de verdad que tenía la obligación! ¡Por tu madre!

EL HIJO. ¡Y yo qué sé de todo eso! ¿Cuándo he visto a esa mujer, señor? ¿Cuándo he escuchado hablar de ella? Hasta que un día la veo aparecer con ella (señalará a la HIJASTRA) con ese muchacho, con esa niña, y me dicen: «¿Lo sabes? ¡Ella también es tu madre!» Me doy cuenta por sus maneras (señalará de nuevo a la HlJASTRA) del motivo por el cual han entrado en casa de un día para el otro... Lo que experimento y siento, señor, no puedo y no quiero expresarlo. Quizá pueda confesarlo, pero no lo quiero hacer ni conmigo mismo. Por eso no puede haber ninguna posibilidad, como ve, de que yo participe en modo alguno. ¡Créame, señor, que yo soy un personaje no «acabado» dramáticamente hablando, y que me siento mal, pésimo, en compañía de ellos! ¡Déjenme en paz!

EL PADRE. ¿Qué dices? Si precisamente porque tú eres así...

EL HlJO. (Violentamente exasperado.) ¡Y tú qué sabes cómo soy! ¿Cuándo te preocupaste por mí?

EL PADRE. ¡Está bien, está bien! Pero ¿no es ésta también una situación dramática? Este alejamiento tuyo, tan cruel conmigo como con tu madre, que, apenas de regreso a casa, te ve casi por primera vez así de grande y no te reconoce, pero sabe que eres su hijo... (Señalará la MADRE al DIRECTOR) ¡Ahí lo tiene, mírela! ¡Está llorando!

LA HIJASTRA. (Rabiosa, dando un golpe en el suelo con el pie.) ¡Cómo una estúpida!

EL PADRE. (Señalándola rápidamente.) ¡Y ella no puede soportarlo! (Volverá a referirse al HlJO.) Dice que no quiere tener nada que ver en el asunto, ¡si es él el centro de la acción! Mire a ese muchacho, que siempre está apegado a la madre, temeroso, humillado... ¡Es así por culpa de él! Quizá la situación más triste sea la de él. Se siente extraño más que los demás. Y vive, pobrecito, una angustiosa mortificación al haber sido acogido en casa como si recibiera caridad. (Aparte, discretamente.) ¡Se parece al padre! Es humilde, no habla...

EL DIRECTOR. ¡No crea que vale la pena! No imagina los problemas que dan los niños en el escenario.

EL PADRE. ¡Él no le dará molestias! Y también la niña, que incluso será la primera en irse...

EL DIRECTOR. ¡Perfecto! Y le aseguro que todo esto me interesa, me interesa mucho. ¡Intuyo que hay materia para hacer un excelente drama!

LA HIJASTRA. (Intentando entrometerse.) ¡Y con un personaje como yo!

EL PADRE. (Apartándola, ansioso por lo que decidirá el DIRECTOR) ¡Cállate!

EL DIRECTOR. (Prosiguiendo su discurso, sin hacer caso de la interrupción.) Una materia nueva, sí...

EL PADRE. ¡Novedosa! ¿Verdad?

EL DIRECTOR. Se necesita mucho coraje de todas maneras, como para venir y soltarlo así...

EL PADRE. Usted comprenderá, señor, nacidos para la escena...

EL DIRECTOR. ¿Son cómicos aficionados?

EL PADRE. No, en absoluto. Digo nacidos para la escena porque...

EL DIRECTOR. ¡No le creo! ¡Usted tiene que haber interpretado antes!

EL PADRE. Pues no, señor. Cada uno interpreta el papel que se ha asignado a sí mismo, o que los demás le han asignado en la vida. En mí es la misma pasión que se vuelve siempre un poco teatral apenas se exalta, como a todos...

EL DIRECTOR. ¡Olvidémoslo!... Pero debe comprender, estimado señor, que sin autor... Yo podría recomendarle alguno...

EL PADRE. No, no... ¡Sea usted el autor!

EL DIRECTOR. ¿Yo? ¿Qué dice?

EL PADRE. ¡Sí, usted! ¡Usted mismo! ¿Por qué no?

EL DIRECTOR. ¡Porque nunca he sido un autor!

EL PADRE. Disculpe, ¿pero no podría serlo ahora? No se necesita nada especial. Mucha gente lo hace. Su trabajo tiene la ventaja de que ya estamos todos aquí, vivos delante de usted.

EL DIRECTOR. ¡Pero eso no basta!

EL PADRE. ¿Cómo que no basta? Viéndonos vivir nuestro drama...

EL DIRECTOR. Sí, sí, pero se necesita alguien que lo escriba.

EL PADRE. Será que lo transcriba, porque lo tiene delante de usted, en vivo, escena por escena. Para comenzar apenas bastará un borrador y ensayar.

EL DIRECTOR. (Volviendo a subir, tentado, al escenario.) Bueno... casi casi me está tentando... Así, por jugar... Se podría probar...

EL PADRE. ¡Pues claro, señor! ¡Ya verá qué escenas! ¡Se las puedo sugerir de inmediato!

EL DIRECTOR. Me tienta... Me tienta. Hagamos una prueba... Venga conmigo a mi camerino. (Dirigiéndose a los ACTORES.) Descansen un rato, pero no se alejen mucho. En un cuarto de hora o veinte minutos, estaremos de nuevo aquí. (Al PADRE) Veamos, probemos... Puede ser que salga algo verdaderamente extraordinario...

EL PADRE. ¡Sin duda! Pero, ¿no cree que sería bueno que ellos vinieran también? (Señalará a los otros PERSONAJES)

EL DIRECTOR. ¡Que vengan, que vengan! (Comenzará a salir pero antes se dirigirá a los ACTORES.) ¡Sean puntuales, eh! En un cuarto de hora.

El DIRECTOR y los SEIS PERSONAJES cruzarán el escenario y desaparecerán. Los ACTORES se quedarán, como perplejos, mirándose entre sí.

EL PRIMER ACTOR. ¿Estaba hablando en serio? ¿Que irá a hacer ahora?

EL ACTOR JOVEN. ¡Eso es locura pura y dura!

UN TERCER ACTOR. ¿Querrá que improvisemos un drama, de buenas a primeras?

EL ACTOR JOVEN. ¡Eso mismo! ¡Cómo improvisadores de la Comedia del Arte!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Ah, no! ¡Si cree que yo me voy a prestar a bromas de ese tipo!...

LA ACTRIZ JOVEN. ¡Yo tampoco!

UN CUARTO ACTOR. Lo que quisiera es saber quiénes son esos. (Aludirá a los PERSONAJES.)

EL TERCER ACTOR. ¿Quiénes quieres que sean? ¡Locos o estafadores!

EL ACTOR JOVEN. ¿Y el Director se presta para escucharlos?

LA ACTRIZ JOVEN. ¡La vanidad! Es la vanidad de convertirse en autor...

EL PRIMER ACTOR. ¡Sorprendente! Si el teatro, señores, si el teatro termina reduciéndose a esto...

UN QUINTO ACTOR. ¡A mí me divierte!

EL TERCER ACTOR. ¡En fin! Ya veremos qué ocurre con todo esto.

Conversando así entre ellos, los ACTORES abandonarán el escenario, algunos saliendo por la puertecita del fondo, algunos regresando a sus camerinos. El telón quedará levantado. La representación se interrumpirá durante veinte minutos.



El timbre avisará que continúa la representación.

De los camerinos, por la puerta y también de la sala, volverán al escenario los ACTORES, el DIRECTOR DE ESCENA, el TRAMOYISTA, el APUNTADOR, el GUARDARROPA. Al mismo tiempo, vendrá del camerino el DIRECTOR con los SEIS PERSONAJES.

Se apagarán las luces de la sala y el escenario volverá a iluminarse como antes.

EL DIRECTOR. ¡Vamos, vamos, señores! ¿Están todos? Atención, atención. ¡Comenzamos!... ¡Tramoyista!

EL TRAMOYISTA. ¡Aquí estoy!

EL DIRECTOR. Arregle rápido la escena de la salita. Bastarán dos bastidores y un telón con la puerta. ¡Rápido, por favor!

El TRAMOYISTA correrá deprisa a hacerlo, mientras el DIRECTOR se las arreglará con el DIRECTOR DE ESCENA, el GUARDARROPA, el APUNTADOR y los ACTORES para la representación inmediata, y dispondrá ese simulacro de la escena indicada: dos bastidores y un telón con la puerta, con listones rojos y dorados.

EL DIRECTOR. (Al GUARDARROPA) Mire si tenemos una meridiana en el almacén.

EL GUARDARROPA. Sí, señor. La verde.

LA HIJASTRA. ¿Verde? Era amarilla, floreada, de felpa y muy grande, comodísima.

EL GUARDARROPA. Eso no lo tenemos.

EL DIRECTOR. No importa. Traiga la que haya.

LA HIJASTRA. ¿Cómo que no importa? ¡Si es la famosa meridiana de Madama Paz!

EL DIRECTOR. ¡Es sólo para el ensayo! Le ruego que no se entrometa. (Al DIRECTOR DE ESCENA) Mire si hay una vitrina alargada y baja.

LA HIJASTRA. ¡La mesita, la mesita de caoba para el sobre azulado!

EL DIRECTOR DE ESCENA. (Al DIRECTOR) Tenemos uno pequeño, dorado.

EL DIRECTOR. Está bien. ¡Traiga ése!

EL PADRE. Un tocador.

LA HIJASTRA. ¡Y el biombo! Un biombo, por favor. De lo contrario, ¿cómo lo haré?

EL DIRECTOR DE ESCENA. Sí, señora. Tenemos muchos biombos, no se preocupe.

EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) Y algunos percheros, ¿verdad?

LA HIJASTRA. ¡Sí, muchos, muchos!

EL DIRECTOR. (Al DIRECTOR DE ESCENA) Mire cuántos hay y que los traigan.

EL DIRECTOR DE ESCENA. ¡Yo me encargo!

El DIRECTOR DE ESCENA también correrá por lo suyo. Mientras, el DIRECTOR seguirá hablando con el APUNTADOR y luego con los PERSONAJES y los ACTORES; el DIRECTOR DE ESCENA hará que lleven los muebles solicitados por los AYUDANTES DE ESCENA y las dispondrá como crea oportunos.

EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) Usted, en tanto, coja su sitio. Tenga, éste es el borrador de las escenas, acto por acto. (Le dará varias cuartillas.) Pero ahora es necesario que nos haga un favor.

EL APUNTADOR. ¿Taquigrafiar?

EL DIRECTOR. (Alegremente sorprendido.) ¡No me diga! ¿Sabe taquigrafiar?

EL APUNTADOR. Puede que no sea un buen apuntador, pero la taquigrafía...

EL DIRECTOR. ¡Mejor que mejor! (Dirigiéndose a uno de los AYUDANTES DE ESCENA) Vaya a mi camerino y coja todo el papel que encuentre. Cuanto más, mejor.

El AYUDANTE DE ESCENA saldrá corriendo y poco después volverá con una muy buena cantidad de papeles, que le entregará al APUNTADOR.

EL DIRECTOR. (Al APUNTADOR) Siga las escenas a medida que se vayan representando y trate de anotar los diálogos, al menos los más importantes. (Luego, dirigiéndose a los ACTORES) ¡Despejen, señores! Eso, colóquense de este lado (señalará a su izquierda) ¡y presten mucha atención!

LA PRIMERA ACTRIZ. Disculpe, pero nosotros...

EL DIRECTOR. (Previniéndola.) ¡Quédese tranquila! ¡No tendrán que improvisar!

EL PRIMER ACTOR. ¿Qué tenemos que hacer?

EL DIRECTOR. ¡Nada! Por ahora sólo quédense mirando y escuchando. Después cada uno tendrá su parte debidamente escrita. Ahora haremos un ensayo, como salga. ¡Lo harán ellos! (Señalará a los PERSONAJES)

EL PADRE. (Como sorprendido en medio de la confusión del escenario.) ¿Nosotros? ¿Cómo es eso de un ensayo?

EL DIRECTOR. Un ensayo. ¡Un ensayo para ellos! (Señalará a los actores)

EL PADRE. Pero si los personajes somos nosotros...

EL DIRECTOR. Está bien, ustedes son «los personajes» Pero aquí, estimado amigo, no actúan los personajes. Aquí actúan los actores. Los personajes están allí, en el guión (señalará al foso del APUNTADOR), ¡cuando haya un guión!

EL PADRE. ¡Por eso mismo! Ya que no lo hay y tienen la suerte de tener vivos a los personajes delante de ustedes...

EL DIRECTOR. ¡Genial! ¿Quieren entonces hacerlo todo ustedes? ¿Actuar y presentarse por sí solos delante del público?

EL PADRE. Claro, tal y como somos.

EL DIRECTOR, ¡Ah! ¡Le aseguro que harían un bonito espectáculo!

EL PRIMER ACTOR. ¿Entonces qué estamos haciendo nosotros aquí?

EL DIRECTOR. ¡No imaginarán acaso que ustedes van a representar los papeles! Si ustedes dan risa... (Los ACTORES, en efecto, reirán.) ¡Ahí lo tiene, mire, se ríen! (Recordando.) ¡A propósito! Será necesario asignar los papeles. Es fácil. Ya están asignados por sí mismos (a la SEGUNDA ACTRIZ): Usted, señora, será la Madre. (Al PADRE) Habrá que darle un nombre.

EL PADRE. Amalia, señor.

EL DIRECTOR. Pero es el nombre de su esposa. ¡No querrá que la llamen con su verdadero nombre!

EL PADRE. ¿Y por qué no? Se llama así. Aunque, claro, si tiene que representarlo la señora... (Apenas señalará con la mano a la SEGUNDA ACTRIZ) Yo la miro a ella (señalará a la MADRE) como Amalia, señor. Pero haga usted lo que... (Se turbará cada vez más.) No sé qué decirle... Empiezo... No lo sé, empiezo a sentir falsas mis propias palabras, con otro sonido.

EL DIRECTOR. ¡No se preocupe por eso! Ya nos encargaremos nosotros de dar con el tono adecuado. Y si es por el nombre, si usted quiere «Amalia», será entonces Amalia, o buscaremos otro. Por ahora designaremos a los personajes de esta manera (al ACTOR JOVEN): usted, el Hijo; (a la PRIMERA ACTRIZ) usted, la señorita. La Hijastra, se supone.

LA HIJASTRA. (Risueña.) ¿Qué cosa? ¿Yo, ésa? (Estallará en risas.)

EL DIRECTOR. (Furibundo.) ¿Qué le da tanta risa?

LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada.) ¡Ninguna ha osado jamás reírse de mí! ¡O se me respeta o me voy!

LA HIJASTRA. No me interprete mal. No me río de usted.

EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) Tendría que sentirse honrada por ser representada por...

LA PRIMERA ACTRIZ. (Rápida, con desdén.) «¡Ésa!»

LA HIJASTRA. Pero si no lo decía por usted, créame. Lo decía por mí, que no me reconozco en usted. No lo sé, es que... ¡no se parece a mí en nada!

EL PADRE. ¡Eso es! Mire, señor. Nuestra expresión...

EL DIRECTOR. ¿Pero qué expresión? ¿Creen tenerla ya en ustedes? ¡En absoluto!

EL PADRE. ¿Cómo? ¿No tenemos expresión propia?

EL DIRECTOR. ¡En absoluto! Su expresión se convierte en materia aquí, gracias a que le dan cuerpo y figura, voz y gesto los actores, quienes —por su destreza— han sabido expresar materias más altas incluso. Por más que sea pequeña su expresión, se sostendrá en la escena, créame, gracias al mérito exclusivo de mis actores.

EL PADRE. No me atrevo a contradecirlo, señor. Pero de verdad que es indignante para nosotros que se nos vea así, con estos cuerpos y figuras...

EL DIRECTOR. (Cortándolo, impaciente.) Eso se corrige con maquillaje, estimado amigo, con maquillaje, en lo que toca a la figura.

EL PADRE. Sí, pero la voz y el gesto...

EL DIRECTOR. ¡Seré sincero! ¡Usted, tal como es, imposible! ¡Aquí tenemos al actor que lo representa y punto!

EL PADRE. Comprendo, señor. Pero quizá ahora sospecho también por qué nuestro autor, que nos vio vivos así, no quiso adecuarnos para la escena. No quiero ofender a sus actores. ¡Dios me libre! Pero pienso que verme representado... no sé por quién...

EL PRIMER ACTOR. (Con altivez, levantándose y aproximándose hacia él, seguido por las jóvenes actrices, que reirán.) Por mí, si no le disgusta.

EL PADRE. (Humilde y melifluo.) Es un honor, señor. (Se inclinará.) Pero creo que por más que el señor esté dispuesto a representarme con toda su voluntad y su arte... (Se turbará.)

EL PRIMER ACTOR. Concluya, concluya... (Risas de los ACTORES)

EL PADRE. Decía, la representación que hará, incluso forzando el parecido gracias al maquillaje, digo más bien... con su estatura... (todos los ACTORES reirán) difícilmente podrá hacer una representación sobre mí, tal como yo soy en realidad. A lo sumo será..., aparte de la figura, será como usted me represente, como usted me sienta —si llega a sentirme— y no como yo me siento por dentro. Y me parece que quien venga a juzgarnos debería tener esto en cuenta.

EL DIRECTOR. ¿Está pensando ahora en los juicios de la crítica? ¡Y yo que le hago caso! Deje que la crítica diga lo que quiera. Nosotros vamos a montar la comedia, ¡si es posible! (Apartándose y mirando a su alrededor:) ¡Vamos, vamos! ¿Ya está lista la escena? (A los ACTORES y los PERSONAJES.) ¡Muévanse, muévanse de aquí! Necesito ver bien. (Bajará del escenario.) ¡No perdamos más tiempo! (A la HIJASTRA) ¿Le parece que está bien así la escena?

LA HIJASTRA. Yo, la verdad, no me siento identificada.

EL DIRECTOR. ¡Seguimos con lo mismo! ¡No querrá que reconstruya exactamente la trastienda de Madama Paz! (Al PADRE) ¿Me dijo un tapizado floreado?

EL PADRE. Sí, señor. Y blanco.

EL DIRECTOR. No es blanco, sino con listones. ¡Pero eso importa poco! En lo que toca a los muebles, mal que bien, parece que estamos listos. Esa mesita, tráiganla un poco más hacia delante. (Los AYUDANTES DE ESCENA lo harán de inmediato. Al GUARDARROPA) Usted, mientras tanto, consíganos un sobre, posiblemente azulado, y entrégueselo al señor. (Señalará al PADRE.)

EL GUARDARROPA. ¿Sobre de correspondencia?

EL DIRECTOR Y EL PADRE. Sí, sí. . .

EL GUARDARROPA. ¡Ahora mismo! (Saldrá.)

EL DIRECTOR. ¡Vamos, vamos! La primera escena es de la señorita. (La primera actriz se acercará.) ¡Usted espere! Me refería a la señorita. (Señalará a la HIJASTRA.) Usted se limitará a observar...

LA HIJASTRA. (Acotando rápidamente.) ... ¡cómo la vivo yo!

LA PRIMERA ACTRIZ. (Resentida.) ¡Yo también sabré vivirla, no lo dude, apenas empiece a actuar!

EL DIRECTOR. (Con las manos en la cabeza.) ¡Basta de discusiones! Por lo tanto, la primera escena es de la señorita con Madama Paz. ¡Oh! (Se turbará, mirando a su alrededor y volviendo a subir al escenario.) ¿Y la tal Madama Paz?

EL PADRE. No ha venido con nosotros, señor.

EL DIRECTOR. Y ahora, ¿qué hacemos?

EL PADRE. ¡Pero ella también vive!

EL DIRECTOR. De acuerdo... Pero, ¿dónde vive?

EL PADRE. Yo me encargo. (Dirigiéndose a las actrices) Si ustedes quisieran tener la amabilidad de darme por un momento sus sombreros.

LAS ACTRICES. (Un poco sorprendidas, riéndose en coro.) —¿Cómo?

—¿Los sombreros?

—¿Pero qué dice?

—¿Para qué?

—¡Míralo!

EL DIRECTOR. ¿Qué quiere hacer con los sombreros de las señoras?

Los ACTORES reirán.

EL PADRE. Nada, nada. Solamente colocarlos un momento en estos percheros. Además, alguna debería ser tan amable como para darme su abrigo.

LOS ACTORES: —¿También el abrigo?

—¿Y después?

—¡Tiene que estar loco!

ALGUNA DE LAS ACTRICES. —¿Por qué?

—¿Sólo el abrigo?

EL PADRE. Para colgarlo sólo un momento... Háganme el favor. ¿Pueden?,

LAS ACTRICES. (Quitándose los sombreros, y algunas de ellas los abrigos, seguirán riendo y acercándose por aquí y por allá a los percheros.) —¿Y por qué no?

—¡Aquí está!

—¡Esto es una auténtica broma!

—¿Quiere hacer una exposición?

EL PADRE. Eso es, señora. Así, expuestos.

EL DIRECTOR. ¿Se puede saber para qué?

EL PADRE. Ya lo verá, señor. Porque, a lo mejor, preparando mejor la escena, adaptada con los mismos objetos de su negocio, es posible que aparezca entre nosotros... (Invitando a mirar hacia la puerta del fondo del escenario.) ¡Miren! ¡Miren!

La puerta del fondo se abrirá y MADAMA PAZ se aproximará. Es una vieja enorme, con una pomposa peluca de lana color zanahoria y una flamante rosa española a un costado; toda pintada, vestida con la elegancia vulgar de un vestido de seda rojo muy chillón, con un abanico de plumas en una mano mientras en la otra sostiene entre dos dedos un cigarrillo encendido. Apenas aparece, los ACTORES y el DIRECTOR darán un grito de espanto y se irán del escenario, abalanzándose hacia las escalerillas, huyendo por el corredor. La HIJASTRA, en cambio, irá apresurada, humilde, hacia MADAMA PAZ, como si ella fuera su tutora.

LA HIJASTRA. (Acercándose.) ¡Aquí está! ¡Aquí está!

EL PADRE. (Animado.) ¡Es ella! ¿No lo dije? ¡Aquí está!

EL DIRECTOR. (Superando el primer impacto, indignado.) ¿Qué trucos son estos?

EL PRIMER ACTOR. (Casi al mismo tiempo.) ¿En dónde estamos, mejor dicho?

EL ACTOR JOVEN. ¿De dónde salió ésa?

LA ACTRIZ JOVEN. ¡Se la estaban guardando!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Éstos son juegos de magia!

EL PADRE. (Apaciguando las protestas.) ¡Disculpen! Pero, ¿por qué quiere dañar en nombre de una verdad vulgar este prodigio de una realidad que nace evocada, atraída y formada por la misma escena, y que tiene más derecho a vivir aquí que ustedes mismos, ya que es más verdadera que ustedes? ¿Cuál de las actrices podrá hacer el papel de Madama Paz? Pues bien: ¡Madama Paz es ella! Concederán al menos que la actriz que la represente será siempre menos auténtica, pues se trata de ella misma en persona. ¡Miren: mi hija la ha reconocido y de inmediato se le ha acercado! ¡Quédense, quédense a ver la escena!



Titubeando, el DIRECTOR y los ACTORES volverán a subir al escenario. Pero ya la escena entre la HIJASTRA y MADAMA PAZ, durante la protesta de los ACTORES y la respuesta del PADRE, habrá empezado, susurrada, muy despacio, sobre todo espontáneamente, como no sería posible lograrla sobre ningún escenario. De manera que, cuando a los ACTORES les haya llamado la atención el PADRE, se volverán a mirar y verán a MADAMA PAZ, que ya habrá tomado del mentón a la HIJASTRA para levantar su rostro, escuchándola hablar en un modo incomprensible, y se quedarán por un momento alertas. Luego, casi de inmediato, quedarán decepcionados.



EL DIRECTOR. ¿Y bien?

EL PRIMER ACTOR. Pero, ¿qué dice?

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Así no se escucha nada!

EL ACTOR JOVEN. ¡Más alto! ¡Más alto!

LA HIJASTRA. (Dejando por un momento a MADAMA PAZ, que sonreirá con una sonrisa inigualable, se acercará al grupo de ACTORES) «Más alto» ¡Cómo no! ¿Qué tanto más alto? ¡No son cosas que se puedan decir en voz alta! Yo las he podido decir en alto para avergonzarlo (señalará al PADRE), ¡y también para vengarme! Pero para Madama Paz significa otra cosa: ¡la cárcel!

EL DIRECTOR. ¡Ah, preciosa! ¡Sólo eso nos faltaba! ¡Aquí es necesario escuchar lo que se dice! ¡Ni siquiera nosotros podemos escucharla y estamos en el escenario! ¡Imagínense cuando esté el público en el teatro! Hay que hacer bien la escena. Y por otra parte pueden hablar en voz alta sin ningún problema, porque no estaremos aquí en el escenario, como ahora, escuchando. Imaginen que están solas en una habitación, en la trastienda, y que nadie las escucha.



La HIJASTRA, con cierta gracia, sonriendo maliciosamente, hará muchas veces con el dedo un gesto negativo.

EL DIRECTOR. ¿Cómo que no?

LA HIJASTRA. (Susurrando misteriosamente.) Hay alguien que puede escucharnos, señor, si ella (señalará a MADAMA PAZ) hablara fuerte.

EL DIRECTOR. (Consternado.) ¿Acaso va a aparecer alguien más?

Los ACTORES se dispondrán a abandonar nuevamente el escenario.

EL PADRE. No, no, señor. Se refiere a mí. Yo debo estar allá, detrás de la puerta, a la espera. Y Madama lo sabe. Más bien, permítanme, me voy de inmediato. (Se dispone a irse.)

EL DIRECTOR. (Deteniéndolo.) ¡No lo haga, espere! ¡Aquí es necesario respetar las exigencias del teatro! Antes de que usted esté listo...

LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) ¡Rápido, rápido! Me muero de ganas, le dije, de vivir, de ver esta escena. Si usted está listo, yo también.

EL DIRECTOR. (Gritando.) Primero es necesario que quede clara la escena entre usted y esa señora. (Señalará a MADAMA PAZ) ¿Lo quiere comprender de una vez?

LA HIJASTRA. ¡Dios mío, señor! Lo que ella me ha dicho usted ya lo sabe: que una vez más el trabajo de mamá está mal hecho, que ha desperdiciado la tela y que es necesario que yo tenga paciencia, si quiero que siga ayudándonos en nuestra miseria.

MADAMA PAZ. (Adelantándose con aire imponente.) Cherto, siñore. Yo non quiero aproffitarmi, sacare ventaka...



EL DIRECTOR. (Casi aterrorizado.) ¿Qué es esto? ¿Así habla?

Todos los ACTORES estallarán en carcajadas.

LA HIJASTRA. (También riéndose.) Sí, señor, habla así, mitad italiano y mitad español, de un modo divertidísimo.

MADAMA PAZ. ¡Non mi pareze de buen gusto que se ridano de mí por fare el esfuerzo de hablare españolo, señor!

EL DIRECTOR. ¡No, en absoluto! ¡Es más! ¡Hable así, hable así, señora! ¡Es todo un efecto! No podría haber mejor manera para romper cómicamente la crueldad de la situación. Hable, hable así. ¡Está muy bien!

LA HIJASTRA. ¡Muy bien! ¿Cómo no? ¡Escuchar cómo le hacen a una ciertas propuestas seguro que impactará, porque casi parece una burla! Es como para reírse escuchar que le digan a uno que hay un «siñor vieco» que quiere «hacerte alguni mimos» ¿No es verdad, Madame Paz?

MADAMA PAZ. Ecco, uno viequito, bella. Pero eso é meglio para ti. Si no te gusta, per lo meno te ayutará.

LA MADRE. (Reapareciendo, entre el estupor y la consternación de los ACTORES, quienes no se habían dado cuenta de ella e intentarán apartarla de madama paz en medio de gritos y risas, porque a esas alturas ya le habrá arrancado la peluca y la habrá tirado al suelo.) ¡Bruja! ¡Bruja asesina! ¡Es mi hija!

LA HIJASTRA. (Acude a contener a la MADRE) ¡No, mamá, no! ¡Por favor!

EL PADRE. (Acudiendo al mismo tiempo.) ¡Tranquila, tranquila! ¡Mejor siéntate!

LA MADRE. ¡Sáquenla de aquí, ahora mismo!

LA HIJASTRA. (Al DIRECTOR, que también ha acudido.) ¡No puede ser, no puede ser que mamá mire todo esto!

EL PADRE. (También dirigiéndose al DIRECTOR) ¡No pueden estar juntas! Por eso es que, cuando llegamos, ésa señora no estaba con nosotros. Si están juntas, es inevitable que todo se precipite.

EL DIRECTOR. ¡No importa! ¡No importa! Por ahora es como un primer bosquejo. Todo sirve para que yo pueda, incluso así, de manera confusa, recoger varios elementos. (Dirigiéndose a la MADRE y haciéndola sentar de nuevo en su sitio.) Vamos, señora. Quédese tranquila y tome asiento de nuevo.

En tanto, la HIJASTRA, colocándose de nuevo en medio de la escena, se dirigirá a MADAMA PAZ.

LA HIJASTRA. Dígame, Madama, dígame. ¿Entonces?

MADAMA PAZ. (Ofendida.) No, no. ¡Gracias muchas! Yo quí no facho piú de nada se tu madre e presente.

LA HIJASTRA. Olvídelo. Haga pasar a ese «siñor vieco» que quiere «hacerme alguni mimos» (Se volverá de manera imperiosa hablando a todos los presentes.) En resumen, ¡hay que hacer esta escena! ¿Qué esperan? ¡Vamos! (A MADAMA PAZ) ¡Usted puede irse!

MADAMA PAZ. Me ne voy, me ne voy, senza problema... (Saldrá furiosa recogiendo la peluca y mirando ferozmente a los ACTORES, quienes aplaudirán con sorna.)

LA HIJASTRA. (Al PADRE.) ¡Y usted haga su entrada! ¡No es necesario que dé la vuelta! ¡Venga aquí! Finja que ha entrado. Eso es: yo me quedo aquí con la cabeza, baja, recatada. ¡Vamos! ¡Hable! Dígame con la voz de un recién llegado, de un extraño: «Buenos días, señorita...».

EL DIRECTOR. (Que ha bajado del escenario.) ¡Faltaba más! En pocas palabras, ¿dirige usted o yo? (Al PADRE que observará en suspenso, perplejo.) Prosiga, sí. Vaya al fondo, sin salir, y regrese hacia delante.

El PADRE, consternado, hará lo que se le indica. Estará muy pálido, pero se investirá de la realidad de su vida creada. Sonreirá una vez colocado al fondo del escenario, como distanciado todavía del drama que estará por abatirse sobre él. Los ACTORES prestarán de inmediato mucha atención a la escena que va a comenzar.

EL DIRECTOR. (Susurrando, con prisa, al APUNTADOR que está en el foso.) ¡Y usted atento, listo para escribir, ahora mismo!



La escena





EL PADRE. (Acercándose con una voz diferente.) Buenos días, señorita.

LA HIJASTRA. (La cabeza gacha, con un reprimido disgusto.) Buenos días.

EL PADRE. (La observará un poco, bajo el sombrerito que casi oculta todo su rostro, e intuyendo que ella es muy joven, exclamará de asombro, un poco por satisfacción pero también por temor a comprometerse en una aventura arriesgada.) Pero... ¿No será ésta la primera vez que... que viene aquí? No, ¿verdad?...

LA HIJASTRA. No, señor.

EL PADRE. ¿Ha venido otras veces? (A lo que la HIJASTRA asentirá con la cabeza.) ¿Más de una vez? (Esperará un poco la respuesta, volverá a espiarla bajo el sombrerito, sonreirá y dirá.) Entonces... No debería sentirse así... ¿Me permite que le quite el sombrerito?

LA HIJASTRA. (Rápido, para prevenirlo, pero conteniendo su disgusto.) No, señor. ¡Yo sola me lo quito! (Lo hará deprisa, turbada.)

La MADRE, presenciando la escena, con el Hijo y con los otros dos pequeños, que permanecerán siempre junto a ella, colocados al lado opuesto de los ACTORES, estará en vilo, con gestos de dolor, desdén, ansiedad y horror por las palabras y los actos del PADRE y la HIJASTRA. También ocultará el rostro, por momentos, o emitirá algún lamento.

LA MADRE. ¡Dios mío! ¡Dios mío!

EL PADRE. (Debido al lamento, se quedará rígido por un momento, pero luego continuará con el tono previo.) Démelo. Lo cuelgo yo. (Le quitará el sombrerito de las manos.) Pero sobre una hermosa cabecita como la suya debería estar un sombrerito más digno de usted. ¿Querrá ayudarme, después, a escogerle alguno entre los que tiene Madama? ¿Sí?

LA ACTRIZ JOVEN. (Interrumpiendo.) ¡Mucho cuidado! ¡Esos sombreros son nuestros!

EL DIRECTOR. (Rápido, enfurecido.) ¡Cállese, por Dios! ¡No se haga la chistosa! ¡Estamos en mitad de la escena! (Dirigiéndose a la HIJASTRA) Continúe, por favor, continúe.

LA HIJASTRA. (Prosiguiendo.) No, gracias, señor.

EL PADRE. ¡Vamos! ¡No me diga que no! Tiene que aceptármelo. Me sentiría apenado... Mire que hay algunos muy bonitos, ¡mire! Y eso alegrará a Madama. ¡Los pone aquí a propósito!

LA HIJASTRA. No, señor. Es que ni siquiera podría llevarlo puesto.

EL PADRE. ¿Acaso lo dice por lo que pensarán cuando la vean volver a casa con un sombrero nuevo? No se preocupe. ¿Sabe qué hacer? ¿Qué debe decir en casa?

LA HIJASTRA. (Arrebatada, sin contenerse.) ¡No es eso, señor! No podría llevarlo, porque soy..., como puede ver..., ¡ya debería haberse percatado! (Le mostrará su luto.)

EL PADRE. ¡Está de luto! Es verdad. Le pido que me disculpe. Me siento avergonzado, disculpe.

LA HIJASTRA. (Armándose de valor incluso para sobreponerse al desdén y la náusea.) ¡Basta, basta, señor! Soy yo la que tiene que agradecérselo, y no usted quien debe mortificarse o sentirse afligido. No haga caso, por favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá... (Se esforzará por sonreír y añadirá.) No debo pensar más en cómo estoy vestida.

EL DIRECTOR. (Interrumpiendo, mirando al APUNTADOR en el foso mientras sube al escenario.) ¡Espere, espere! ¡No escriba más, deténgase en esta última frase! (Dirigiéndose al PADRE y a la HIJASTRA) ¡Muy bien! ¡Muy bien! (Luego únicamente al PADRE.) Usted continuará como hemos acordado. (A los ACTORES.) Maravillosa esta escenita del sombrerito, ¿no les parece?

LA HIJASTRA. ¡Lo mejor está por venir! ¿Por qué no continuamos?

EL DIRECTOR. ¡Tenga un poco de paciencia! (Volviendo a dirigirse a los ACTORES) Hay que tratarla con un poco de ligereza.

EL PRIMER ACTOR. De desenvoltura, de acuerdo...

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡No se necesita nada más! (Al PRIMER ACTOR) Podríamos ensayarla ahora mismo, ¿no?

EL PRIMER ACTOR. ¡Por mí!... Ya está, me preparo para hacer mi entrada. (Saldrá para volver a entrar por la puerta del fondo.)

EL DIRECTOR. (A la primera actriz) Ahora, entonces, fíjese bien. Ya ha terminado la escena entre usted y Madama Paz, que ya me encargaré de escribir. Usted debe quedarse... ¿A dónde va?

LA PRIMERA ACTRIZ. Un segundo, que me pongo el sombrero... (Irá a cogerlo del perchero.)

EL DIRECTOR. ¡De acuerdo, muy bien! Entonces, usted se queda aquí con la cabeza inclinada.

LA HIJASTRA. (Divirtiéndose.) ¡Pero si no está vestida de negro!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡Ya me vestiré de negro, y mucho mejor que usted!

EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA) ¡Le ruego que se calle! ¡Sólo mire! ¡Tiene mucho que aprender! (Dando palmadas.) ¡Adelante, adelante! ¡Haga su entrada! (Y bajará del escenario para tener una mejor imagen de la escena. Se abrirá la puerta del fondo y se acercará el PRIMER ACTOR, con el aire desenvuelto y pícaro de un viejo galante. La representación de la escena, contemplada por los ACTORES, será desde el principio algo completamente diferente a una parodia, sino una copia exacta del drama. Naturalmente, la HIJASTRA y el PADRE no se identificarán ni con la primera actriz ni con el primer actor al escucharlos decir sus mismas palabras. Lo expresarán de varias maneras, bien con gestos, sonrisas, o con protestas explícitas por las impresiones de sorpresa, asombro y sufrimiento, entre otras, que reciben, como se verá a continuación. Se escuchará claramente la voz del APUNTADOR, colocado en el foso).

EL PRIMER ACTOR. «Buenos días, señorita...»

EL PADRE. (De inmediato, sin lograr contenerse.) ¡No y no!

LA HIJASTRA, al ver entrar de esa manera al primer actor, estallará en carcajadas.

EL DIRECTOR. (Enfurecido.) ¡Cállense! ¡Y usted deje de reír de una buena vez! ¡Así no podemos avanzar!

LA HIJASTRA. (Aproximándose al proscenio.) Disculpe, pero es inevitable que me ría, señor. La señorita (señalará a la PRIMERA ACTRIZ) se queda quieta allí donde está. Pero si hubiera sido yo, le puedo asegurar que si alguien me dice «buenos días» de esa manera y con ese tono, me habría dado risa, tal como ha ocurrido.

EL PADRE. (Acercándose también un poco.) ¡Es eso!... El aire, el tono...

EL DIRECTOR. ¡Pero qué aire! ¡Qué tono! ¡Ahora háganse a un lado y déjenme ver el ensayo!

EL PRIMER ACTOR. (Adelantándose.) Si tengo que representar a un viejo que va a una casa de citas...

EL DIRECTOR. ¡No le haga caso, por favor! ¡Repítalo, repítalo, que estaba muy bien! (A la espera de que el actor lo repita.) ¿Decía?...

EL PRIMER ACTOR. «Buenos días, señorita...»

LA PRIMERA ACTRIZ. «Buenos días...»

EL PRIMER ACTOR. (Repitiendo el gesto del PADRE, de curiosear bajo el sombrerito, pero expresando luego de una manera completamente distinta la complacencia y el temor.) «¡Ah!... Pero... ¿No será ésta la primera vez que...? Espero que no...»

EL PADRE. (Corrigiendo, sin resistirse.) ¡Nada de «¿Espero que no?», sino «No, ¿verdad?». «No, ¿verdad?»

EL DIRECTOR. Dice «No, ¿verdad?», como preguntando.

EL PRIMER ACTOR. (Mirando al apuntador.) Yo he escuchado «Espero que no...».

EL DIRECTOR. ¡Pero si es lo mismo! «No, ¿verdad?» que «Espero que no...» Usted prosiga, prosiga. Quizá un poco menos enfático. Mire cómo lo hago yo, mire... (Subirá al escenario y repetirá el papel desde la entrada.) «Buenos días, señorita...»

LA PRIMERA ACTRIZ. «Buenos días.»

EL DIRECTOR. «¡Ah!... Pero...» (Dirigiéndose al PRIMER ACTOR para hacerle notar el modo como ha observado a la PRIMERA ACTRIZ bajo el sombrerito.) Sorpresa..., temor y complacencia... (Luego, retomando el parlamento, se dirige a la PRIMERA ACTRIZ) «¿No será ésta la primera vez que... que viene aquí? No, ¿verdad?...» (De nuevo, dirigiéndose con una mirada aguda al PRIMER ACTOR) ¿Me explico? (A la PRIMERA ACTRIZ.) Y ahora usted: «No, señor» (De nuevo, al primer actor.) En fin, ¿cómo debo decirlo? ¡Souplesse!' (Y bajará de nuevo del escenario.)

LA PRIMERA ACTRIZ. «No, señor...»

EL PRIMER ACTOR. «¿Ha venido otras veces? ¿Más de una vez?»

EL DIRECTOR. ¡No, no, espere! Deje primero que ella (señalará a la PRIMERA ACTRIZ) asienta con la cabeza. «¿Ha venido otras veces?»

La primera actriz levantará un poco la cabeza, entornará disgustada los ojos y, después de una indicación del DIRECTOR, asentirá dos veces con la cabeza.

LA HIJASTRA. (Sin contenerse.) ¡Por Dios! (Y de inmediato se tapará la boca para contener la risa.)

EL DIRECTOR. (Dando media vuelta.) ¿Ahora qué pasa?

LA HIJASTRA. (Rápido.) ¡Nada, nada!

EL DIRECTOR. (Al primer actor.) ¡Continúe, continúe!



EL PRIMER ACTOR. «¿Más de una vez?... Entonces... No debería sentirse así... ¿Me permite que le quite el sombrerito? (El PRIMER ACTOR dirá estas últimas frases con un tono y un movimiento tal, que la HIJASTRA, todavía con las manos cubriendo su boca, por más que intente reprimirse, no logrará contener la risa, que estallará estrepitosamente entre sus dedos.)

LA PRIMERA ACTRIZ. (Indignada, regresando a su sitio, aparte.) ¡Yo no voy a permitir que ésa de ahí se ría de mí!

el primer actor. ¡Ni yo! ¡Se acabó!

el director. (Gritando a la hijastra) ¡Acabe de una vez!

LA HIJASTRA. Sí, sí... Perdone, perdone...

EL DIRECTOR. ¡Es usted una maleducada! ¡Eso es lo que es! ¡Una presuntuosa!

EL PADRE. (Tratando de interponerse.) Sí, señor. Tiene toda la razón. Pero perdónela...

EL DIRECTOR. (Subiendo de nuevo al escenario.) ¡Pero qué quiere que perdone! ¡Es un insulto!

EL PADRE. Sí, señor, pero créame, créame... Es que produce un efecto algo extraño...

EL DIRECTOR. ¿Extraño? ¿Qué resulta extraño? ¿Y por qué?

EL PADRE. Yo admiro, señor, admiro a sus actores: a este señor (señalará al PRIMER ACTOR), a la señorita (señalará a la PRIMERA ACTRIZ), pero, la verdad..., no son nosotros...

EL DIRECTOR. ¡Lo duda! ¿Cómo quiere que sean «ustedes» si son los actores?

EL PADRE. Es por eso. ¡Por los actores! Hacen muy bien nuestros papeles. Pero nos parece otra cosa, que quisiera ser la misma, pero no lo es.

EL DIRECTOR. ¿Cómo que no es? Entonces, ¿qué es?

EL PADRE. Algo que... se vuelve de ellos, y ya no es nuestro.

EL DIRECTOR. ¡Eso es inevitable! ¡Ya se lo dije!

EL PADRE. Comprendo, comprendo...

EL DIRECTOR. Entonces, ¡basta de lo mismo! (Dirigiéndose a los ACTORES) Ya haremos luego los ensayos sólo entre nosotros, como debe ser. ¡Siempre ha sido una maldición ensayar junto a los autores! ¡Nada los satisface! (Dirigiéndose al PADRE y a la HIJASTRA.) Empecemos de nuevo con ustedes. Y espero que sea posible que usted no se vuelva a reír.

LA HIJASTRA. ¡No reiré más, no reiré más! Ahora viene lo mejor para mí. ¡Se lo aseguro!

EL DIRECTOR. Entonces, cuando usted dice: «No haga caso, por favor, de lo que dije. También yo, como comprenderá...» (Dirigiéndose al padre.) Es necesario que usted responda de inmediato: «Comprendo, comprendo...» y que de inmediato pregunte...

LA HIJASTRA. (Interrumpiendo.) ¡Qué!...

EL DIRECTOR. ¡La razón de su luto!

LA HIJASTRA. ¡No, señor! Mire: cuando yo le dije que no prestara atención a cómo vestía, ¿sabe lo que respondió? «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!»

EL DIRECTOR. ¡Magnífico! ¡Muy bien! ¿Quiere que todo el teatro se nos eche encima?

LA HIJASTRA. ¡Pero es la verdad!

EL DIRECTOR. ¡Y qué tiene que ver la verdad! ¡Estamos en el teatro! ¡La verdad sólo sirve hasta cierto punto!

LA HIJASTRA. ¿Y, entonces, qué quiere hacer ahora?

EL DIRECTOR. ¡Ya lo verá, ya lo verá! ¡Déjelo en mis manos!

LA HIJASTRA. ¡Eso sí que no, señor! De mi asco, de todos los motivos, a cuál más cruel e infame, por los que soy «ésta» y «así», ¿quiere hacer usted un pastiche romántico y sentimentaloide, en el que él me pregunta por las razones de mi luto y yo le respondo llorando que mi padre había muerto dos meses atrás? ¡Eso no, señor! Es necesario que él me diga lo que dijo: «¡Quitémoslo, quitémoslo de inmediato, ahora mismo, ese vestidito!» Y yo, con mi corazón enlutado, apenas dos meses atrás, me dirigí allá. ¿Lo ve? Allá, detrás del biombo, y con estas manos que se estremecen por la deshonra, por la repugnancia, me quité el vestido...

EL DIRECTOR. (Agarrándose los cabellos.) ¡Por favor! ¿Qué es lo que está diciendo?

LA HIJASTRA. (Gritando, frenética.) ¡La verdad! ¡La pura verdad, señor!

EL DIRECTOR. No lo dudo, será la verdad... Y comprendo todo su espanto, señorita. ¡Pero comprenda también que todo eso no es posible hacerlo sobre el escenario!

LA HIJASTRA. ¿No es posible? Entonces se lo agradezco, pero no cuente conmigo.

EL DIRECTOR. Un momento...

LA HIJASTRA. ¡No cuente conmigo! ¡En absoluto! ¡Lo que se va a representar en la escena lo han arreglado entre ustedes dos! ¡Ahora lo comprendo! Él quiere que se representen (enfatiza) ¡sus tormentos espirituales! ¡Pero yo quiero representar mi drama, el mío!

EL DIRECTOR. (Molesto, agitándose con furia.) ¡Cómo no, su drama! ¡Pues no sólo existe su drama! ¡Están los otros! El suyo. (Señalará al PADRE) ¡El de su madre! No es posible que un personaje llame más la atención y desplace a los demás, acaparando la escena. ¡Es necesario que todos formen un cuadro armonioso y que se represente lo que se puede representar! Sé muy bien que cada uno tiene toda una vida dentro de sí y quisiera contarla. Pero esto es precisamente lo difícil: expresar sólo lo necesario y en relación con los demás. ¡Y con eso, sólo con eso, sugerir todo lo que queda oculto! ¡Ah! Sería muy cómodo si cada personaje pudiera en un precioso monólogo, o... por decir..., en una conferencia, ¡soltar todo lo que quisiera contar! (Con un tono bondadoso, conciliador.) Es necesario que se contenga usted, señorita. Créame, es por su bien. Incluso porque podría dar una mala imagen, se lo advierto. Toda esa furia ofensiva, ese disgusto exasperado, cuando usted misma, si me permite, ha confesado acostarse con otros hombres antes que con él, en lo de Madama Paz, y más de una vez.

LA HIJASTRA. (Agachando la cabeza, con una voz honda, después de un momento de recogimiento.) ¡Es verdad! Pero tiene que pensar que los otros eran, para mí, como él.

EL DIRECTOR. (Sin comprender.) ¿Cómo que los otros? ¿Qué quiere decir?

LA HIJASTRA. Para quien cae en la culpa, señor, ¿no es responsable de todo lo que ocurre después el primero que provocó la caída? Para mí lo es él, incluso antes de que yo naciera. ¡Mírelo y dígame si no es verdad!

EL DIRECTOR. ¡Muy bien! ¿Y no le parece poco el peso de tanto remordimiento en él? ¡Déjelo expresarse!

LA HIJASTRA. ¿Y cómo, señor? ¿Cómo podrá expresar todos sus «nobles» remordimientos, todos sus tormentos «morales», si usted quiere ocultar el horror de haber tenido en los brazos, después de invitarla a desnudarse de su reciente luto, a una mujer perdida que era al mismo tiempo aquella niña, señor, aquella niña a la que él iba a ver a la salida de la escuela? (Pronunciará estas últimas palabras con una voz conmocionada.)



(La MADRE, al escucharla hablar así, oprimida por el ímpetu de una angustia incontenible que se expresará primero en unos cuantos gemidos sofocados, acabará estallando en un llanto descontrolado. La conmoción dominará a todos. Larga pausa.)



LA HIJASTRA. (Apenas la MADRE empiece a calmarse, añadirá de manera sombría y resuelta.) Ahora estamos entre nosotros, todavía desconocidos por el público. Y mañana usted dará un espectáculo sobre nosotros de acuerdo con lo que quiere tramar. ¿Quiere ver el verdadero drama? ¿Quiere verlo estallar como realmente ocurrió?

EL DIRECTOR. ¡Por supuesto! No pido más que eso para extraer todo lo que sea posible.

LA HIJASTRA. Entonces, haga salir a mi madre.

LA MADRE. (Sobreponiéndose al llanto, con un grito.) ¡No!... ¡No lo permita, señor! ¡No lo permita!

EL DIRECTOR. ¡Pero si es sólo para saber lo que ocurrió, señora!

LA MADRE. ¡No puedo más! ¡No puedo más!

EL DIRECTOR. Discúlpeme. ¡Pero todo esto ya ocurrió! No entiendo entonces...

LA MADRE. ¡No! ¡Está ocurriendo ahora, y ocurre siempre! ¡Mi tormento no ha terminado, señor! ¡Yo estoy viva y presente, siempre presente en cada momento de mi tormento, que siempre se renueva, también vivo y presente! Y a esos dos pequeñitos, ¿los ha escuchado hablar? ¡No pueden hablar más, señor! Están apegados a mí, todavía, para tener presente mi tormento. ¡Pero ellos ya no existen, no existen! Y ella, señor (señalará a la HIJASTRA), se escapó, se alejó de mí y se ha perdido, se ha perdido... ¡Si yo todavía la veo aquí es todavía por eso, sólo por eso, siempre por lo mismo, siempre, siempre, para recordármelo siempre, vivo y presente, el tormento que he sufrido también por culpa de ella!

EL PADRE. (Solemne.) ¡El instante eterno, como le dije, señor! Ella (señalará a la HIJASTRA) está aquí para retenerme, fijarme, mantenerme inmóvil y suspendido eternamente en el escarnio, todo por culpa de un momento fugaz y vergonzoso de mi vida. No puede renunciar a eso, y usted no puede ayudarme.

EL DIRECTOR. ¡No he dicho que no se representará! Justamente será el núcleo de todo el primer acto, hasta llegar a la sorpresa de ella. (Señalará a la madre)

EL PADRE. Eso, sí. Porque es mi condena, señor: toda nuestra pasión tiene que culminar en su grito final. (También señalará a la madre.)

LA HIJASTRA. ¡Todavía lo escucho! ¡Ese grito me hizo enloquecer! Usted puede hacerme aparecer como quiera, ya no me importa. Incluso vestida, y bastará que por lo menos tenga los brazos —sólo los brazos— descubiertos, porque, ¡fíjese bien!, cuando estaba así (se acercará al PADRE y apoyará la cabeza en su pecho), con la cabeza apoyada, así, y abrazándole el cuello, ¡vi palpitar aquí, en mi brazo, una vena, y como si fuera esa única vena la que me diera asco, cerré los ojos así, así, y hundí la cabeza en su pecho! (Se volverá hacia la MADRE) ¡Grita, mamá! ¡Grita! (Y hundirá la cabeza en el pecho del PADRE, y con los hombros alzados como para no escuchar el grito, añadirá con una voz desgarrada y sofocada.) ¡Grita! ¡Grita como lo hiciste esa vez!

LA MADRE. (Lanzándose a separarlos.) ¡No! ¡Hija, hija mía! (Y luego de haberlos apartado.) ¡Bruto, bruto, es mi hija! ¿No te das cuenta de que es mi hija?

EL DIRECTOR. (Retrocediendo al proscenio tras el grito, entre el estupor de los ACTORES.) ¡Magnífico! ¡Sí, magnífico! ¡Telón, telón!

EL PADRE. (Acercándose a él, agitado.) ¡Así fue, así ocurrió de verdad, señor!

EL DIRECTOR. (Admirado y convencido.) ¡No lo dudo! ¡Telón, telón! (Ante los gritos reiterados del DIRECTOR, el TRAMOYISTA hará caer el telón, dejando afuera al DIRECTOR y al PADRE).

EL DIRECTOR. (Mirando hacia arriba, levantando los brazos.) ¡Pero qué imbécil! He dicho telón para dar a entender que el acto debe terminar así, ¡y me tira el telón de verdad! (Al PADRE, levantando una borde del telón para entrar en el escenario.) ¡Está muy bien, muy bien! ¡Impactará sin duda! Tiene que terminar así. ¡Se lo aseguro, se lo aseguro, al menos este primer acto! (Entrará con el PADRE tras el telón.)



Al levantarse el telón se verá que los TRAMOYISTAS y MONTADORES habrán desmantelado el primer simulacro de escena y que, en cambio, habrán colocado una pequeña fuente de jardín. En una parte del escenario estarán sentados en fila los ACTORES y, en la otra, los PERSONAJES. El DIRECTOR estará de pie en mitad del escenario, agarrándose la barbilla con el puño cerrado, pensando.



EL DIRECTOR. (Reaccionando después de una breve pausa.) Entonces... ¡Veamos el segundo acto! ¡Déjenme, déjenme hacer a mí, como había establecido desde un principio! ¡Irá de maravillas!

LA HIJASTRA. Ahora vendría nuestra entrada en su casa (señalará al PADRE), ¡a despecho de él! (Señalará al HlJO.)

EL DIRECTOR. (Impaciente.) Eso está bien, pero deje que yo me encargue. ¿De acuerdo?

LA HIJASTRA. ¡Pero que quede claro su desprecio!

LA MADRE. (Titubeando con un movimiento de cabeza.) Para todo lo que nos ha servido...

LA HIJASTRA. (Dirigiéndose a ella de manera tajante.) ¡No importa! ¡Cuanto más daño para nosotros, más remordimiento para él!

EL DIRECTOR. (Impaciente.) ¡Lo comprendo, lo comprendo! ¡Y se lo tendrá en cuenta! ¡No lo dude!

LA MADRE. (Suplicante.) Pero hágalo entender bien, se lo ruego, señor, por mi conciencia, que yo busqué de cualquier modo...

LA HIJASTRA. (Interrumpiendo despectivamente, retomando la palabra.) ... ¡calmarme, aconsejarme que no lo menospreciara! (Al DIRECTOR) Déle el gusto, complázcala, ¡porque es verdad! Yo disfruto muchísimo porque, mientras tanto, a la vista está: ¡cuanto más ella suplica o trata de conmoverlo, tanto más se aleja él, se «ausenta»! ¡Qué maravilla!, ¿no?

EL DIRECTOR. ¿Vamos empezar de una vez el segundo acto?

LA HIJASTRA. No digo ni una palabra más. ¡Pero tenga en cuenta que desarrollar todo en el jardín, como quiere, no será posible!

EL DIRECTOR. Y ¿por qué no?

LA HIJASTRA. Porque él (señalará de nuevo al HlJO) está siempre encerrado en su habitación, ¡apartado! Luego, como le he dicho, habrá que desarrollar todo el papel de ese pobre muchacho confundido en casa.

EL DIRECTOR. ¡Sí, pero como comprenderán, no podemos colgar cartelitos o cambiar el escenario a cada momento!

EL PRIMER ACTOR. Antes sí se hacía...

EL DIRECTOR. ¡Cuándo el público era quizá como esa niña!

LA PRIMERA ACTRIZ. ¡E incluso era más fácil lograr la ilusión!

EL PADRE. (Levantándose de golpe.) ¿La ilusión? ¡Les suplico que no hablen de ilusión! No usen esa palabra. ¡Es demasiado cruel para nosotros!

EL DIRECTOR. (Sorprendido.) ¿Se puede saber por qué?

EL PADRE. ¡Es cruel, muy cruel! ¡Debería entenderlo!

EL DIRECTOR. Entonces, ¿Cómo deberíamos llamarla? ¿Cómo llamar a la ilusión de crear, aquí, a los espectadores...

EL PRIMER ACTOR. ... con nuestra representación...

EL DIRECTOR. ... la ilusión de una realidad!

EL PADRE. Comprendo, señor. Quizá sea usted quien no nos comprende. ¡Tiene que disculparme! Para usted y sus actores todo esto no es más que un juego, y no lo critico.

LA PRIMERA ACTRIZ. (Interrumpiendo ofendida.) ¡De qué juego habla! ¡No somos niños! ¡Aquí se actúa de verdad!

EL PADRE. ¡Sí, no lo niego, no! Y comprendo, justamente, que el juego de su arte tiene que lograr, como dice el señor, una perfecta ilusión de realidad.

EL DIRECTOR. ¡Eso es exactamente!

EL PADRE. ¡Pero también tiene que pensar que nosotros (se señalará a sí mismo y rápidamente a los otros cinco PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá de esta ilusión!

EL DIRECTOR. (Aturdido, mirando a sus actores también perplejos y desorientados.) ¿Y eso qué quiere decir?

EL PADRE. (Después de observarlos minuciosamente, con una leve sonrisa.) ¡Por supuesto que sí, señores! ¿Qué otra realidad? Lo que para ustedes es una ilusión a crear, para nosotros es la única realidad. (Breve pausa. Dará unos cuantos pasos en dirección al DIRECTOR y proseguirá.) ¡Y no solamente para nosotros, créame! Piénselo bien. (Lo mirará fijamente a los ojos.) ¿Podría decirme quién es usted? (Y se quedará apuntándolo con el dedo.)

EL DIRECTOR. (Turbado, sonriendo a medias.) ¿Cómo que quién soy?... ¡Soy yo!

EL PADRE. ¿Y si le dijera que no es verdad, porque usted es yo?

EL DIRECTOR. ¡Le diría simplemente que está loco! (Los ACTORES reirán.)

EL PADRE. Tienen razón para reírse: esto es un juego (al DIRECTOR) y usted, por lo tanto, puede objetarme que sólo por un juego ese señor, allá (señalará al PRIMER ACTOR), que es «él», tiene que ser «yo», que sin embargo soy yo, «éste» ¿Se da cuenta cómo ha caído en la trampa? (Los ACTORES reirán de nuevo.)

EL DIRECTOR. (Cortante.) ¡Ya hemos hablado de esto! ¿Se lo repito de nuevo?

EL PADRE. No, no. No quería decir eso precisamente. Incluso lo invito a salir de este juego (mirando a la PRIMERA ACTRIZ, como anticipándose) —¡teatral, teatral!— que usted acostumbra hacer aquí con sus actores. Pero vuelvo a preguntarle en serio: ¿quién es usted?

EL DIRECTOR. (Dirigiéndose, maravillado y fastidiado, al mismo tiempo, hacia los ACTORES) ¡Vaya si se puede ser descarado! ¡Uno que se da ínfulas de personaje tiene el atrevimiento de preguntarme quién soy!

EL PADRE. (Con dignidad pero sin soberbia.) Un personaje, señor, siempre puede preguntar a un hombre quién es. Porque un personaje tiene realmente una vida, con sus propios atributos, por los que siempre es «alguien». Mientras que un hombre —y no estoy hablando de usted ahora— un hombre cualquiera puede que no sea «nadie».

EL DIRECTOR. ¡Claro! ¡Pero usted me lo pregunta a mí, que soy el Director! ¡El Director de la compañía! ¿Se da cuenta?

EL PADRE. (Casi susurrando, con una meliflua humildad.) Sólo lo hago para saber, señor, si verdaderamente usted puede verse cómo es ahora mismo... y como ve, por ejemplo, con la distancia del tiempo, a aquel que fue, con las ilusiones que tenía entonces; con todas las cosas, dentro y a su alrededor, de acuerdo a cómo las veía entonces —y que eran realmente así para usted—. Pues bien, señor. Recordando esas ilusiones que ya no se plantea, todas aquellas cosas que ahora ya no le «parecen» como «eran» hace un tiempo para usted, ¿no siente como si faltara, no digo estas tablas del escenario, sino un piso firme, el suelo bajo sus pies, sobre todo si piensa que de igual manera «esto» que siente ahora, toda su realidad actual, tal como es, también está destinada a parecerle una ilusión el día de mañana?

EL DIRECTOR. (Sin haber comprendido muy bien, aturdido por la densa argumentación.) ¿Y? ¿Adónde quiere llegar?

EL PADRE. A ningún sitio, señor. Tan sólo hacerle ver que si nosotros (se señalará a sí mismo otra vez, así como a los otros PERSONAJES) no tenemos otra realidad más allá que la ilusión, también sería bueno que usted desconfiase de su realidad, de la que usted hoy respira y toca, porque, como la de ayer, está destinada a revelársele el día de mañana como una ilusión.

EL DIRECTOR. (Volviendo a tomárselo en broma.) ¡Tiene toda la razón! ¡Ahora sólo falta que usted diga que con esta comedia que viene a representarme es más verdadero y real que yo!

EL PADRE. (Decididamente serio.) ¡No tengo la menor duda, señor!

EL DIRECTOR. ¿Ah, sí?

EL PADRE. Supuse que usted lo había comprendido desde un principio.

EL DIRECTOR. ¿Más real que yo?

EL PADRE. Si su realidad puede alterarse de un día para el otro...

EL DIRECTOR. ¡Pero claro que puede cambiar! ¡Y continuamente! ¡Cómo todos!

EL PADRE. (Dando un grito.) ¡Pero la nuestra no, señor! ¿Entiende? ¡Ésa es la diferencia! No cambia, no puede cambiar ni ser otra, jamás, porque ha sido fijada, así, «ésta», y para siempre. ¡Y eso es terrible, señor! ¡Es realmente inalterable! ¡Hasta deberían sentir un escalofrío cerca de nosotros!

EL DIRECTOR. (Tajante, colocándose delante por una idea que se le ocurrirá de improviso.) Yo quisiera saber, sin embargo, ¿cuándo se ha visto a un personaje salir de su papel para dedicarse a ponderar como lo hace usted, exponiendo y explicando sus ideas? ¿Me lo podría decir? ¡Jamás lo he visto en mi vida!

EL PADRE. No lo ha visto, señor, porque los autores esconden con mucha frecuencia las inquietudes de su creación. Cuando los personajes están vivos, verdaderamente vivos delante de su autor, éste no hace otra cosa que observar las palabras y los gestos que ellos proponen, y es necesario que él los acepte tal como son, porque ¡mucho cuidado si no es así! Cuando nace un personaje, éste adquiere de inmediato una independencia tal, incluso frente a su propio autor, que puede ser imaginado en muchísimas otras circunstancias que el autor ni siquiera imaginó. ¡Y, con eso, incluso adquiere, en ciertas ocasiones, un significado que el autor jamás soñó!

EL DIRECTOR. ¡Por supuesto que lo sé!

EL PADRE. Entonces, ¿por qué se asombra de nosotros? Imagine la desgracia que es para un personaje todo lo que le dicho, haber nacido vivo de la fantasía de un autor que luego quiso negarle la vida. Y luego dígame si este personaje, abandonado de esa manera, vivo y sin vida, no tiene razón para hacer lo que nosotros estamos haciendo, en este momento, frente a ustedes, luego de haberlo hecho muchas veces, créame, delante de nuestro autor, todo para animarlo, compareciendo unas veces yo, otras ella (señalará a la HIJASTRA), otras esa pobre madre...

LA HIJASTRA. (Adelantándose, ensimismada.) Es verdad. Yo también, señor, yo también lo tenté muchas veces en medio de la melancolía de su escritorio, al atardecer, cuando él, derrumbado en su sillón, no se animaba a encender la luz y dejaba que las sombras invadieran la habitación, y que nosotros pululáramos en ellas, tratando de persuadirlo... (Como si todavía se viera allá en ese escritorio y le fastidiara la presencia de todos los ACTORES) ¡Si todos se marcharan! ¡Si nos dejaran a solas! Esa madre, con ese hijo. Yo con esa niña. Ese muchacho siempre sólo. Y después yo con él. (Señalará apenas al PADRE) Y luego yo sola, sola... en esa sombra. (Se sobresaltará, como si quisiera agarrarse de la visión que tiene de sí misma, luminosa y viva en esa sombra.) ¡Ah, mi vida! ¡Qué escenas, qué escenas le sugeríamos! ¡Era yo, yo quien más lo provocaba!

EL PADRE. ¡Sí! ¡Pero quizá fue por tu culpa, por esas insistencias tuyas, por tu excesivo descontrol!

LA HIJASTRA. ¡No es cierto! ¡Si él mismo quiso que yo fuera así! (Irá hacia el DIRECTOR para hablar en confidencia.) Yo, señor, creo que se debió al envilecimiento y al tedio debidos al tipo de teatro que al público le gusta y pide ver...

EL DIRECTOR. ¡Avancemos, por Dios! ¡Y vamos a los hechos!

LA HIJASTRA. ¡Me parece que hechos hay demasiados desde que entramos en su casa! (Señalará al PADRE) ¡Decía usted que no podía colgar cartelitos o cambiar el escenario cada cinco minutos!

EL DIRECTOR. ¡Sí, exacto! Prepararlos, agruparlos en una acción simultánea y compacta, y no como pretende usted, que quiere ver primero a su hermanito regresando de la escuela y deambulando como una sombra por las habitaciones, escondiéndose detrás de las puertas para meditar en un propósito en el cual... ¿cómo había dicho?

LA HIJASTRA. ¡Se desuca, señor, se desuca todo!

EL DIRECTOR. ¡No había escuchado nunca esa palabra! Da igual: un muchacho al que se le están «abriendo los ojos», ¿verdad?

LA HIJASTRA. Sí, señor. ¡Ahí lo tiene! (Lo señalará junto a la madre)

EL DIRECTOR. ¡Muy bien! Luego, al mismo tiempo, quisiera también a esa niña que juega, incauta, en el jardín. Uno en la casa y la otra en el jardín. ¿Es posible?

LA HIJASTRA. ¡Al sol, señor, y contenta! Su alegría, su fiesta en ese jardín es mi mejor recompensa. Sacada de la miseria, de la sordidez de un horrible dormitorio en el que dormíamos los cuatro, y yo con ella. ¡Yo, imagínelo! Con el horror de mi cuerpo pecaminoso junto a ella, que me abrazaba con fuerza con sus bracitos amorosos e inocentes. En el jardín, apenas me veía, corría a tomarme de la mano. No miraba las flores grandes, pero en cambio descubría todas las flores «pequeñitas, pequeñitas», como las llamaba. ¡Y me las quería mostrar, con una alegría, como si fuera una fiesta!



(Hablando así, desgarrada por el recuerdo, romperá a llorar largamente, con desesperación, reclinando la cabeza entre los brazos extendidos sobre la mesita. Todos acabarán dominados por la conmoción.)

(El DIRECTOR se le acercará paternalmente, y le hablará para confortarla.)

EL DIRECTOR. ¡Haremos ese jardín, lo haremos, no lo dude! ¡Ya verá como se pone contenta! ¡Agruparemos allí las escenas! (Llamando por su nombre a un MONTADOR.) ¡Que traigan unos apliques de árboles! ¡Dos cipreses pequeños para colocarlos delante de la alberca! (Se verán bajar desde lo alto un bastidor con la imagen de dos cipreses. Se acercará el TRAMOYISTA para fijarlos al piso.)

EL DIRECTOR. (A la HIJASTRA.) Ahora lo dejaremos así, sólo para dar una idea. (Llamará de nuevo al MONTADOR.) ¡Dame un poco de cielo!

EL MONTADOR. (Desde arriba.) ¿Cómo?

el DIRECTOR. ¡Un poco de cielo! ¡Un fondo de cielo para colocar detrás de la alberca! (Se verá descender desde la parte superior del escenario una tela blanca.)

EL DIRECTOR. ¡Blanca no! ¡Te dije color cielo! No importa, déjalo. Yo me encargaré. (Llamando.) ¡Electricista! ¡Apague todas las luces! Quiero algo parecido a una atmósfera lunar... sí, lunar... luces azules, luces azules sobre la tela... con el reflector... ¡Eso! ¡Así está bien! (Se compondrá, de acuerdo a lo solicitado por el DIRECTOR, una misteriosa iluminación lunar, que inducirá a los ACTORES a hablar y moverse en el jardín como si fuera de noche, bajo la luna.)

EL DIRECTOR. (A la hijastra.) ¡Mire! ¿Qué le parece? Y ahora el muchachito, en vez de esconderse detrás de las puertas de las habitaciones, podría venir al jardín y esconderse detrás de los árboles. Pero debe tener en cuenta que será difícil encontrar a una niña que haga bien la escena con usted, cuando le muestre las flores. (Dirigiéndose al MUCHACHO.) ¡Ven, ven acá! ¡Concretemos un poco lo que hay que hacer! (Y viendo que el muchacho no se mueve.) ¡Vamos, vamos! (Lo irá a buscar, tratando que mantenga la cabeza erguida a pesar de que el muchacho la deja caer.) ¡Vaya problema, este chico! ¿Cómo se puede hacer, Dios mío? Es necesario que por lo menos diga algo... (Le pondrá las manos sobre los hombros y lo conducirá detrás del bastidor de los árboles.) Colócate aquí, eso... Así... Escóndete un poco... Así... Trata de asomarte un poco, como si espiaras... (El DIRECTOR se alejará un poco para evaluar el efecto. Apenas el MUCHACHO se asoma, los ACTORES quedan impresionados.) ¡Muy bien!... Eso está muy bien... (Dirigiéndose a la HIJASTRA.) Y si la niña lo descubriera espiando de esa manera, ¿no cree que podría acercarse y hacerlo hablar aunque sea unas cuantas palabras?

LA HIJASTRA. (Poniéndose de pie.) ¡Ni lo sueñe! ¡No hablará mientras esté aquí él! (Señalará al Hijo.) Primero sería necesario que lo sacará de aquí a él.

EL HlJO. (Encaminándose resuelto hacia una de las dos escalerillas.) ¡De inmediato y con gusto! ¡No espero otra cosa!

EL DIRECTOR. (Reteniéndolo al instante.) ¡No, no! ¿Adónde va? ¡Espere un momento!

(La MADRE Se levantará asustada y angustiada sólo por la posibilidad de que se vaya de verdad, así que instintivamente alzará los brazos como para retenerlo, aunque no se mueva de su sitio.)

EL HlJO. (Ya en el proscenio, dirigiéndose al DIRECTOR, que lo retiene.) ¡Yo no tengo nada que hacer aquí! ¡Déjeme ir, por favor! ¡Deje que me vaya de una vez!

EL DIRECTOR. ¿Cómo que no tiene nada que hacer?

LA HIJASTRA. (Plácidamente, irónica.) ¡No lo retenga, no! ¡No se irá!

EL PADRE. ¡Tiene que representar la terrible escena del jardín junto a su madre!

EL HlJO. (De inmediato, resuelto y furibundo.) ¡Yo no haré nada! ¡Lo dije desde un comienzo! ¡Nada! (Al DIRECTOR.) ¡Déjeme ir!

LA HIJASTRA. (Acercándose al DIRECTOR) ¿Me permite, señor? (Aflojará los brazos del DIRECTOR que retienen al HlJO) Déjelo. (Luego, dirigiéndose al HlJO, apenas lo suelte el DIRECTOR.) Ya está. ¡Vete! (El HlJO permanecerá quieto junto a la escalerilla. No podrá bajar los escalones como si estuviera retenido por un oculto poder. Luego, ante el estupor y la sorpresa de los ACTORES, caminará a lo largo del proscenio hacia la otra escalerilla del escenario. Se detendrá de nuevo y tampoco podrá bajar. La HIJASTRA, que lo habrá seguido con la mirada, estallará en carcajadas.) ¿Lo ve? ¡No puede hacerlo, no puede! Tiene que quedarse aquí por fuerza, encadenado irremediablemente. Si yo, señor, cuando ocurra lo que tenga que ocurrir, levanto el vuelo —justamente por el odio que siento por él, para no tener que verlo más—, si incluso yo me quedo todavía aquí y soporto sus miradas y su presencia, ¡imagine si va a irse él que tendrá que permanecer con su maravilloso padre, y con esa madre que ya no tiene otros hijos que él!... (Dirigiéndose a la madre.) ¡Ven mamá, ven!... (Señalándosela al DIRECTOR) Mire. Se había levantado, se había levantado para retenerlo... (A la MADRE, casi atrayéndola como por efecto de magia.) Ven, ven... (Luego, al /DIRECTOR) Imagine la resistencia que puede tener ella como para mostrar a sus actores lo que está sintiendo. Es tanto el anhelo por acercarse a él... ¡Ahí lo tiene!... ¿Lo ve?... ¡Tanto que está dispuesta a vivir su escena! (Efectivamente, la MADRE se habrá acercado, y apenas la HIJASTRA termine de decir sus últimas palabras, abrirá los brazos para dar a entender que asiente a lo dicho.)

EL HlJO. (De inmediato.) ¡No me puedo ir! ¡No! ¡Si no me puedo ir, entonces me quedaré aquí! ¡Pero le repito que no representaré nada!

EL PADRE. (Al DIRECTOR, agitado.) ¡Usted puede obligarlo, señor!

EL HIJO. ¡Nadie puede hacerlo!

EL PADRE. ¡Lo haré yo, entonces!

LA HIJASTRA. ¡Un momento, un momento! ¡Primero tiene que estar la niña en la alberca! (Correrá a coger a la NIÑA, se arrodillará delante de ella y le sujetará el rostro entre las manos.) Pobrecita mía, miras todo esto asustada, con esos lindos ojitos. ¿Qué pensarás de todo esto? Estamos en un teatro, preciosa. ¿Qué es un teatro? ¿Lo ves? Es un lugar donde se juega a fingir las cosas en serio. Se representan las comedias. Y nosotros haremos ahora la comedia. ¡Pero de verdad! Y tú también lo harás... (La abrazará, apretándola contra su pecho y meciéndola un poco.) ¡Cariño mío, cariño mío, qué fea comedia te va a tocar! ¡Qué cosa horrible han pensado para ti! El jardín, la alberca... Es falsa, por supuesto. Lo terrible es eso, querida: ¡que aquí todo es falso! Aunque quizá te guste más una alberca falsa que una verdadera. ¿Para jugar, no? Pero no, el juego es para los demás, no para ti, que eres real, cariño, y que juegas de verdad en una alberca de verdad, una alberca grande, verde, con tantos bambús que dan sombra, reflejándose en el agua, y muchos patitos que nadan en ella, atravesando las sombras. Tú quieres atrapar a uno de estos patitos... (Con un grito que sorprende a todos.) ¡No, Rosetta, no! ¡Mamá no se ocupa de ti por el canalla ése de su hijo! ¡Y yo estoy con todos mis demonios en la cabeza!... Y él... (Dejará a la niña y se dirigirá con el mismo tono al MUCHACHO) ¿Qué hace aquí, siempre con ese aire de mendigo? También será por culpa tuya si esa pequeña se ahoga. ¡Por quedarte así, de esa manera, como si yo no hubiera pagado por todos el ingreso en esa casa! (Agarrándolo de un brazo para obligarle a que saque la mano del bolsillo.) ¿Qué guardas? ¿Qué escondes? ¡Saca la mano! (Lo obligará a sacar la mano y se descubrirá, en medio del horror de todos, que empuña un pequeño revólver. Lo mirará satisfecha por su descubrimiento, pero luego añadirá de manera sombría.) ¿Dónde, cómo la has conseguido? (Sin embargo, el MUCHACHO, intimidado, siempre con la cabeza gacha, no responderá.) ¡Tonto! En vez de matarte, yo habría asesinado a cualquiera de esos dos, o a los dos: ¡al padre y al hijo! (Lo llevará de nuevo detrás de los árboles desde los que espiaba. Luego tomará a la NlÑA y la introducirá en la alberca, de tal manera que quedará oculta, y yacerá así, con el rostro entre los brazos, que permanecerán apoyados sobre el borde de la alberca.)

EL DIRECTOR. ¡Magnífico! (Dirigiéndose al HlJO.) Y al mismo tiempo...

EL HIJO. (Desdeñoso.) ¡Nada de al mismo tiempo! ¡Nada de eso es verdad, señor! ¡No hubo ninguna escena entre ella y yo! (Señalará a la MADRE.) Que ella misma le diga lo que ocurrió. (Entretanto, la SEGUNDA ACTRIZ y el ACTOR JOVEN se habrán separado del grupo de los ACTORES. Ella se habrá puesto a observar con mucha atención a la MADRE, que estará enfrente, y él al Hijo, de manera que sabrán después cómo interpretar sus papeles.)

LA MADRE. ¡Es verdad, señor! Yo había entrado en su habitación.

EL HIJO. En mi cuarto, ¿se da cuenta? ¡No en el jardín!

EL DIRECTOR. ¡Eso que importa! ¡Hay que reagrupar los acontecimientos, ya lo dije!

EL HIJO. (Percatándose de que el ACTOR joven lo observa.) ¿Y usted qué quiere?

EL ACTOR JOVEN. Nada, observo.

EL HIJO. (Dirigiéndose al otro lado, a la segunda ACTRIZ.) ¡Ah!... Y allí está usted. ¿Seguro que para interpretar el papel de ella? (Señalará a la madre.)

EL DIRECTOR. ¡Justamente! ¡Por eso mismo! ¡Debería agradecer la preocupación que tienen!

EL HIJO. ¡Ah, sí! ¡Gracias! Pero, ¿todavía no se da cuenta de que no puede representar esta comedia? Nosotros no estamos dentro de usted, y sus actores lo ven todo desde fuera. ¿Le parece posible que se viva delante de un espejo que, a lo más, no satisfecho con devolvernos la imagen de nuestra misma expresión, nos la devuelva como una mueca irreconocible de nosotros mismos?

EL PADRE. ¡Eso es verdad! ¡Eso es verdad! ¡Acéptelo!

EL DIRECTOR. (Al actor joven y a la segunda actriz) ¡Está bien, pero háganse a un lado!

EL HlJO. ¡Es inútil! Yo no me presto.

EL DIRECTOR. ¡Quédese callado, por ahora, y déjeme escuchar a su madre! (A la MADRE) ¿Entonces? ¿Había entrado?

LA MADRE. Sí, señor. Entré en su habitación porque no resistí más. Tenía que desahogar toda la angustia que me oprimía. Pero apenas él me vio entrar...

EL HlJO. ¡Ninguna escena! Me fui, me fui porque no quería hacer una escena. Porque yo nunca he hecho escenas, ¿comprende?

LA MADRE. ¡Es verdad! ¡Fue así! ¡Fue así!

EL DIRECTOR. ¡Pero ahora es necesario hacer esa escena entre usted y él! ¡Es indispensable!

LA MADRE. ¡Aquí me tiene, señor! Aunque a lo mejor debería permitirme hablar un momento con él para revelarle mi corazón.

EL PADRE. (Acercándose al HlJO de manera agresiva.) ¡Lo tienes que hacer! ¡Por tu madre! ¡Por tu madre!

EL HlJO. (Más convencido que nunca.) ¡No haré nada!

EL PADRE. (Agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo.) ¡Por Dios, obedece! ¡Obedece! ¿No escuchas cómo te está hablando? ¿No tienes entrañas?

EL HlJO. (Agarrándolo también.) ¡No! ¡No! ¡No insistas! (Agitación general. La MADRE, temerosa, tratará de interponerse y separarlos.)

LA MADRE. ¡Por favor! ¡Por favor!

El PADRE. (Sin soltarlo.) ¡Tienes que obedecer! ¡Tienes que obedecer!

EL HlJO. (Luchando con él, terminará por tumbarlo cerca de la escalerilla, entre la consternación de todos.) ¿Qué locura te ha dado? ¡No tiene dignidad como para dejar de mostrar a todos su vergüenza y la nuestra! ¡A eso no me presto! ¡Eso no! ¡Así interpreto la voluntad de quien no quiso hacer de nosotros un espectáculo!

EL DIRECTOR. ¡Pero si han venido todos!

EL HlJO. (Señalando al PADRE) ¡Él, no yo!

EL DIRECTOR. ¿No está usted también aquí?

EL HlJO. ¡Fue él quien quiso venir, arrastrándonos a todos y prestándose para arreglar con usted, no sólo lo que ocurrió, sino también lo que no ha ocurrido, como si aquello fuera insuficiente!

EL DIRECTOR. ¡Entonces dígame, dígame qué fue lo que ocurrió! ¡Dígamelo! ¿Se fue de su habitación sin decir nada?

EL HlJO. (Después de un momento de indecisión.) Nada. Justamente nada, para no dar pie a ninguna escena!

EL DIRECTOR. (Incitándolo.) Bien, ¿y luego qué hizo?

EL HIJO. (En medio de la angustiosa atención de todos, que incluso se aproximan sobre el escenario.) Nada... Crucé el jardín...

Se interrumpirá, hosco, absorto.

EL DIRECTOR. (Empujándolo para que hable, impresionado por su contención.) ¿Y? ¿Cruzó el jardín y...?

EL HlJO. (Exasperado, escondiendo el rostro con el brazo.) ¿Por qué quiere que hable, señor? ¡Es horrible!

(La MADRE se estremecerá toda, con gemidos sofocados, mirando la alberca.)

EL DIRECTOR. (Despacio, consciente de la mirada, se dirigirá al HlJO con aprensión creciente.) ¿La niña?

EL HIJO. (Mirando hacia delante, hacia la sala del teatro.) Allá, en la alberca...

EL PADRE. (En el suelo, señalando de manera compasiva a la MADRE.) ¡Y ella lo seguía, señor!

EL DIRECTOR. (Al Hijo, con ansiedad.) ¿Y entonces, usted?

EL HlJO. (Lentamente, siempre mirando hacia delante.) Me di cuenta y me precipité a salvarla... Pero me detuve en seco porque detrás de los árboles vi algo que me heló la sangre: era el muchacho, el muchacho que estaba allí quieto, con ojos enloquecidos, mirando a la hermana ahogada en la alberca... (La HIJASTRA, todavía inclinada sobre la alberca para esconder a la NlÑA, responderá con un sollozo amargo, profundo como un eco. Pausa.) Me aproximé a él, y entonces... (Estallará un disparo detrás de los árboles, donde el MUCHACHO permanecía escondido.)

LA MADRE. (Dando un grito desgarrado, se acercará junto con el HlJO y con todos los ACTORES en medio de la conmoción general.) ¡Hijo! ¡Hijo mío! (Luego, en medio de la confusión y los gritos incoherentes de los demás.) ¡Auxilio, auxilio!

EL DIRECTOR. (En medio de los gritos, tratará de abrirse paso mientras levantan al MUCHACHO y lo llevan detrás de la tela blanca.) ¿Está herido? ¿Está herido de verdad?

(Todos, salvo el DIRECTOR y el padre, que yacía en el suelo, desaparecerán detrás de la tela blanca que hacía de cielo, y permanecerán un rato comentando desesperadamente lo ocurrido. Luego reaparecerán en escena, saliendo por ambos lados de la tela.)

LA PRIMERA ACTRIZ. (Saliendo por la derecha, apenada.) ¡Está muerto! ¡Pobre chico! ¡Está muerto, Dios mío!

EL PRIMER ACTOR. (Saliendo por la izquierda, riendo.) ¡Qué muerto ni qué nada! ¡Un simulacro, nada más! ¡No lo crean!

Los ACTORES DE LA DERECHA. ¿Simulacro? ¡Es la pura realidad! ¡Está muerto!

Los ACTORES DE IZQUIERDA. ¡No es cierto! ¡Es un simulacro! ¡Un simulacro!

EL PADRE. (Poniéndose de pie y gritando en medio de todos.) ¡Ningún simulacro! ¡Es la pura realidad, señores, es la realidad! (Y desaparecerá, alterado, detrás de la tela.)

EL DIRECTOR. (Sin contenerse.) ¡Ficción! ¡Realidad! ¡Váyanse todos al diablo! ¡Luces! ¡Luces! ¡Luces! (Al mismo tiempo, todo el escenario y todo el teatro se iluminarán intensamente. El DIRECTOR suspirará como si se hubiera librado de una pesadilla, y todos se mirarán entre sí, perplejos y desorientados.) ¡Nunca me había ocurrido algo así! ¡Me han hecho perder un día entero! (Mirará el reloj.) ¡Váyanse, váyanse! ¿Qué más quieren hacer ahora? Ya es muy tarde para retomar el ensayo. ¡Nos veremos por la noche! (Apenas los actores se marchen, saludándolo, añadirá:) ¡Electricista! ¡Apáguelo todo! (A continuación, el teatro caerá en una oscuridad total durante pocos segundos.) ¡Por Dios! ¡Al menos déjeme una lucecita para ver por dónde camino!





















Enseguida, detrás de la tela, como por error, se encenderá un reflector verde que proyectará, aumentadas y espigadas, las sombras de los personajes, salvo el muchacho y la niña, El director, al verlos, huirá aterrado del escenario. Al mismo tiempo se apagará el reflector detrás de la tela, y volverá a iluminarse el escenario con la luz nocturna, azulada, del comienzo. Lentamente, del lado derecho de la tela, saldrá primero el HIJO, seguido por la MADRE, con los brazos tendidos hacia él; luego, por la izquierda, el PADRE. Se detendrán en el centro del escenario y se quedarán allí como seres fantasmales. El último saldrá por la izquierda, la HIJASTRA, que correrá hacia una de las escalerillas. Se detendrá en el primer escalón para mirarlos y estallará en una estridente carcajada, para luego precipitarse por la escalera. Correrá a lo largo del pasillo de butacas, se detendrá otra vez y reirá de nuevo mirando a los tres personajes que permanecen arriba, en el escenario. Saldrá de la sala y todavía se escuchará su risa.

Poco después caerá el telón.
                               
JUANA DE IBARBOUROU

"VIDA GARFIO" - TEXTO- 


   AMANTE: no me lleves, si muero al camposanto.
 A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
 alboroto divino de alguna pajarera
 o junto a la encantada charla de alguna fuente”


A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
 más breve. Yo presiento
 la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
 por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.


Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
yo subiré a mirarte en los lirios morados!
                                          


                                                              Título y tema

El título del poema hace referencia al tema del mismo. El yo lírico quiere aferrarse a la vida, engancharse a ella, no permitir jamás la situación de la muerte. El “garfio” es un instrumento de hierro, curvo y puntiagudo, que sirve para aferrar algún objeto, de esta manera el yo expresa desde su título el deseo de luchar por la vida, aún en circunstancias tan adversas como la muerte, “la ley severa” a decir de Quevedo, eso que a todo ser humano nos pasará, y de la cuál no hay lucha posible del hombre contra ella, siendo esta lucha un tópico de la literatura universal. La mayor rebeldía del hombre es contra la muerte, y ésta es la que plantea el yo lírico del poema. Este yo pretende continuar vivo, aún después de la muerte, y para eso supone la posibilidad de transformarse en parte de la naturaleza, sin perder jamás la conciencia que tuvo y tendrá, según su parecer eternamente, ni los sentimiento o los sentidos que aún tiene despiertos en esta vida. El cuerpo material se transformará, para el yo, de forma natural, en parte de la naturaleza, pero esta transformación no será total, dado que seguirá viendo, oyendo, sintiendo con su propia conciencia.
Estructura externa
El poema está estructurado en cinco estrofas de catorce sílabas cada verso, en su mayoría. Existe una excepción significativa de dos versos que miden siete sílabas, también llamado pie quebrado.Su rima es consonante en los versos dos y cuatro de cada estrofa, dejando el primero y el tercero libre.
Estructura interna
El poema podría dividirse, según su contenido,en cuatro partes:
La primera parte está formada por las dos primeras estrofas, y éstas  refieren a la vida y se hace hincapié en las imágenes sensoriales: vista, oído, tacto.
La segunda parte está formada por la tercera estrofa. En ella, si bien se sigue hablando de la vida, aparece la muerte y el pie quebrado “más breve. Yo presiento”. Este verso da paso a otra aparición muy importante que es el “yo”, que si bien ha estado implícito anteriormente, ahora se explicita.
La tercera parte es la estrofa de la muerte: la cuarta. Allí los colores refieren a la oscuridad, y la lucha es lo que importa.
La última parte sería el pedido, el resurgimiento de la vida.De alguna manera esta estructura interna reproduce el ciclo natural que el yo imagina: la vida, la muerte y la transformación.
Primera estrofa

                                     AMANTE: no me lleves, si muero al camposanto.
                                     A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente 
                                     alboroto divino de alguna pajarera 
                                     o junto a la encantada charla de alguna fuente.
Este poema tiene una forma epistolar, estructura de carta, cuyo destinatario es el amante. Es como un testamento. Tendrá también un pedido que se transforma en un motivo recurrente “leitmotiv”, “A flor de tierra”, y un pedido final “arrójame semillas”. Todo esto forma parte del propósito del yo, si esto no se cumple, nada podrá ser posible, ya que no habrá transformación que le permita volver a ser parte de la vida.

Ella se refiere a él como “amante” pero no necesariamente pensando en alguien prohibido socialmente, sino en aquel que ama, sin ataduras, sin más compromiso que el que la intimidad impone. Es a él a quien se refiere, porque sólo esa parte de su compañero puede comprender la importancia del pedido, su amor a la vida. El amante lo comprende, justamente por su condición de tal, él también ama, sabe lo que significa tal deseo, y tanto lo sabe que ella deposita en él la capacidad de evadir todas las normas sociales, todos los dogmas y las barreras que puede tener después de muerta, el ser enterrada en un lugar público, sin el consentimiento de las ataduras legales. Su deseo a seguir viva no es sólo una rebeldía hacia la muerte, sino una rebeldía hacia todo lo concebido y estipulado por las normas sociales y legales, es decir hacia lo humano y la humanidad.
Esta rebeldía aparece concentrada ya en el primer verso: “no me lleves si muero al camposanto”. En primer lugar aparece el condicional “si”, esto sugiere que para el yo lírico existe una posibilidad de que esto nunca suceda. La muerte es algo inevitable, por lo tanto aceptar esa posibilidad implicaría poner un “cuando”, sin embargo utiliza el “si” como una posibilidad de que tal hecho no se realice nunca. Allí aparece su primera rebeldía.
La segunda aparece planteada en la palabra “camposanto”, más conocido por cementerio. Sin embargo no usa la palabra, sino una que proviene del ámbito religioso, lo que nos lleva a pensar que su rebeldía no sólo es hacia los aspectos legales, dado que no se puede enterrar en otro lado a un cuerpo muerto, sino que también a los dogmas religiosos. Las creencias cristianas sostienen que una vez después de muerto, el alma va a una vida ultraterrena, que no es la actual llámese cielo o infierno. Sin embargo el yo lírico pretende quedarse en la vida misma de la que partió, aunque más no sea transformada en plantas. La transformación del cuerpo, para el cristianismo, no es más que en polvo, pero que no tiene conciencia aquí, ya que su alma está en otra parte. El no querer partir es una forma de herejía para tal creencia.

La muerte sólo se expresa en esta estrofa en dos palabras: “camposanto” y “fosa”. Sin embargo todo el resto de la estrofa parece explotar de vida. Esto demuestra el miedo que el yo tiene a tal circunstancia, tanto que casi no la nombra, no la acepta para sí, y se atreve hasta considerarla algo imposible para ella.
La metáfora “a flor de tierra” se transformará en ese motivo repetitivo durante todo el poema, y su imagen ya marca la vitalidad que ella quiere. Es necesario que el tú comprenda la importancia de enterrarla cerca de la superficie porque le permitirá al yo subir más rápido, “engancharse” con menos dificultad. Es por esto que el yo se lo repite insistentemente, porque su desesperación, su pasión, va creciendo a medida que describe el paisaje que piensa ver y sentir una vez que logre llegar arriba.
La “fosa”, lugar frío, húmedo, solitario, silencioso, oscuro, es una antítesis de todo lo que vendrá después: la risa alborotada de la pajarera o la charla de la fuente. Así el primer sentido que predomina en el poema es el auditivo. El ruido nos recuerda que existe vida en ese lugar, y eso tranquiliza al hombre. Así el yo lírico utiliza un encabalgamiento para que ese ruido predomine en la estrofa. En el segundo verso aparece la palabra “riente” , de risa, el tercer verso “alboroto” y el cuarto “charla”. Así todo explota en sonido que apabulla el silencio de la fosa. Ese ruido será ameno, acompañará al yo cuando muera, lo motivará a querer estar cerca de él.
La primera imagen “riente- alboroto divino de alguna pajarera” sugiere la libertad, el desorden propio de la vida; y la palabra “divino” nos acerca al nuevo “dios” que ella está pensando, entendiendo por esto una nueva concepción del mundo, uno que sea capaz de permitirle seguir viviendo, aunque más no sea transformada en planta. Este nuevo dios podría verse como la naturaleza misma, el ciclo vital, que aún se manifiesta después de la muerte. Si el día muere y vuelve a vivir, si existen tantos ejemplos de lo cíclico en la naturaleza, ¿por qué no pensar que el hombre también puede vivir eso después de muerto?

La segunda imagen también tiene algo de esa divinidad dado que utiliza la palabra “encantada” que sugiere el proceso mágico de esa fuente. Si así pensáramos que quien habla es la fuente por medio de este artilugio mágico, entonces estaríamos frente a una personificación. Y el sonido del agua le recordaría al yo lírico el tiempo que transcurre y está en permanente movimiento, así como vuelve a ser utilizado por la misma fuente. Una vez más la idea de lo cíclico. Si pensáramos que quien habla no es la fuente, sino los enamorados que se sientan a su vera a conversar, pero que el yo escucha como si fuera la fuente, estaríamos frente a una metonimia, transposición de sentido, cuyas palabras transpuestas tienen una relación de contigüidad, y ésta le recuerda algo también importante: el amor.

La palabra “charla” no sólo se contrapone al silencio de la fosa, sino también a la compañía, ya que ésta no implica una conversación seria o profunda, sino algo que se usa para amenizar, divertirse, no sentirse solo.

Segunda estrofa
                                  A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
                                  donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
                                   alargados en tallos, suban a ver de nuevo
                                   la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

Una vez más repite “a flor de tierra” y menciona al tú lírico, parando el verso con una cesura de forma que su pasión se remarque. Es importante que no olvide ese detalle: cerca de la superficie necesita ser enterrada, aunque no se anime nunca a pronunciar esa palabra. Y lo repite “casi sobre la tierra” para que no queden dudas, para que comprenda su pasión por continuar viva, para que todo su ser pueda seguir sintiendo la vida en toda su plenitud. Ella imagina seguir oyendo, seguir sintiendo el sol, el aire, incluso seguir pudiendo ver el ocaso.
Esta imagen táctil “el sol me caliente los huesos” encierra en si mismo una antítesis. El sol, fuente de vida, dará su calor, su vida a los huesos, símbolo de muerte.
Sus ojos, ahora transformados en tallos, podrán ver el atardecer. La expresión “a ver de nuevo” la idea de lo cíclico. Ahora ella podrá hacerlo de nuevo, aunque no sea en la forma humana, pero tal espectáculo seguirá siendo parte del deleite de la vida.

Ella parece revivir en el momento en que el sol “muere”; y así se completa la idea del ciclo.

La metáfora “lámpara salvaje” sugiere esa lentitud cuando el sol cae, ya que está sugiriendo la lámpara de aceite, cuya llama se apaga lentamente. A su vez, el adjetivo “salvaje” nos hace pensar en lo inalterable para el hombre, aquello que él no puede modificar o domesticar. De la misma manera nadie podrá oponerse a su deseo de continuar viva, que será tan salvaje como ese sol con el que se identifica, porque ambos son naturales, y nadie podrá quebrantar sus voluntades.

Tercera estrofa
                                  A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
                                  más breve. Yo presiento
                                  la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
                                  por sentir en mis átomos la frescura del viento.
Una vez más repite la estructura planteada en la estrofa anterior, con su correspondiente cesura, pero ahora el encabalgamiento, la idea que se continúa en el verso siguiente y una nueva cesura en el segundo verso, rompe el ritmo del verso y lo acompasa al sentir del yo lírico y a su contenido. Así como ella quiere que su pasaje de la muerte a la vida sea breve, de la misma manera el verso se vuelve “más breve”.

Aparece el yo lírico por primera vez de forma clara. Esta es su primera aparición de otras que vendrán en las sucesivas estrofas. Si se observa el verbo que acompaña al yo, podremos ver cómo éste se va afirmando en su convicción de querer salir. Cada verbo implica una certeza nueva, una voluntad, hasta llegar a la acción misma. Pasa de un débil “presiento”, a un “sé” en la siguiente estrofa, dando la pauta de una afirmación de su voluntad; luego un “quiero”, expresión de deseo que sólo puede aparecer después de que este yo está decidido; y por último un “subiré”, la acción como triunfo, como seguridad absoluta e incuestionable.

En esta estrofa de transición aparece la muerte, en la idea del “tránsito más breve” y la imagen vital del viento. Aparece, también, el principio de la lucha. Nada la detendrá, ni la propia muerte. Su ánimo es no permitir que nada la venza. La lucha no será de sus sentidos, porque éstos nunca dejan la vida que quiere recuperar, sino de su “carne”, de su cuerpo, porque es a través de él que nuestros sentidos se despiertan. La mente procesa lo que el cuerpo siente, por lo tanto sin él es imposible continuar vivo, por más que nuestra conciencia esté despierta. Por ello es que el yo necesita esta transformación de su cuerpo.

Una vez más aparece la expresión “volver”, que sugiere el proceso cíclico. Y una vez más, este subir implica la búsqueda de la altitud, símbolo de lo divino, de lo ideal. Esta divinidad está en la vida, en la tierra y no en el cielo.

La imagen de la vida se manifiesta otra vez a través de la antítesis: “por sentir en mis átomos la frescura del viento”, siendo los átomos representación de su cuerpo muerto, y el viento fresco representación de la vida en movimiento. Los átomos son la parte más pequeña de la materia, y esto implica que hasta en ellos quiere ella sentir la vida en movimiento, ya no le alcanza que el sol caliente los huesos, espera que la vida llegue más profundo.

Cuarta estrofa
                             Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
                              podrán estarse quietas.
                              Que siempre como topos arañarán la tierra
                              en medio de las sombras estrujadas y prietas.
Esta es la única estrofa referida enteramente a la instancia de la muerte, sin embargo ni aún así ella la concibe totalmente, ya que no se quedará quieta jamás. Si la muerte implica quietud, ella se antepone a eso con el movimiento constante y desesperado de sus manos. La imagen resulta inquietante; si pensamos que ella parece estar enterrada viva, ya que su conciencia nunca morirá.

La desesperación del yo lírico se expresa también en la forma que está planteado el verso. Las palabras “acaso”, “nunca”, “allá”, “abajo” son adverbios. Los adverbios son palabras que no permiten variación de género ni de número, por lo tanto son palabras rígidas, como si fueran pequeñas palas removiendo el verso. A su vez estas palabras le dan al verso un ritmo constante y fuerte. Todo esto se relaciona perfectamente con el movimiento de sus manos, desesperadas, constantes y movidas por la voluntad tesonera de salir a la superficie, de no estar demasiado en ese estado bajo tierra. Es por eso también que el yo lírico corta el segundo verso. Poco estarán sus manos allí, su deseo es que no estén nada.

La estrofa termina con un símil, una comparación extensa con los topos. Así como los topos buscan la superficie porfiadamente entre las sombras de la tierra, de la misma manera sus manos se moverán sabiendo, instintivamente  dónde está esa superficie.

Una vez más el verbo “arañarán” muestran su desesperación. Nada la detendrá, ni siquiera las sombras “estrujadas y prietas”. Es interesante ver cómo esas sombras adquieren un cuerpo al llamarlas “estrujadas”, parecen apretarla, ahogarla más aún y por lo tanto desesperarla, así como motivarla a que salga rápidamente de este estado.

Quinta estrofa
                              Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
                              en la greda amarilla de mis huesos menguados.
                              ¡Por la parda escalera de las raíces vivas
                              yo subiré a mirarte en los lirios morados!
La última estrofa irrumpe en el poema con el pedido, “arrójame semillas”. El verbo en modo imperativo se transforma en una orden, un ruego desesperado, una ayuda más que el amante debe cumplir para ayudarla a resurgir de la muerte. Las semillas son una metáfora de esa vida en la que quiere transformarse, ya que no existe otra forma de ganarle a la muerte. Las semillas son vida en potencia, vida latente, son la posibilidad de hacer más fácil su continuidad en la vida. Estas semillas van a enraizarse en sus “huesos menguados”. Una vez más la vida tomará a la muerte para transformarla en vida. Una vez más la antítesis. Esos huesos que estarán débiles, casi desintegrados, se mezclarán en la tierra y servirán para que las semillas formen raíces. La “greda amarilla” no es otra cosa que la tierra fértil de la que ella quiere formar parte.

Una vez más, como en las otras estrofas, los colores, expresión de la vida, irrumpen en la estrofa: el verde de las plantas, la tierra amarilla, el blanco de los huesos, el pardo de las raíces y el morado de los lirios. Todo será uno solo de forma natural, como la pintura que la naturaleza despliega ante nuestros ojos.

Los últimos dos versos entre signos de exclamación muestran el sentir apasionado e íntimo del yo lírico. Las raíces serán escaleras para el yo, metáfora, lo que implica un esfuerzo de parte de ella, no sólo de remover la tierra para estar arriba, sino de subir a la superficie tan sólo para verlo a él. Esto aparece casi como en un susurro al final del poema “mirarte”. El amor hacia el amante como motivación no había aparecido tan claro hasta este momento. Tampoco será lo fundamental, pero sí una parte importante de su travesía. Es que el amor hacia él es parte de ese amor a la vida. Decirlo al final, casi como escondido en el poema, es una forma tierna de descubrir su sentir por él, y uno de los deseos más importantes para continuar en esta vida. Una forma de no abandonarlo nunca. La flor de los lirios, de por sí sugiere la forma del ojo pintado. Así ella nunca dejará de estar con él, ni en la vida misma.        -Literatura para secundaria.
                                                            
                                                @                  @                       @    

miércoles, 15 de mayo de 2013

                              Espínola: "María del Carmen"- Texto

No había subido el sol a la mitad del cielo, cuando a los ranchos del viejo Nicanor Fernández llegó un gurí cortando campo, corriendo, por entre masiegas.

_Ña Casilda, manda decir madrina que vaya enseguidita, que la finadita María del Carmen se ha matao...

_¿ Qué has dicho muchacho? Que María del Carmen...

_ Sí, se tiró al pozo. Padrino no estaba. La tuvimos que sacar entre nosotros, reciencito. Que vaya pronto, dice
Y se fue el chiquilín a todo lo que daba, mientras la vieja alborotaba a sus hijas, de amasijo en la mesa larga del comedor. Después, calzadas con apuro las alpargatas que llevaba en chancletas, salió disparando, seguida de las tres muchachas, que se demoraron por mirarse un instante al espejo.
Como a la media cuadra rodó la vieja y hubo que ayudarla a levantarse. Pero volvió a correr, mientras decía confundida por la noticia:
_¡Pobre comadre Remigia! ¡Qué espantoso! ¡Tan linda y tan buena, la pobrecita! Dios la haya perdonado y la tenga en su santa gloria... ¡Pucha que las tiró a las masiegas! ¡Casi me voy de lomo otra vez! ...¡Vean ustedes, aprendan! Loque pasa por no confesar todo a las madres. Ya me maliceo que algo de safaduría será. Aprendan, m' hijas!
  Al llegar las recibió el griterío. No había más que mujeres. El viejo Rudecindo estaba en la pulpería, y para allá iba que se las pelaba el gurí de los mandados.
  Entraron, y el clamor se hizo más fuerte. ¡Claro! Había cuatro más a llorar, a desesperarse conformándose.
_¡ Que me dice comadre! ¡M' hija! ¡Cuando la vea el padre! ¡La mimosa de él, la que le cebaba el mate, la que le hacía todo...
_¡Hay que tener resinación! ¡Dios lo ha dispuesto así, comadre querida!
  Las muchachas se habían agrupado llorando y sin decir palabra. Juana, la menor de las Fernández, fue la primera que miró a la difunta.
_ ¡Está igualita!-dijo.
  Y ella, que todavía no lloraba, largó el trapo por eso, porque la muerta estaba igualita y, sin embargo, ya no era más la María del Carmen de los nidos, de los macachines, de los huevos de terutero.
  La pobre se hallaba arriba de una cama, con las ropas empapadas que se le pegaban a las carnes firmes, más duras aún por la muerte, la que las aprieta primero y, después, las va aflojando, aflojando, hasta que las acaba dejando el hueserío, al que también le llega el turno. Mojada como estaba, las piernas se le pintaban clarito, y se veían los pezones levantar con sus chuzas la zaraza. Su cara, tan bonita-nunca habrá cara más bonita en todo el pago-estaba machucada, seguramente de la caída. Un ojito lindo y verde como la hoja, ahora vidriado, había quedado solo y, angustiado, vichaba. El otro se había reventado en alguna piedra del fondo, o en alguna raíz dura, o en quién sabe qué cosa.
  El pelo, rubio, se le pegaba al pescuezo en mechones que, más abajo, se mezclaban con las cobijas revueltas. La boca, entreabierta, parecía querer tragar todavía más agua o, a lo mejor, echarla toda afuera para no volver a probarla más nunca, arrepentida.
 _¡Bueno, bueno comadre! ¡Hay que tener fuerza de voluntá y no dejarse dominar! ¿Qué deja entonces para las muchachas? -intervino Casilda.
  Palabras bobas que resbalaron en el alma de la otra vieja. ¿Quién sino ella iba a llorar a su hija, a aquella de ojos verdes que parió en una noche de tormenta, mientras su marido peleaba con los suyos, quién sabe adónde? Sin ayuda d nadie la echó al mundo, pues sus hijas eran muy niñas y las mandó a la cocina para que no vieran. Recién al rato cayó hecha sopa Jesusa, que había tenido que ir a asistir a la de Ibarra.
  _La misma edá tiene Felicia que la mía-entremezclaba en su desesperación-. La misma...
  Juana, mandada por su madre, fue a aprontar un mate de cedrón con ruda. Sin llegar a la cocina, regresó, trémula:
  _¡Arriba de la cama de la finadita había esta carta!
  _¡Dámela! -saltó la madre de la difunta.
Y aunque no sabía leer, rompió el sobre y remiró la escritura.
 -Traiga, mama, tráigala para acá-dijo una de sus hijas-. ¡Y es para eljuez! ¡No hay que abrirla!-agregó curiosa e irresoluta.
   _¿Y porque sea p' al juez no se puede leer? Esas son bobadas. No hay que hacer caso-aconsejó Casilda.
   La muchacha, entonces, empezó a leer en voz alta:"Señor Juez muy señor mío paso a decirle que me he matado por mi voluntá pero por lo malo que ha sido Pedro Fernández el de doña Casilda que me engañó sabiendo lo buena que yo era y..."
  _¡Has leído mal! _gritó, horrorizada, Casilda.
  _¡Jesús santo! _sostuvo la lectora-, así dice, aquí mismito... La madre de la difunta, que se había puesto de pie, no se pudo contener más.
  _¡Y ustedes aquí, en la casa d' ella, frente d' ella, bandidas! ¡Salgan ligerito, arrastradas!
  _¡Pero nosotros qué culpa tenemos! sollozó Casilda hincándose de rodillas en el suelo.
  _¡La de parir tigres, arrastrada de los diablos! ¡Salí que no te quiero ver más nunca! ¡Fuera! ¡Perdición! ¡Malditas!
   Empujándose unas a otras salieron las cuatro desgraciadas. Y se apresuraron más cuando oyeron que, desde la puerta, con los ojos saltados, abriendo la boca sin dientes y ahogada por el hipo, gritaba la vieja:
  _¡Tuca! ¡Tuca! ¡León! ¡Cacique! Tucaaá. Pero los perros, lejos, en el campo, no pudieron oirla. Fue una suerte.
   Saltando masiegas de repente, en fila india, iban las Fernández agachadas de dolor.

                   II
    No bien llegaron vieron a Nicanor con su hijo, que se acercaban para comer y volver en seguida alcampo.
   _Mal hombre. ¡Hijo de qué entrañas, que no las mías! -gritó Casilda a Pedro, yéndosele encima.
   El mozo se puso pálido, como si supiese la verdad.
  -¿Qué pasa, mujer, qué pasa? -preguntó el marido, sorprendido pero calmoso como siempre.
   Y ella le contó lo ocurrido; le empezó a contar, porque Nicanor la interrumpió por un momento para ordenar a su hijo:
   -Camine a la cocina.
   -¡Si será mal alma! -fue todo el comentario del anciano cuando terminaron las pocas palabras de su mujer.
   Dirigióse entonces a su recado, sacó el lazo y enderezó a la cocina, donde se había apagado el fuego con las ollas arriba. Y le empezó a caer a su hijo por el lomo, ciego, temblándole la larga barba blanca al proferir:
   -¡Nada menos que a la hija 'e mi compadre! ¡Toma! ¡Toma este otro!
¡Donde no hay más que un viejo te fuiste a meter, cobarde!
   Pedro no se quejaba ni se defendía. Guapo era, no había nada que hacerle.
  La madre imploraba, ahora, abrazando de atrás al castigador:
  -¡Hacelo por mí, Nicanor! ¿No ves que m' están matando?
  -¡Quién iba a decir! ¡Lo contentos qu' estábamos cuando nació esta fiera!  -sollozó Nicanor- ¡Pobre viejo! ¡ira a tu madre! ¡Mírame a mí! ¡Matando a tus padres, canalla!
   Hizo entonces un esfuerzo, se estiró con la cabeza levantada y rugió, enfurecido por aquel momento de debilidad:
  -¡Que no te vea más nunca! ¡Ni muerto!
En eso, apareció otra vez el gurí con la lrngua afuera.
  -Dice padrino si puede ir, dice.
  - Vaya no más, qu' enseguida voy yo. Y ya sabes vos: acomodá tus cacharpas y andate. ¡Que Dios te castigue! Maldito por tu padre, no vas a dir muy lejos sin que la desgracia te empiece a acertar con las boleadoras. ¡Que Dios te castigue!
  Al tranco largo, por entre las masiegas amarillas y apretadas, el viejo Nicanor, tirándose tembleque la ancha barba, llegó a lo de la difunta.
  -¿Qué me cuenta, compadre? -Dijo Rudecindo-, ¡Lo que ha pasado!
  -¡Qué quiere que le diga! Casi lo hago pedazos. Lo he echao pa siempre de casa. Porque entregarlo preso...usté ve...es feo.
  -¡No, que no se vaya todavía! Yo lo calculé, compadre, porque sé que usté es derecho, es de ley. Y he pensao que antes de enterrar a la finadita, con un poco 'e buena voluntad, se pueden casar. Yo lo he oído. Se puede.
  -¡Pero amigo! ¡Me parece imposible! ¿Quién va a querer casar a una difunta? Al viviente no lo cuento porque, basta que usté lo quiera, hasta pa que lo mate se lo traigo 'e las crines. Pero casarla a ella...
  -¿Y no le van a hacer caso a un padre, el juez y el cura? ¡Avise! ¡No faltaba más! Ya mandé al gurí para que le diga a Serapio que vaya en el coche a buscar el cra al pueblo, sin decirle pa qué cosa. Y en cuanto vuelva le hago avisar al juez, lo mismo lo traigo a su hijo, aunque tenga que pelear con él y con usté.
  -Hizo bien en pensar eso de mí. Así somos los machos de verdá, los antiguos. Ya de las pariciones nuevas no sale más que morralla, pa disgustos. Me voy y, dentro de un rato, traigo a Pedro. Antes no, por no esperar tanto reunidos.
  -Agradezco-dijo Rudecindo. Cuando el otro se dió vuelta pensó:
  -¡Pucha que había sido macho, mi compadre! ¡Ansina da gusto tratar a los hombres!  ¡Y tiene razón! Las pariciones de hoy no dan más que basura, morralla...
   Y acordándose de la muerta sofocó un sollozo.

                          III

   No bien volvió el gurí en su petizo bayo, después de haber avisado a Serapio para que trajera al Cura, Rudecindo lo hizo ir en busca del juez que, como a  cincuenta o setenta cuadras, vivía atrás de un montecito.
  -Decile qu' es de apuro, pero cuídate de hablarle de la finada, porque te deslomo. ¡Apúrese!
  Y se fue a los galpones a amarguear un rato, para no escuchar el llanto del mujererío. Allí, solo, en la intensa quietud, hizo esfuerzos para renacer la niñez de la ahogada. Pero no pudo conseguirlo. Obtuvo, sí, algunos recuerdos demasiados confusos porque no precisaba los detalles y los mezclaba sin orden. Cuando él, de vuelta de la guerra, la vió por primera vez dormidita en un "tercio" de yerba que enía por cuna; cuando casi la pica la crucera cuando rodó en el petizo bajo...en el petizo bayo no podía ser porque todavía  no se lo había regalado el padrino, su compadre Iglesias: en el overo, tenía que ser... Y, después, cuando aprendió a leer con la hija del juez anterior a don Jaime; cuando le leyó la carta que el mismísimo General le escribió para decirle: "Jefes como usté, coronel Rudecindo, van quedando pocos. Por eso mismo quiero que baje aquí p' arreglar el plan de la patriada de que ya le habrá hablado por mi orden el comandante Fernández, que ya conferenció  conmigo el mes pasado..."
  -¡Esa sí fue patriada! ¡Mis lanceros eran el orgullo del General y de todo el ejército! ¡Si no hubiera sido por los dolores que se metieron a hacer la paz! ¡Mire que yo le decía al General!: "Tenga ojo, compadre, que 'esta chamuchina 'e puebleros nos va a boliar de parao! Mire qu' estos, al fin de cuentas, van a salir ganando aunque la patria y el partido queden metidos hasta..."
   En cosas de guerra pensaba ya, no más, cuando escuchó el trote del caballo prendido al volantín del juez.
  -Bájese, don Jaime.
 Éste ató las riendas al pescante y se saludaron.
   -¿...?
  -No se apure, pase p' acá. Y lo llevó a la cocina.
  -¿Se trata de algún litigio vecinal o de alguna consulta jurídica?-preguntó, enfático, el juez, aceptando un asiento.
   -Se trata de que María del Carmen se me tiró al pozo esta mañana -tembló la voz del viejo.
  -¡Cómo! ¿Suicidio? ¿No pudieron sacarla con vida?
  -¡Muerta, muerta la sacaron entre el mujererío! Se tiró por el pillo 'e Fernández, que la engañó a la pobrecita...
  -¡Dios mío! Lo acompaño en sentimiento. Comparto su dolor -balbuceó incorporándose don Jaime, sinceramente conmovido-. Para los que somos padres, esto es terrible. ¡Pero no la debieron sacar sin avisarme! Levantaremos actas con la policíaa; son los requisitos ordinarios.
  -¡Mire, siéntese y déjese de requisitos! Yo le pido a usté, qu' es padre también, que mehaga un gusto.
  -¿Cuál?
 -Que me case a la muchacha con el novio. Mi compadre Nicanor está de acuerdo.
   Fue a dar un paso don Jaime, pero el gesto enérgico del anciano lo obligó a permanecer quieto. Así y todo, habló:
  -¿Se ha enloquecido, don Rudecindo? Comprendo que la desgracia es como ara hacer peder la razón a cualquiera; pero hay que dominarse.
  ¿Cómo vamos a hacer eso?
   -¡Yo quiero! ¡Yo quiero! -repetía el viejo en tono ahora suplicante.
  -Siento mucho, pero es imposible. Usted ve...
   -¡Pero cómo imposible! ¿No le puede hacer un gusto a este desgraciado viejo?
  -Le repito, imposible.
  -¿ah, sí? Bueno. Yo lo voy a hacer posible a rebencazoz. zy si hay necesidá, a puñaladas. Conque ya sabe- rugió el anciano, la mirada extraviada.
   Y saliendo de la cocina, se puso a pasear frente a la puerta como haciendo guardia.
  -Camina -gritó al gurí-, maniale el caballo a don Jaime. Con los ojos saltados por el susto, el juez se arrinconó mirando al viejo. Y le vió patente que era capaz de hacer lo que decía.
   En ese momento, aparecieron los seis Fernández. Nicanor adelante, con el hijo. Más atrás, en fila, las mujeres, endomingadas, temblando de miedo y desesperación.
  -Entren para aquí -dijo Rudecindo señalando la cocina a los dos hombres mientras acompañaba a las mujeres adonde las otras seguían llorando.
  Se abrazaron todas y, cuando él les dió la espalda, las muchachas lo miraron horrorizadas, al tiempo que las dos madres, sollozando, se cambiaban perdones, por los insultos una, por la infamia del hijo, la otra, y por las brutales cosas que hacían sus maridos.
  Al ver entrar a Rudecindo en la cocina con aquella barba blanca igual a la de su compadre Nicanor, Pedro bajó los ojos. Y así, mirando al suelo, se quedó. mientras los dos ancianos, sentados en bancos de ceibo, se pusieron a hablar del tiempo, del yuyo malo, de las heladas traicioneras.
  En el mismo rincón,como un trasto viejo del que nadie hace caso, permanecía el juez, maldiciendo el día en que le dieron el cargo.
  -¡Tarda el cura, caray! -exclamó, de pronto, Rudecindo.
  -Si no me equivoco, ahí llega -respondió el otro viejo.
  Era el cura, sí, a quien, en coche de dos caballos, traía Serapio del pueblo a la disparada.
  Los dos ancianos salieron a recibirlo. En pocas palabras, no más, le explicaron el asunto.Espantado, el cura quiso meterse otra vez en el coche sin hablar nada; pero Rudecindo lo agarró por la sotana y, puñal en mano, le dijo:
  -Cura, yo lo respeto y respeto la religión. Pero si usté no me atiende, lo abro con sotana y todo. No hay tu tía, lo abro.
  -¡Hijos queridos! Tienen a Satanás en el cuerpo -sollozaba el cura-
  ¡Escúchenme un momento! ¡Escúchenme gauchos queridos! ¡Me mandan de cabeza al infierno!
  -ntre y confórmese, que ya lo perdonará Dios si no tiene más culpa que ésta. ¡Y no llore, amigo!...¡Un hombre!
  A Serapio se le paraba el pelo. Pero no dijo nada y los siguió.
  -Cuide la puerta, compadre. Yo voy a acomodar a m' hija...
  Por fin los he podido reunir a todos! ¡Gracias, Dios bendito!

                                                                IV

En la cama de matrimonio de sus padres estaba la difunta, rígida ya y con el ojo asustado... El viejo quiso sentarla y no pudo por la dureza de la muerte. Entonces la alzó, le apoyó la cabeza en el respaldo, bastante arriba y, sosteniéndole con un brazo la espalda, hizo fuerza hacia abajo con el otro.
  Sacó la mano como si la hubiera metido entre brasas. Había tocada una cosa dura en el vientre. ¡Era la infamia e Pedro, la causa de la desgracia!... Y siguió tratando de doblarla mientras dos grandes lágrimas, que temblaron un momento en las pestañas, caían sobre el cuerpo de la hija y desaparecían absorbidas por la zaraza.
  Cuando quedó sentada y firmemente recostada contra la cabecera, elanciano salió.
  El miedo cortó en seco el llanto de las mujeres.
  -¡Entren, entren todos!
 Entraron todos. Temblaba el juez. El cura lloraba a lágrima viva.
  -¡No será válido! -guapeó, a media voz, don Jaime.
  -¡Cimiencan no más! ¡Prontito! -rugió Rudecindo.
  Pedro, más pálido que la muerta, no se animó a mirar a su novia.
  Las ropas estaban casi secas ya, pero se pegaban al cuerpo de la joven, todavía. Las piernas se dibujaban nítidas. Los pezones levantaban con sus chuzas la zaraza. Su cara, tan bonita, ¡ah!, no abrá otra más bonita en todo el pago, tenía los moretones de la caída. Elojo, lindo y verde como la hoja, ahora vidrioso, vichaba angustiado, solo. El otro, reventado en alguna piedra del fondo o en alguna raíz dura o a quién sabe qué cosa, no estaba en el hueco lleno de sangre. Como todavía no le habían atado ningúnpañuelo, tenía la boca entreabierta cual si quisiera tragar más agua de la que había tragado o ¡a lo mejor! echarla toda afuera, arrepentida...
  -La mujer -decía el juez con voz que le daba más miedo, y sin sacar los ojos de la asombrada pupila verde-, la mujer... debe... El hombre, a su vez...
  Y volvía con creciente terror:
  -El hombre... la... mujer...
  No conseguía pasar de ahí. Una palabra se le hbía aparecido con fuerza tal, que alejaba las otras. Las sentía alrededor, pero no podía alcanzarlas. Sin saber por qué, aquella palabra absorbía toda su atención. , por verse libre, la largó.
  -Protección -dijo.
El jo verde o miraba siempre.
  -La protección...
Su cara e fue contrayendo como se diez dedos le empujaran los músculos hacia la boca. Y un chirrido rabioso resonó en el cuarto.
  -¡Mi madre, no puedo! -sollozó. Y hoyó hacia su charret, gritando:
  -¡Ya está todo! ¡Ya está todo! ¡Todo lo que quieren!
  El cura, entonces, no tuvo más remedio que intervenir también él.
Empezó lentamente, estremeciéndose, como quien se mete en el agua y siente el frío que le va subiendo.
  -Dénse la mano.
  -Agarrala, m'hijo -acudió Nicanor.
  Pedro agarró con espanto, con rabia y con desesperación la manita fría de María del Carmen.
  Al terminar un incomprensible barboteo, el cura dijo, ahogado por el miedo:
  -¡Que sean muy felices!
  Y dándose cuenta de sus palabras, soltó de nuevo el trapo.
  Largaba la mano helada Pedro Fernández, cuando lanzó un corto gemido, dio media vuelta y cayó haciendo cruz con la finada. Sin que nadie se hubiera dado cuenta, Rudecindo le había sumido la daga hasta el cabo, que se metió también un poco, de la fuerza.
  -¡Qué ha hecho, compadre! -gritó Nicanor manoteando el puñal!
  -Lo que tenía que hacer. ¡Ahora, usté, si quiere, máteme! Las manos atrás, el pecho afuera, se quedó mirándolo. Nicanor aflojó la mano que había oprimido el mango de plata y, moviendo la cabeza, balbuceó, tembloroso:
  -Ahora mada tenemos que hacer aquí. Mandaré por el cuerpo. ¡Vámonos!
  Por entre las masiegas, cortando campo, cinco Fernández volvieron a las casas. El viejo, adelante, las hijas arrastrando a doña Casilda, a quien le había dado el mal.
  El cielo se estaba cubriendo ya de negro.
  Como enlutándose.



                                                    *   *   *   *   *
                                      COMPRENSIÓN DEL CUENTO: "Mª DEL CARMEN"

El clima trágico está presente desde las primeras líneas del cuento, cuando a: "los ranchos del viejo NICANOR FERNÄNDEZ llegó un gurí cortando campo, corriendo y dice: -Ña CASILDA manda decir madrina...matado"
La suicida, hija del viejo   RUDECINDO,  ha tenido amores con PEDRO FERNÄNDEZ, quien la ha abandonado, dejándola embarazada. Después de esta escena, se desarrolla una acción casi increíble: el viejo RUDECINDO, con consentimiento del viejo NICANOR, obliga a PEDRO a casarse con el cadáver y luego, sorpresivamente, lo mata, clavándole la daga hasta el cabo. "Qué ha hecho compadre..." Y RUDECINDO responde: -"Lo que tenía que hacer..."
El autor crea una sucesión de situaciones en las cuales, a la vez que devuelve el núcleo argumental del cuento, dibuja la fisonomía interior de RUDECINDO y NICANOR, haciendo "ver" y "sentir" que ambos son capaces de realizar lo que tiene lugar en la escena final, tan atroz y,  aparentemente, inverosímil, aunque se recuerda que la acción del cuento responde a la campaña uruguaya del siglo XIX, donde no faltaron personajes en cuya alma se dieron,  conjuntamente, rasgos de grandeza y de barbarie.
Los compadres NICANOR y RUDECINDO, viejos de barba blanca... son gauchos de vieja estirpe, obedientes al terrible código de honor y de hombría. Son hombres trágicos, hombres que van hasta el fin, sea el que fuere.
Junto a estos personajes hay otros: los familiares de ambos, el juez y el cura que, por su modo de actuar, contribuyen a que sea creíble




sábado, 11 de mayo de 2013